jueves, 16 de junio de 2011

Bajo la lupa


Continuamos persiguiendo asesinos de papel y dándole trabajo a nuestros detectives de ficción. No habrá delito que salga impune de la pluma de estos investigadores de las letras.

¡Abrimos las rejas de la imaginación para dejar libres a las palabras!

Aventuras de un detective


Diego Caamaño recibe uno de esos llamados madrugadores e intempestivos y se pregunte porqué no siguió la carrera de medicina, para justificar a los vivos enfermos y no ser un detective para hacer justicia a los muertos.

Sí, se trata de un asesinato. Mira con envidia a su esposa, que no se da por enterada del timbrazo. Y con una sonrisa maléfica y revanchista llama a Sonia Muletti, su co-equiper en esta semana de guardia. Por suerte, está casada pero no tiene hijos. Será más fácil sacarla del lecho.

Toma un café y va al garaje a buscar el coche oficial, un destartalado Orion, preparado para correr ladrones y asesinos.

Pasa a buscar a Sonia y van juntos hasta Recoleta, donde está el cadáver esperándolos con sus secretos. En medio de la agitación del portero y vecinos, un agente los conduce al departamento situado en un primer piso.

Todo se ve revuelto, como si además de una fiesta importante, hubiera habido un robo. Sonia y Diego se ponen sus guantes de látex. Relojean el living y el comedor, amueblados con buen gusto... masculino. Hombre solo, se dicen con la mirada. Automáticamente, y antes de que lleguen los de la científica, revisan copas, botellas, trozos de comida. No hay marcas de rouge. Hombre solo con amigos varones.

Pasan al dormitorio. La víctima está sobre la cama en una curiosa posición fetal. Hasta tiene el dedo gordo de su mano derecha introducido en la boca, como un bebé. Está tapado con una sábana de seda roja. La levantan con cuidado. El hombre, un joven que se ve era muy bien parecido, está vestido con un traje rojo de fiesta... femenino. Los dos detectives se miran extrañados.

- No parece gay -dice ella.
- Hummm... quizá es lo que quieren que pensemos -le responde Caamaño y prosigue- Preguntemos al suboficial las circunstancias del hecho y quién hizo la denuncia de la muerte.

El sargento Bauer les cuenta su versión:

- Un par de vecinos llamaron al 911, quejándose por ruidos molestos, como música, gritos e insultos. Como es domingo de madrugada, la verdad, los muchachos no corrieron mucho por el caso. Pero hubo un tercer llamado que los alertó: un hombre estaba preocupado por el súbito silencio que había desde hacía una hora y temía hubiera pasado algo raro. Su voz, en la grabación, se escucha muy extraña. Así que llegamos, despertamos al portero que vive en el último piso, y nos abrió el departamento con una llave que el dueño le había entregado. Y al toque nos avisaron del hecho ocurrido. El departamento estaba vacío de gente, a excepción del fallecido. Pero por lo menos hubo aquí unas seis personas. El hombre se llamaba Javier Esteban Ducós, de los Ducós dueños de medio Pigüé, en la provincia de Buenos Aires. Tenía veintisiete años y se casaba dentro de una semana con Patricia Bernarda Saint James, la heredera de campos de cultivo y ganadería, diarios, aserraderos y no se cuántas cosas más, oriunda de Saavedra, también en la provincia de Buenos Aires. Todo esto me lo chimentó el portero. Hay que corroborarlo.
- Muy bien, sargento. ¿Tiene idea de cuánta gente había en la fiesta? Suponemos que era su despedida de soltero.
- No, aún no tenemos la certeza. A ustedes les tocará averiguarlo, detective.
- Ok, gracias. Ya llegaron los de la científica.

Ambos detectives están en su oficina de la departamental. Es la tarde del domingo y se los ve fastidiados. Podrían haber matado a Ducós un día de la semana. ¡Ufa! Están revisando los datos recogidos por los de la científica. Sólo siete copas y tienen a todos los sospechosos para interrogarlos en la cámara Gesell. Son seis: J.B. Sheffeld, el padrino de la boda, Roberto J. Rondell, su mejor amigo, Guillermo Pando y Lucas Bernard, compañeros de estudios, Bicho Jaime, su personal trainer y Nathaniel Guillón, hermanastro de Patricia, su novia.

Interrogan a cada uno. Sin embargo, todos afirman lo mismo, como un discurso estudiado. Se fueron a las 5 de esa madrugada, porque Javier les dijo que esperaba a alguien a las 6.30 y quería arreglar el departamento antes de que llegara. Todos entendieron que se trataba de una mujer.

Nathaniel se puso furioso porque ama a Patricia. Son hijos de dos matrimonios anteriores de sus padres y no los une la sangre. Pero ella prefirió a Javier. Este le explica que será la última vez y ya, una vez casado, dejará de ser un tarambana infiel. El también ama a Patricia.

