jueves, 26 de mayo de 2011

Sabuesos de papel


El relato policial nace en 1840, cuando Edgar Allan Poe le da nombre y apellido al primer detective literario: Auguste Dupin. Este personaje intervendrá en la resolución de las intrigas planteadas en La carta robada, El escarabajo de oro y Los crímenes de la calle Morgue.

A estos primeros sabuesos racionales, analíticos y extravagantes los desafiaban delincuentes de las mismas características, en una suerte de duelo de ingenios. Luego, estos aristócratas del crimen cederán espacio a los perdedores, solitarios y desprolijos antihéroes de la serie negra, esas historias de intriga que transcurren en los barrios bajos, en medio del humo de los cigarrillos y los vapores del alcohol.

Invocamos el espíritu del gran Sherlock Holmes para que nos conduzca por los senderos que se bifurcan.

La visita de una inocente dama


Recuerdo bien que sucedió un sábado por la tarde, estaba disfrutando del placer de la lectura, con la compañía de un confortable y profundo silencio, cuando fui interrumpido por unos golpes en la entrada. Pensé, en los primeros instantes, que era un ruido que provenía de la calle y me dispuse a proseguir con mis estudios.

Nuevamente, otros toques, más insistentes, sobre la puerta y, con fastidio, me levanté para responder al llamado.

El visitante, una joven mujer de aspecto distinguido, rostro agradable y delicado y tenue sonrisa, se encontraba ante mi presencia. Saludó cortésmente y disculpándose se limitó a indicarme que requería mis servicios.

Resignado por la intromisión, la invité a pasar y acomodarse en uno de los sillones de la sala. Como ya comenzaba a anochecer, me dispuse a encender la lámpara y le ofrecí un trago, el que aceptó amablemente.

Sus gestos eran suaves pero firmes, su voz cálida y entonación particular, su atuendo era sobrio aunque de buena calidad. No parecía temerosa o angustiada.

Luego de unos segundos de vacilación inició su explicación: desde hacia un largo mes había llegado al país en ocasión de unas ansiadas vacaciones, proyectadas largamente, pero que a la vez del disfrute tenía como motivo encontrar a un tío, hermano de su abuela materna, que muchos años atrás había arribado a estas tierras. Aclaró que sentía un compromiso moral con su antecesora y que deseaba regresar a su país con noticias, pues desde hacía cinco años no sabían nada de él.

Me dejó algunos datos sobre sus últimas actividades conocidas, un bosquejo general de su fisonomía, no poseía fotografías actuales. Para cualquier posible indicio sobre su paradero dio un número telefónico y se despidió con excesivo agradecimiento por mi futura indagación. Por supuesto, resaltó, cubriría mis gastos y honorarios.

Quedé malhumorado, a pesar de la grata entrevista, porque me pareció el episodio carente de interés y haber truncado mi tranquila tarde. Me dispuse a cenar y luego, con un libro para apaciguar mi fastidio, fui a descansar.

A la mañana siguiente, amanecí de buen tono, desayuné con apetito y ejecuté mi rutina habitual: leer el periódico.

De repente, algo aguijoneó mi pensamiento. Volví a repasar lo acontecido el día anterior, la presencia de la dama y su posterior relato. Estimé que la historia era algo absurda y que escondía otro objetivo. Ademàs me extrañaba el demasiado interés que demostró al final de la reunión y sobre la insistencia de la recompensa propuesta ante cualquier información.

Como es natural en mí, me invadió la presunción de que debía indagar sobre los sucesos acaecidos dos meses antes. Me dirigí prontamente hasta las oficinas del periódico local a verificar las noticias con el fin de descubrir algo que despertara mi curiosidad.

Largas horas estuve registrando los archivos hasta que una información de escasa trascendencia me dejó satisfecho. Regresé a casa, tratando de evaluar y ordenar mis ideas.

