Las palabras van y vienen, crean mundos. En nuestro pequeño universo del taller, recibimos nuevas voces que se mezclan en un coro polifónico con otras ya conocidas. Les ponemos nombre y apellido: Ade Canuti, Ana María Vidal, Ana María Origlia, Delfina Nicoletti, Delia Gebruers, Estela Ríos, Gloria Cainzos, Hilda Menzel, Juan Carlos Melillo, Martha Morelli, Noemí Rivelli y Susana Pascual.
Progreso (Estela Ríos)
Afuera el sol ya había salido, se sentaron y esperaron que el carro de la hacienda pasara a buscarlos, sintiendo en sus caras la helada de la mañana. Habían compartido una noche más en el gélido tinglado, acomodando con sus manos curtidas por el trabajo y el frío, los cueros que luego serían llevados a la ciudad. Recibieron la paga que sólo alcanzaba para solventar mínimamente lo cotidiano.
Lo habían resuelto hacía un tiempo, sacrificarían hasta las ganas de comer para ahorrar y comprar el boleto de tren que los llevaría a la ciudad en busca de mejores horizontes. En la lata donde guardaban uno de los sueldos se reflejaba la luz de la esperanza: así se decían cuando noche tras noche la acariciaban, soñando con el momento de concretar la partida.
Pasaron tres años. Tomados de la mano llegaron a la estación. Afuera el sol ya había salido, se sentaron y esperaron.
Lucas, el tonto (Ana María Origlia)
Yo tenía veinte años, diez más que él. Lo tomé de la mano y fui rumbo a la plaza. Lucas corría desenfrenadamente por el césped verde, no paraba, pisoteaba las flores multicolores. No escuchaba mis reprimendas. Se abalanzaba sobre las hamacas que se mecían al vaivén de los pequeños, sacaba a empujones a los niños, con sus movimientos torpes. Quería jugar con ellos en el arenero, los zamarreaba.
Todos se apartaban de Lucas. Se convirtió en el terror del lugar. En un momento de lucidez, pareció asomar un rayo de luz en su cabecita, se escondió detrás de un árbol de tronco grueso y, como un río incontenible que se sale de su cauce, comenzó a llorar.
Fui a su encuentro, lo acaricié y como una nena de cinco años lo conduje al sube y baja. Subimos y su risa me llenó el alma. Yo estaba dispuesta a hacer el ridículo porque era mi querido hermano, no me importaba si era diferente a los otros chicos. Así que cuando me preguntó, con inocencia angelical "¿Mañana volvemos acá nuevamente y lo repetimos?", asentí con la cabeza, le sonreí, lo así de la mano y retornamos a casa.
Noche embrujada (Hilda Menzel)
Como era
habitual llegó de la escuela, tiró la mochila en cualquier rincón y sediento
pidió a su madre un vaso de agua.
- Esperá a
que te quite el guardapolvo. ¡Pero Franco otra vez perdiste dos botones, yo no
se que hacés! Los fabricantes te van a
dar un premio a fin de año como el mayor consumidor de botones.
- Pedile a
la abuela, ella tiene un montón guardados en una caja…
- Los de la
abuela no sirven para el delantal.
- De donde
consigue la abuela ¡Tantos botones!
- No sé, de
ropas en desuso, los habrá heredado. En
realidad no sé para que los junta si cuando falta alguno tenés que ir a comprarlo.
La
conversación terminó allí y al final de la noche luego de hacer los deberes,
mirar algo por televisión, cenar y bañarse Franco se arrellenó en la cama con
su tablet y al rato vencido se quedó dormido.
Despertó en
un lugar desconocido, extraño… de repente observó una fila de botones que se
dirigían apresuradamente hacia un lugar.
Entre curioso y aprensivo los siguió sin que notaran su presencia. Cuál
no sería su sorpresa cuando descubrió una ciudad construida por botones. ¡Las paredes, los techos, las puertas de las
casa! Los árboles las calles
pavimentadas con botones. Los personajes mezcla de marionetas y robots estaban
modelados por botones!!! No cabía en sí de su asombro, sentía como que de pronto
su mundo había desaparecido y hubiera sido reemplazado y dominado por botones. Buscó a los botones blancos: visualizó rojos,
verdes, azules, negros, celestes, marrones, grises, rosas… pero blancos,
blancos no había.