Su mejor amigo, Roberto, lo mira con odio disimulado. Se lleva la mejor chica. Siente envidia y celos ante los logros de su amigo, sea en el amor, los estudios, el porvenir.

El padrino está muy triste porque el muchacho se casa y perderá a su mejor compañero de juergas y no se resigna.

Guillermo y Lucas saben que Javier no es tan buen estudiante, pero les paga muy bien por prepararlo para salir bien parado en la Facultad de Derecho.

Bicho es algo extraño, como amanerado. No sabe si va a perder su empleo porque Patricia y él no se soportan.

Los dos detectives están perplejos. Parecería que alguno de estos seis es el culpable. Todos tienen un porqué... Revisan sus notas. Está todo a la vista, horas, sospechosos, motivos.

Sin embargo, de 5 a 6.30 hay un vacío, porque Javier no limpió nada y, aunque estaba un poco borracho, los hombres coincidieron en que no era para tanto como para no acomodar el desorden. El departamento estaba revuelto, como si se hubieran llevado algo. Nadie sabía qué.

Sonia está muy pensativa. El vacío horario la tiene mal. El último llamado al 911 se hizo a las 6.10, los policías llegaron a las 6.30. Javier fue muerto entre las 5.30 y las 6. ¿Volvió alguno de los amigos y lo mató? Pero los tiempos no concuerdan. En una hora o menos, no pudo hacer el asesino todo.

Sonia pide que escuchen las tres grabaciones de las quejas de los vecinos. Dos le llaman la atención, la segunda y la tercera tiene un timbre de voz similar. La tercera además suena angustiada, como con culpa.

¿Quién pudo matar al chico, vestirlo y ponerlo en esa posición en tan poco tiempo y por qué? Y se lo dice a Diego y él, sonriente, comenta:

- No hay nada como una mujer para descifrar hechos pequeños.

La clave está en cuatro preguntas: 1) ¿Quién tiene la llave del departamento?, 2) ¿Quién es el qué más rápido puede llegar?, 3) ¿Quién llamó la segunda y la tercera vez? y por último, 4) ¿Quién podía tener motivos especiales, que no fueron tenidos en cuenta hasta ese momento?

Las tres primeras tienen respuesta inmediata. Bastó chequear el número de teléfono desde donde provinieron las llamadas al 911. Las tres se responden con un nombre: el portero.

Falta saber la razón. El portero ama a Javier, pero no es correspondido sino con burlas y rechazo. La humillación acumulada se transforma en odio y en venganza. Que se evidencia en la posición en que estaba el cadáver y el vestido que llevaba puesto, para que crean que es lo que no es. Sonia había notado el pequeño detalle: el cuchillo clavado en el corazón del muchacho.

El portero se había vengado, sí, pero lo va a pagar con la cárcel.

Adelina Canuti

Una historia en Pico Alto


En el pueblo de Pico Alto vive Justiniano Gómez, destacado comisario de un grupo de cincuenta manzanas donde todos se conocen y comparten el rutinario pasar de la vida. Hombre robusto, de mediana estatura, cabellos lacios peinados a la gomina que le dan ese aspecto pulcro e importante de comisario; resaltan en su cara dos hileras negras y abundantes, sus bigotes, a los cuales, con gesto continuo, suele emprolijar con sus velludas y regordetas manos. Botas, pantalones abombachados, cinturón de cuero, camisa impecable, pañuelo al cuello, acompañados por ese poncho prolijamente acomodado sobre uno de sus hombros, demuestran que este hombre tiene toda la arrogancia y la apostura para cuidar del bienestar de Pico Alto.

Vida tranquila de pueblo que un día se ve sacudida por una terrible noticia: el asesinato de Florinda Suárez, la mujer más rica del lugar.

En la comisaría todo es revuelo, el equilibrio de Justiniano parece derrumbarse ¿cómo ese pueblo tan cuidado por él, donde todo estaba bajo control, hoy se ha convertido en un laberinto sin salida?

¿Qué había pasado? Florinda era una dama de delicado porte y agradable belleza, distinguida y admirada dentro del grupo social más destacado de Pico Alto. Estaba comprometida con Ignacio Ibarra, el estanciero más próspero de Pueblo Bajo.

Todo daba a suponer que un crimen pasional había acabado con la vida de la delicada Florinda. Pero ¿quién la había matado? Ella era una mujer de respetadas costumbres y de su novio sólo se sabía que era poseedor de la mayoría de las tierras de Pueblo Bajo.

Los habitantes de Pico Alto, alarmados por el hecho, deciden agruparse y exigir el esclarecimiento. Ante la multitud que se agolpa a las puertas de la comisaría con palos y rebenques para ejercer justicia por mano propia, queriendo linchar a Ignacio, el único sospechoso del crimen, Justiniano estalla en sollozos.