A la jornada siguiente, me acerqué hasta la aduana a constatar el arribo de los barcos y la nómina de pasajeros. Después, para ampliar y aseverar ciertos hechos recalé en la jefatura de policía, donde tengo un par de oficiales amigos, con los que colaboré en ciertas ocasiones y me deben algunos favores. Saludé y comenzamos una amena charla, café mediante, hasta que los conduje subrepticiamente a la razón de mi visita.

Esclarecidas mis dudas y dilucidados otros puntos, tuve la certeza de vislumbrar el real móvil para la búsqueda del extraviado pariente. Al mismo tiempo, creí resolver un caso que hacía dos meses permanecía inconcluso.

Hace unos tres meses partía de Europa un lujoso transatlántico con un pasaje de alta valía. Durante su travesía se produjo el robo de un costoso collar de diamantes. La ocasión se presentó en uno de los bailes realizados, en el que estaba presente el comandante de la nave, algunos oficiales de alta graduación y un círculo selecto de invitados.

Al parecer, en ese momento hubo un conveniente apagón de luz y, al regresar la iluminación, la dueña de la joya notó su desaparición. Infructuosa fue la requisa en los camarotes, la tripulación, los pasajeros... No quedó rincón sin revisar. Pensaron que el ladrón se había asustado y arrojado el botín al océano. Al llegar al puerto, se hicieron las declaraciones pertinentes y a posteriori el seguro respondió por la pérdida.

Entre los pasajeros y habituales acompañantes en reuniones y distracciones de la desafortunada Sra L... estaba una joven y elegante pareja que la ayudó diligentemente en tal ingrato suceso. Al despedirse se prometieron contactarse, pero como es común entre las amistades temporales, dejaron de intimar.

Es posible que también formara parte del pasaje el supuesto desaparecido, fuera cómplice del robo o haya advertido la maniobra de la pareja y los haya extorsionado.

Tengo la seguridad de que la señora que requirió mi ayuda es la integrante de la dupla de ladrones.

Una semana después del desembarco apareció en un suburbio de la ciudad el cuerpo de un hombre joven, de buen aspecto, y cuyo desenlace se está investigando. Tengo la certeza de que se trata del consorte o socio de la dama. Es de presumir que hubo una disputa entre los integrantes del trío y el malhechor, luego del homicidio, desapareció con la alhaja.

La joven no podía presentarse ante las autoridades pues debía delatar su anterior tropelía y recurrió a mí, tal vez por deseo de venganza o de recuperar el bien perdido.

Toda esta crónica le fue relatada a la delegación competente. Mi paso siguiente será citar, con argumentos convincentes, a la misteriosa dama y las autoridades deberán completar mi efímera y fructífera investigación.

La compañía aseguradora ofrece una importante recompensa por el rescate del collar.

Hilda Hebe Menzel

Coma


Rosa decidió tomarse un fin de semana libre; quería descansar. Aquel sábado miró mucha televisión, comió bastante y comenzó una lectura que tenía pendiente. A la medianoche se acostó a dormir.

A punto de hacerlo, escuchó gritos pidiendo ayuda. Provenían del piso de arriba. Corrió por las escaleras, la puerta del departamento "C" estaba abierta. En el suelo, ya inconsciente, una mujer muy joven estaba en un charco de sangre.

Llamó a una ambulancia y acompañó a la chica al hospital. Los médicos de guardia la atendieron inmediatamente con mucho profesionalismo y eficacia, pero debido a la gran pérdida de sangre, Marisa -así se llamaba la joven- quedó en coma.

Rosa se prometió a sí misma encontrar a la persona que había herido a la joven. Tenía una puñalada muy cerca del corazón, pero esa pequeña desviación del cuchillo había salvado -por ahora- su vida.

Volvió a su casa e interrogó a los vecinos del quinto piso. Misteriosamente, nadie había oído ni visto nada. Alguien de la planta baja había visto salir a la hora aproximada del ataque a un joven.