La garganta
ahogó su grito y despertó; fue un sueño…
Respiró profundamente para recuperarse.
Todo era
silencio, una tenue luz iluminaba su cama.
A través de la ventana la luna mostraba su láctea calidez.
Franco se
detuvo a contemplarla. Un largo instante
sus miradas se encontraron y una pícara sonrisa se dibujo en su rostro y sus
ojitos se fueron cerrando plácidamente. Ya sabía donde se escondían los botones
blancos.
Ellos han llegado (Ade Canuti)
Sobre el
arco de plástico, alardea un cartel: LARGADA.
Hombres y
mujeres nerviosos se masajean las piernas y tobillos, zapatean el suelo con sus
calzados de alta competencia, mientras esperan ansiosos el gran momento. Al
costado del arco, sobre una tarima, un locutor arenga y alienta a los
participantes de la carrera pedestre: 21 kilómetros sobre caminos diferentes,
asfalto, ripio, subidas, bajadas, curvas, contracurvas, harán las delicias de
los atletas.
Comienza la
cuenta regresiva. "Tres... dos... uno... ¡largada!", grita el
locutor. A trompicones salen los competidores disparados, algunos regulando,
otros apurando. Los colores se mezclan, los tándems se orillan. A medida que
pasan los minutos y las horas, los gestos sonrientes y seguros van cambiando
según el lugar que comienza a alcanzar cada participante. Los músculos se
agarrotan en el esfuerzo, las pieles se tornan blancas, rosas o rojas de
acuerdo al bombeo sanguíneo del humano portante. Los cuerpos se ponen rígidos
en el esfuerzo por superarse.
Poco a poco
van destacando diez atletas, los más entrenados, los más expertos, seguidos con
encono y valentía por el resto del pelotón andariego. En la lejanía, asoma otro
arco: LLEGADA tiene pintado en la frente. Los diez primeros van raleando de a
poco, juntándose en el pelotón. Faltan cincuenta metros sudorosos, impiadosos. De pronto, saltan dos
hombres y una mujer, rostros transpirados y encarnados en el esfuerzo final.
Las zapatillas levantan vuelo y el primero, segundo y tercero reciben la
felicitación del locutor a viva voz: "¡Ellos han llegado".
Y haciendo un alto dramático prosigue: "¡Público adicto a esta
competencia, ellos han llegado, son los ganadores, un aplauso cerrado, por
favor!.
Ellos han llegado (Noemí Rivelli)
El día se
presentó con sol pleno y prometía ser magnifico para el ascenso. Con el grupo,
días antes habían concertado el horario para la salida. Ya estaban casi todos y
decidieron esperar cinco minutos más.Así lo hicieron y emprendieron la marcha.
El suelo
rocoso y resbaladizo hacía más dificultosa la subida, por lo tanto, iban muy
despacio y disfrutaban de la vegetación muy verde y de las pequeñas florcitas
de color ocre y rojizo, a las que el rocío de la noche anterior había acentuado
sus matices.
Unos pasos
más adelante observaron sobre el pasto un gran círculo oscuro y un tenue olor a
quemado. Se miraron extrañados pero siguieron su ascenso.
Pasaron
varias horas y, ya casi en la cima de la montaña, empezaron a ver en el cielo
algunas luces de diferentes colores que, en forma ascendente y descendente,
iluminaban el cielo.
No podían
creer ser testigos de semejante espectáculo. Se escuchó decir: "Ellos han
llegado". En efecto, los concursantes de parapente de alta montaña
ensayaban para que, al otro día, todo estuviera perfecto.
Ellos han llegado (Ana María Vidal)
Nacieron
en el caluroso y húmedo verano. Una familia numerosa, por cierto. Los machos
zumban en nuestros oídos y las hembras pican nuestros cuerpos. Durante su vida,
algunos mueren aplastados, otros intoxicados, otros amorosamente y los menos
naturalmente. Ellos han llegado con el verano y se quedan hasta el otoño.