"No puedo permitir que maten a un inocente y más si ese inocente es mi amor"- dijo Justiniano ante el asombro de la multitud.

En un ataque de celos y desesperación mató a Florinda, para quedarse con el corazón de Ignacio, pensando que iba a poder manejar la situación, pues creía que a ese pueblo, donde nunca pasaba nada, le resultaría fácil engañarlo y con el tiempo todo pasaría al olvido.

Estela Ríos

Crimen en la joyería


Marcelo trabaja como jefe de investigaciones en una comisaría del barrio de Almagro. Es un joven agradable y simpático a quien todos aprecian en la seccional. Una tarde, hallándose de franco en su departamento cercano a la dependencia, sonó un timbrazo y al abrir se encontró frente a frente con su superior, el comisario López, hombre ya maduro y con aspecto cansado, quien le pidió que se hiciera cargo de un caso que había ocurrido en una joyería de la calle Rivadavia, donde habían hallado estrangulado al dueño del local.

Inmediatamente, Marcelo se dirigió al lugar del crimen donde examinó el cadáver del señor Bresson, nombre del occiso, quien yacía de bruces sobre el mostrador del negocio. En su cuerpo no había señales de lucha ni marcas de ninguna especie y aparentemente el que había había matado al señor Bresson no se había llevado nada del lugar.

Colocándose un par de guantes de goma como los que usan los forenses, revisó cuidadosamente el lugar y al mirar detrás del mostrador notó que los listones de madera del piso estaban algo separados y no coincidían entre sí. Agachándose, pasó la mano sobre los listones y al presionar sobre uno de ellos, éste cedió hacia abajo, dejándose al descubierto un agujero que escondía una caja de cartón alargada, donde habían documentos y pagarés con datos que le dieron la pauta a nuestro muchacho de que, además de joyero, Bressón también había sido un usurero. Guardó todo otra vez en el receptáculo y salió dispuesto a saber más entre los vecinos, algunos de los cuales le contaron que la noche anterior, alrededor de la hora en que Bresson cerraba el negocio, le habían visto hacer entrar a la joyería a un individuo vestido con un impermeable negro y una bufanda blanca alrededor de su cuello.

Luego se dirigió a la morgue donde habían llevado el cadáver: allí el médico forense, que estaba revisando el cuerpo del joyero, le comentó que había observado en el cuello rastros de hebras de lana color blanco.

Al principio todos los pasos dados por Marcelo fueron infructuosos, ningún indicio le dio lugar para encontrar pruebas fehacientes que indicaran un avance, así que por varios meses el caso quedó en espera.

Una mañana cierto alboroto sacudió la rutina de la comisaría, pues se había descubierto y desbaratado a una banda de narcotraficantes que asolaban la zona. Llegó a manos de nuestro investigador un detalle del caso y ¡oh, sorpresa! uno de los integrantes llevaba el mismo apellido que el joyero asesinado meses pasados. Esto llamó la atención de Marcelo, que verificó que el mencionado Ricardo Bresson era sobrino del muerto. A partir de allí la causa se aceleró, comprobándose que este individuo era el capitalista de la banda.

Ya condenado, el sobrino confesó que había asesinado a su tío al haberle negado un dinero que le solicitó. Y así la muerte del joyero quedó aclarada.

Rosa Zamudio de Casas

miércoles, 15 de junio de 2011

Muerte en el estacionamiento


Se estaban realizando las exequias de Elsa Ferrer, quien fuera en vida una de las más importantes diseñadoras de alta costura. Asistían al sepelio políticos, destacadas figuras del espectáculo y del mundo de la moda. Todos se vieron sorprendidos por su inesperado deceso. Es que Elsa fue encontrada muerta por su chofer, varios días atrás, en el estacionamiento privado del lujoso edificio en el que estaban instalados los talleres, oficinas y demás dependencias donde desarrollaban sus actividades. Intervino la policía y luego la justicia citaría a declarar a todas las personas de su entorno.

Tras una minuciosa y exhaustiva investigación se arribó a la conclusión de que no había inculpados. La autopsia determinó que la muerte se produjo a causa de un paro cardíaco, quedando cerrado el caso.

Elsa tenía dos hermanas, Inés, que era una de sus colaboradoras, y Julia, que vivía en España. Esta al enterarse de la noticia, regresó inmediatamente a Buenos Aires. No conforme con lo actuado por la justicia, se contactó con una conocida agencia de detectives. El caso recayó en Jorge Crespo, un joven inteligente y muy sagaz, recientemente incorporado a la agencia. A pesar de que este sería su primer trabajo como detective, Jorge tenía una vasta experiencia, ya que desde su adolescencia había colaborado con su padre, un reconocido jefe de policía ya retirado.