Marisa tenía novio, Manuel, pero ese fin de semana no estaba en Buenos Aires, porque había ido a visitar a sus padres que vivían en Brandsen. Marisa no había ido, alegando que tenía que estudiar.

Rosa corroboró la coartada de Manuel. Interrogó a las amigas y amigos de Marisa. Una de ellas, Silvia, había hablado por teléfono poco antes del ataque. Marisa le dijo que se iba a acostar porque estaba cansada. Mientras conversaban, había sonado el portero eléctrico y Marisa le avisó a Silvia que iba a cortar para ver quien llamaba a su puerta a esa hora. Textualmente había dicho "son las 11 de la noche, debe ser equivocado". La amiga quedó intrigada y volvió a llamar a las 0.30, pero nadie contestó, porque a esa hora Marisa y Rosa iban hacia el hospital.

Se dio aviso a los padres de la chica, que ya estaban en camino desde la provincia de Misiones. Ese mismo domingo, Rosa volvió al hospital, se sentó al lado de la cama de Marisa y le tomó una mano. Miró su rostro, tan pálido, y sintió mucha pena. De pronto, la joven comenzó a moverse, apretó su mano y lentamente comenzó a abrir los ojos. Miró los cables conectados a su cuerpo y como si comenzara a recordar, sus ojos se llenaron de lágrimas.

Rosa le dijo que no hablara, que no tenía nada que temer y que ella -que era policía- se iba a quedar a su lado todo el tiempo necesario. Llegó el médico, Rosa salió al pasillo. Al salir del cuarto, el doctor le avisó que la paciente estaba fuera de peligro.

Rosa experimentó un gran alivio. Cuando Marisa estuviera más fuerte podría develar el misterio. El caso, aunque no se resolviera en lo inmediato, no iba a quedar impune.

Marta Francolino

Muerte en el vacío


El inspector Mor estaba cómodamente sentado en el living de su casa, bebiendo su cerveza y escuchando "La cabalgata de las valquirias" de Wagner. Podemos asegurar que se encontraba en otra dimensión. De pronto, el sonido del teléfono lo devolvió a la realidad. Era un llamado de la jefatura de Policía, avisándole que tenía un nuevo caso.

Se trataba de la señora Ledesma, quien había sido encontrada muerta en su auto en las afueras de la ciudad. La mujer era la dueña de una de las fortunas más poderosas del país. Su marido, desde hacía años, manejaba eficientemente las empresas. Eran dueños de ingenios, frigoríficos, estancias y otras yerbas.

Cuando el inspector y su sargento llegaron al lugar fueron informados por el forense que la muerte se había producido en atmósfera cero o sea, fuera de las condiciones de la atmósfera terrestre. El cuerpo estaba momificado y presentaba algunos pequeños abscesos.

Ante semejante panorama, el sargento Luis exclamó que era como si los extraterrestres la hubieran matado. Mor lo miró escépticamente y empezó su línea de investigación.

Primero interrogó al marido, quien parecía realmente preocupado. Ese mismo día había vuelto de un viaje de negocios en el exterior. Una coartada perfecta. Durante su ausencia, la señora había supervisado las actividades de la empresa.

Todas las personas que la habían visto durante esos últimos días fueron interrogadas. Los más allegados comentaron que el matrimonio estaba separado de hecho desde hacía muchos años y que el hombre convivía con una prestigiosa y acaudalada abogada. La situación era aceptada y se mantenía en secreto dentro del círculo íntimo.

Como resultado de la indagatoria, dos empleados del frigorífico aportaron la novedad de que la señora se reunía con el administrador después de hora y que intuían la existencia de una relación sentimental entre ellos.

Las pesquisas incluyeron los antecedentes y estados financieros de todos aquellos que podían considerarse posibles sospechosos. Asimismo, se registró exhaustivamente el frigorífico.

A esta altura, con las pruebas en la mano, el inspector Mor ya sabía quién era el asesino.

Su conclusión se basó en el inexplicable incremento del patrimonio del principal sospechoso. Además, apareció un libro de contabilidad paralelo con las huellas de la señora Ledesma, quien había advertido la maniobra fraudulenta de su empleado.

Las reuniones fuera de hora nada tenían de románticas. Ella se había empecinado en auditar los libros. Cuando descubrió al responsable y lo amenazó con denunciarlo, éste la mató.

El administrador, que de él se trataba, la golpeó en la cabeza hasta desmayarla. Luego llevó el cuerpo a la envasadora de vacío y puso en funcionamiento la bomba. Cuando el contenedor llegó a atmósfera cero, el cuerpo y sus microorganismos pasaron al estado de sequedad total, proceso que estuvo acompañado por pequeños estallidos. En esas condiciones, trasladó el cuerpo hasta el auto y lo condujo al lugar donde fue encontrado.

En la requisa que se había realizado en el frigorífico, se habían hallado rastros de sangre de la víctima en la envasadora y las huellas del culpable.

Una vez resuelto el crimen y arrestado el homicida, el inspector Mor y su sargento fueron a un bar a tomar una bien merecida cerveza.

Ana María Vidal

La duquesa ladrona


Ocurrió en un ducado francés, cuyos amos eran el duque de Lyon y su esposa, la duquesa María Isabel, a quienes el pueblo quería por su actitud compasiva. Con ellos vivía la marquesa de Lyon, hermana del duque, quien odiaba a María Isabel.

La duquesa era una mujer elegante, atractiva y culta, virtudes que disimulaban completamente la maldad que había en su corazón. La única que la había notado era su cuñada.

Los soberanos de Francia le tenían gran afecto a la pareja, dado que el duque era el principal consejero real y al rey le inspiraba mucha confianza.

Un día, en una cacería, el duque sufrió un accidente cuando su caballo se asustó ante la presencia de una serpiente. El duque cayó de su montura y falleció a causa de las heridas recibidas.

La duquesa entonces heredó una gran fortuna, no así su cuñada, la marquesa, a quien solamente se le permitió seguir viviendo en el castillo, pero a quien se la trataba como a una criada, cosa que acrecentó aún más el odio que sentía hacia la duquesa.

Esta era invitada a cuanta recepción real había y siempre se hacía acompañar por la marquesa, para evitar los comentarios de la corte.

Finalmente, dilapidó la fortuna heredada en fiestas y amantes, motivo por el cual quedó sumida en la ruina.

A partir de ese momento, para poder conservar su estilo de vida y la opulencia que la caracterizaba, comenzó a robar joyas y piezas valiosas en las recepciones a las que iba. Lo que ignoraba era que su cuñada la vigilaba constantemente y conocía sus iniquidades.

La marquesa nunca dijo nada pues estaba esperando el momento propicio para denunciarla.

En una de esas recepciones que se llevaban a cabo en el palacio, una de las damas de la nobleza, la marquesa de Sanders, se dirigió a uno de los cuartos a empolvarse, quitándose para ello un collar de diamantes que llevaba y dejándolo sobre el tocador.

La duquesa dio cuenta de ese olvido y robó el collar, pero su cuñada la vio y le advirtió a la marquesa de Sanders acerca de los sucedido. Esta se lo comentó al rey y, tras una embarazosa revisación, se encontró el collar en poder de la duquesa.

Surgieron en ese momento dudas y chismes maliciosos entre los invitados, quienes ya habían notado algún faltante en sus mansiones.

La duquesa evitó ser encarcelada gracias al cariño que prodigaba el rey a la memoria de su marido, pero fue desterrada y terminó sus días en la pobreza y mendigando para comer.

Por orden real, el castillo fue entregado a la marquesa y toda la corte le reconoció el mérito de haber descubierto las correrías de su cuñada. Por el servicio prestado, recibió una renta vitalicia para que pudiera vivir tal como vivía en tiempos del duque, su hermano.