Julia debía volver a España de inmediato, por lo que acordó con Jorge que se mantendrían en contacto permanente, ya que éste debía investigar al marido de Elsa, a su hermana y a su chofer.

Elsa se había casado hacía más de una década con Esteban Ibarra, un conocido industrial del ramo textil. Durante los primeros años el matrimonio tuvo una buena relación, que se fue desgastando con el tiempo. Esteban viajaba a menudo por negocios y así conoció a una azafata con la que se involucró sentimentalmente. Cuando Elsa lo supo, decidió separarse y en ese entonces estaban tramitando el divorcio y no en muy buenos términos, porque había muchos intereses en juego. El día del deceso de Elsa, Esteban se encontraba en Brasil junto a su amante, cosa que pudo probar fehacientemente.

Su hermana Inés dirigía el taller de costura y soñaba con poder apartarse de Elsa, ya que ésta criticaba casi a diario su trabajo, lo que era motivo de constantes disputas. Siempre se sentía relegada y anulada por la avasallante personalidad de su hermana. El día anterior a la muerte de Elsa, Inés había sufrido un cólico renal agudo que la obligó a permanecer internada durante algunos días.

Evaristo, su chofer, era un hombre muy correcto, medianamente joven. Tenía estudios universitarios, pero su carrera se vio truncada por su afición al juego, algo que escondía celosamente, pero que debió admitir ya que el detective había descubierto su secreto. Tenía una buena relación con Elsa, quien era muy condescendiente con él, al punto de haberle prestado dinero en más de una ocasión, ignorando que era para cancelar deudas de juego. El día en que la encontró muerta debía restituirle una suma bastante importante, algo imposible de cumplir. Jorge Crespo tomaba un café sentado frente a Evaristo y mientras escuchaba su declaración pensaba que tras la desaparición de Elsa la deuda de éste quedaría saldada. Evaristo continuó diciendo que pensó que debía tener una atención con Elsa pero no estaba muy decidido. Como debía llevar a Inés a entregar un trabajo se atrevió a hacerle el comentario para que ésta lo asesorara. Así fue que Inés le aconsejó que le regalara una tortuga. Elsa no tenía mascotas por no poder dedicarles el tiempo necesario y la tortuga no le demandaría demasiada atención, ya que pasa buena parte del año durmiendo.

El fatídico día, Evaristo había llegado al estacionamiento como de costumbre y cuando Elsa le informó que debían salir, él espero de pie, al costado del coche. Cuando ella se acercó al ver la tortuga quedó como petrificada, los ojos parecían salidos de las órbitas, dio un grito y se desplomó.

Como lo hacía habitualmente, Jorge informó a Julia sobre la declaración de Evaristo y ésta decidió volver a Buenos Aires.

Era necesario que el detective supiera que Elsa tenía terror a las tortugas, una fobia que padecía desde su infancia y que las hermanas conocían, sólo ellas y nadie más.

Nunca quiso tratarse, tal vez porque no quería mostrarse vulnerable ante nada ni nadie. Supuestamente, un ataque de pánico le paralizó el corazón, provocándole la muerte.

Ahora el sagaz detective debía dilucidar si Inés pretendía matar a su hermana o solamente darle un buen susto.

Susana Pascual

El encuentro


Mi viaje en ese camino tan desolado, cansada de tantos kilómetros, los últimos que faltaban, se estaba haciendo interminable.La ansiedad me dominaba, pero me llevaba la angustia y más que nada el compromiso que tenía con el recuerdo de mi amigo.
Mi gran amigo asesinado en Ushuaia... Bella, como ninguna.

Por fin llegué. Respiré naturaleza pura, me cautivó nuevamente. Ya la conocía, había estado hacía unos años. Pero ahora, esta vez, era para encontrarme con la persona que me ayudaría a hallar una explicación de los hechos ocurridos un año atrás con la muerte de Mario.

Me costó dar con él, pero al fin arribé a su casa, donde tenía una habitación que servía de oficina. El encuentro con este detective, un ex policía de la zona que había contactado por teléfono desde Buenos Aires, no me dio buena impresión. Ni él, ni el lugar, esa casa semiabandonada y alejada del centro, ubicada frente al canal de Beagle. Me chocó su aspecto, tan desprolijo y desaliñado. Sin embargo, me abstraje de estos detalles.

Comencé por manifestarle mi inquietud. Me escuchó pero en sus apreciaciones y comentarios fue de lo más ordinario, usando un lenguaje cortante y rayano con lo asqueroso, muy crudo. Sólo lo escuchaba, tratando de no pensar. Me explicó todo, tenía mucha documentación, la causa, fotos. Todo esto me sorprendió; estaba empapado en el caso.

Me fui con la promesa de este detective, quien a pesar de la impresión que me causó, se descubrió como un ser con convicciones firmes, honesto, y lo más importante, con fe en la justicia.

Ana María Satavicius