Carlos Rey

Claroscuros


Continuamos buscando contrastes y sensaciones que evoquen el aporte del romanticismo a la literatura del siglo XIX como respuesta a una tradición excesivamente racional y alejada de los sentimientos y las impresiones.
La noche, la soledad, la ciudad hostil, el amor idealizado, los miedos, los monstruos interiores y exteriores son algunos de los elementos que nos permiten jugar con las palabras y escribir los siguientes textos.

Reencuentro


La tarde caía acompañada de una suave llovizna. Lyla, con paso apresurado, corrió para alcanzar el colectivo a punto de partir, pero algo la detuvo. Quiso observar qué pasaba en ese antiguo bar. Estaba acostumbrada a verlo todos los días sin prestarle atención, pero ese día algo distinto la obligaba a detenerse. La curiosidad la llevó a entrar, cuando una salva de aplausos inundó el salón. Su cara de sorpresa llevó a que alguien le diera una respuesta: estaban premiando al mejor escritor del momento, Alfredo Ramos.

¡No podía ser verdad! Alfredo, el amor de su vida, el bohemio que la había hecho volar por los más recónditos lugares del universo, estaba allí, con su hermosa cabellera ondulada y su rubia barba, sonriendo y agradeciendo una distinción tan merecida por su novela "Lyla, esa extraña dama".

Un escalofrío corrió por su cuerpo. "Es mi nombre" se dijo, "lo escribió para mí" y en un segundo reflexionó y comprendió que ese ser, al cual ella había abandonado por no saber entender que las fantasías y los sueños son necesarios para vivir, estaba hoy triunfante, pleno. "Lyla", dijo Alfredo, "es la heroína de esta historia, una mujer atrapada por las necesidades cotidianas, un pájaro sin alas al cual yo no puede transformar y hacer volar en total libertad. Es la historia de un amor sin final feliz, donde la protagonista elige quedarse en este mundo material y aparentemente seguro".

Las lágrimas inundaron las mejillas de Lyla y sin mirarse al espejo pudo ver su imagen gris, truncada, que se enfrentaba con un ser etéreo y feliz, Alfredo...

¡Qué magia tiene el amor! Allí estaban otra vez frente a frente, una nueva oportunidad daba la vida. Hoy Lyla sabe que dando rienda suelta a sus fantasías su vida tiene un final feliz.

Estela Ríos

Sucedió en París


En París, Florence vivía cerca de la ribera del Sena. Por las noches le gustaba acercarse y ver las barcazas ancladas en los muelles, algunas viejas y oxidadas, que daban la espalda a ese río color de león.

Tenía miedo, pero la curiosidad la llevaba con un magnetismo especial. Le habían hablado de los peligros. No le importaba... Esa niebla, los olores, humedad y sorpresas por lo desconocido, todo era muy cautivador.

Una noche se despertó súbitamente y comenzó a caminar por las calles de esa ribera tan misteriosa que alimentaba su curiosidad. Repentinamente, una fuerza incontrolable la obligó a arrojarse en las turbias aguas. Helaba y sintió el frío en sus huesos, el abrazo gélido del agua. Sin embargo, al caer cerca de unos pilotes, se mantuvo aferrada a ellos y esperó unos minutos. Pasado ese breve tiempo, que parecía una eternidad, venció al miedo y se lanzó a nadar.

Un marinero sentado en el muelle en estado deplorable, a vista de cualquiera un perdido, pasado de alcohol, estaba tratando de pensar como podía, con la vista fija en el agua. Se asombró y abrió los ojos cuando notó la figura de Florence desplazándose en el líquido marrón. Le parecía no real, pero al instante comprendió que sí lo era. Una mujer nadando con sus cabellos rubios... ¿necesitaba ayuda? ¿estaba escapando?

Sin meditarlo, ya que su estado no le permitía reflexionar demasiado, se tiró de cabeza al río. Las aguas heladas sirvieron para que se despejara inmediatamente y así nadó hacia la chica que parecía estar ahogándose.

El caballero en cuestión había estado esa noche en un cabaret. Había regresado borracho y tambaleante, pero meditabundo, con angustia y temblor en su espíritu, se sentó a orillas del Sena. Pensaba en sí mismo, en su vida, en lo que vendría, en su profunda soledad y en el desamor de aquella mujer que lo había abandonado hacía ya años.

Al ver a Florence nadando, se arrojó de inmediato para rescatarla. La vida hizo su relato. Ambos han muerto pero sus nietos escriben esta historia.

Soledad de los puertos


La neblina de la noche cubría las pequeñas barcazas que habían anclado en el puerto. Soledad, con paso tenue, se acercó a uno de los marineros recién llegados, le sonrío y acercó un cigarrillo a su boca.

Bob quedó sorprendido por la actitud de la joven. Ella le preguntó de dónde venía y hacía donde iba, ya que aunque recién se conocían, quisiera poder escapar de esa ciudad. Bob la invitó a tomar una copa, presintiendo que detrás de esa cara bonita se escondía algún drama.

Soledad había sido arrancada de su pueblo con un engaño. Se había enamorado de un hombre que abusando de su inocencia la llevó a los lugares más oscuros y denigrantes que jamás hubiera imaginado. Y ahí estaba, desesperada, buscando salir de esa existencia brutal.

En la intimidad del cabaret, Bob, que había escuchado atentamente el triste relato de Soledad mirando a esos ojos que piden ayuda desesperadamente, prometió sacarla de ese infierno, costara lo que costara.

Soledad volverá, aunque sea por esa noche, a ese cuarto espantoso, pero ahora conoce la esperanza.

sábado, 14 de mayo de 2011

La vida es cuento


Avanzamos, sin prisa y sin pausa, por el laberinto de la narración. Ya atravesamos los pasillos poblados de brujas y princesas, de lechuzas encantadas y soldados valerosos, explicamos el mundo a través de los mitos y las leyendas, sorteamos los oscuros vericuetos medievales, celebramos el Renacimiento, participamos con nuestras cacerolas de la Revolución Francesa y arribamos a Boston, 1809.

Aquí nos detenemos por el momento, para invocar el espíritu del padre del cuento moderno, Edgar Allan Poe. Poeta del agobio, de la soledad, de la ciudad hostil, de los miedos primordiales, escrutador de los misterios y primer reinvindicador del género como tal y del hombre gris inmerso en la muchedumbre, el hombre nuevo que escupe la Revolución Industrial, ese que nos resulta tan familiar y reciente.

Nos acomodamos, pluma en mano o teclado en mesa, para desandar los senderos trazados por este hombre.

Puerto y cabaret


Se escucha una sirena gruesa. Una chimenea lanza su último humo negro. Se oyen gritos roncos de alegría. Es verano. Los torsos desnudos de los hombres brillan de sudor. Resuena el ancla en el agua sucia.

Llega la noche, los hombres se visten y bajan del barco ruidosamente. Muchos de ellos se dirigen a un cabaret, ansiosos de estar con mujeres después de un largo tiempo. Es una escena de La Boca.

Ambiente lúgubre. Luces muy tenues. Entrando a la derecha, la barra del local. Asientos altos, esbeltas mujeres los ocupan, brillantes sus escuetas vestimentas. Alegres, sonríen a los visitantes viajeros recién llegados, algo cansados, pero ávidos de vivir una noche entrañable, nostálgica, erótica. Miles son los pensamientos que se acumulan en las imaginaciones de cada uno.

Humo de cigarrillos, olor a porro, whisky barato, ginebra berreta, una mujer con la boca rojo sangre y ojos pintados como una egipcia ha elegido al capitán, hombrón de cabellos blancos y remera azul. Ambos se miran, se sonríen y ella le hace una seña. El se baja del taburete y la sigue.

Comienza la seducción. Risas, abrazos, chistes burdos. Salen del negocio y se pierden en la noche. ¿Qué es? ¿Olvido, sexo, pena? Quien lo sabe...

Marta Francolino - María Blanca Sala - Adelina Cerruti

Las rosas mágicas


En la apacible campiña inglesa vivían dos hermanos, John y Peter, con sus respectivas esposas, Sally y Mary. La casa que habitaban estaba en medio de un jardín en el que las dos mujeres se dedicaban al cultivo de rosas. Los hombres, por su parte, se encargaban de la cría de ganado y demás tareas inherentes al campo, siendo este su medio de vida.

Así fue transcurriendo, sin mayores sobresaltos, la vida de estas personas, viendo crecer a sus hijos, quienes, ya mayores, tomaron distintos rumbos, quedando los padres solos en la casa.

Después de algunos años murió Sally, quien antes de expirar había manifestado su deseo de ser enterrada en el jardín que con tanto esmero había cuidado. Su voluntad se cumplió y al cabo de un tiempo notaron que las rosas cultivadas en ese lugar eran cada vez mejores en color y tamaño.

Mary quedó a cargo del jardín, pero esa tarea ahora, para ella sola, era muy abrumadora. Pensaron entonces en buscar a alguien para que colaborar con ella.

Por esos días llegó a la casa un joven proveniente de otra comarca, quien solicitó poder pernoctar en la casa, a lo que sus dueños accedieron.

A la mañana siguiente, Mary invitó al joven a compartir la mesa del desayuno.

Mike, ese era su nombre, les contó que había pasado por varias comarcas solicitando trabajo, sin haberlo logrado, por lo que se iría esa misma tarde para continuar la búsqueda. Enseguida le ofrecieron ocuparse del jardín, cosa que Mike aceptó de inmediato.

Todo transcurría en perfecta armonía hasta llegar el invierno, cuando Mike contrajo una fuerte pulmonía que lo llevó a la muerte en menos de cuarenta y ocho horas.

Apenados por lo sucedido pensaron a quién darían la infausta noticia, pero Mike jamás había hecho mención de familiar alguno. De inmediato, surgió la idea de enterrarlo en el jardín y, si algún vecino preguntaba por él, dirían que se había marchado.

Así se hizo y al poco tiempo las rosas allí cultivadas causaban admiración y ya había trascendido a otras comarcas por ser algo nunca visto. Comenzaron a llegar propuestas para comprar los cultivos, a fin de ser distribuidos en las grandes ciudades para su venta.

La idea les pareció oportuna, ya que con las ganancias que obtuvieran tendrían asegurado un buen pasar por el resto de sus días.

Como el trabajo se incrementaría, debían encontrar un reemplazante para Mike.

Cuando trataron el tema, decidieron que tendrían que buscar a alguien desconocido, que no fuese de la comarca y que estuviera solo. Las miradas entre John, Peter y Mary se cruzaron como en un acuerdo tácito, tal vez con la solapada intención de seguir enriqueciendo la tierra en la que sus rosas se reproducen como por arte de magia.

Susana Pascual

David y la dulce doncella


Cuenta la leyenda que en las noches de luna llena, cuando todo el colorido del Ponte Vecchio queda iluminado, puede verse caminar entre sus callejuelas al hermoso David y a la dulce doncella tomados de la mano.

Son el símbolo del amor, de ese amor que pudo transformar a esa fría y perfecta escultura, admirada por la humanidad desde la creación, en un ser apasionado y enamorado de una frágil y bella muchacha.

Ella había tenido la oportunidad de encontrarse con él por primera vez en una visita al museo de la Academia. Era tal su ansiedad por verlo que no se dio cuenta que había dejado caer en el trayecto su delicado chal, impregnado por ese aroma a limpio y a rosas que emanaba de su cuerpo. Y ahí estaba él, inmenso, bello, mostrando la maravilla de su cuerpo, con esa mirada perdida... pero ¿y su alma?, se preguntó ella. Si eras un tímido pastor a quien las circunstancias de la vida hicieron que se transformara en un joven fuerte y valiente para vencer al hombre más rudo y violento, el terrible Goliat...

Y así, pensando en su desconocido interior, deseando poder descubrirlo, pasó horas admirándolo hasta que una mano en su hombro la trajo a la realidad y tuvo que marcharse. El silencio del museo se expandía por todos lados, el aroma a rosas de su chal había impregnado el lugar que dominaba la inmensa escultura del David.

El no pudo resistir el aroma tenue y embriagador que hizo despertar sus fibras más íntimas y lo transformó en un bello ser viviente en búsqueda de su amada.

Y ahí están en las noches de luna llena, paseando su amor que sólo puede ser visto por aquellos que sienten y vibran con las emociones verdaderas. El, la escultura más bella y admirada que la humanidad haya conocido, hace sentir desde su mirada que, a pesar del frío del mármol, siempre fue un hombre apasionado.

Estela Ríos

Soy lo que soy: un vagabundo


No recuerdo ciertamente en que lugar nací, pues desde que recuerdo siempre me gustó recorrer caminos y visitar todo tipo de lugares y escondrijos. He conocido toda clase de personas, atesorado amigos y acumulado otros tantos enemigos.

Me atrae la aventura y soy verdaderamente audaz, no me asusta casi nada y allí voy en busca de mi destino.

Disfruto descansando sobre la hierba fresca, bajo un árbol frondoso, protegiéndome de los rayos del sol cuando caen en todo su esplendor en los mediodías de verano y mirar en la oscuridad de la noche el fulgor de cientos de estrellas y la profundidad de la luna. Y divagar hasta que me vence el sueño.

Nunca he permanecido mucho tiempo en algún sitio, salvo en ciertas ocasiones. Una vez estuve a punto de no viajar más. Me había prendado de unos hermosos ojos rasgados, de su andar cadencioso y subyugante y además había encontrado un ambiente cálido donde refugiarme y satisfacer mi hambruna.

Había llegado a un paraje alejado del mundo, después de vagar muchas jornadas y ya desfalleciente...

Me distraje, en las postrimerías del otoño, donde los dorados y morados pintan las cúpulas de los árboles, pisando y brincando sobre la matizada alfombra que forman las hojas que se desprenden y alejan de sus orígenes. Todavía podía conseguir alguna que otra alimaña para mi sustento.

Fue en estos menesteres que me sorprendieron los primeros y acuciantes fríos y entonces la existencia se hizo difícil. Tal vez porque soy un tipo afortunado, enclavado en un valle, cerca de una helada laguna y con la vegetación recibiendo los primeros copos de nieve, encontré lo que sería mi salvación y por un largo tiempo mi nueva vida y estabilidad.

A ella no la conocí sino hasta dos días después de mi llegada. Estaba tan exhausto y aterido que lo primero que hice fue refugiarme junto a unas vacas y caballos en una especie de granero. Dormía entre el heno y me alimentaba de los huevos que me prodigaban las generosas gallinas. No me atreví a degustar una de ellas, por temor a la penetrante mirada de sus gallardos esposos y del resto de los animales que miraban con desconfianza al reciente intruso, es decir, a mí.

Pero no pasó mucho hasta que me descubrió el ama de la casa y no se si por bondad o para evitar una hecatombe con mis vecinos, me invitó a pasar a la vivienda: allí descubrí a la dueña de los encantos.

Al principio me miró con desconcierto y sin prestarme mucha atención. Pasaba largas horas junto a la calidez del fuego y entrecerrando sus verdes ojos soñadores.

No quería avasallarla y me mantuve a distancia. Con el correr de los días, la situación se fue distendiendo y poco a poco comenzamos a compartir la soledad a que nos obligaba la inhospitalidad del riguroso invierno. Pasamos desde entonces todos los momentos juntos y adormilados entre las luces y la tibieza que emanaba de la chimenea.

Los amaneceres empezaron a ser más claros, los árboles a tener sus nuevos vestidos, el suelo a reverdecer y nosotros a realizar largos paseos, correr sobre la novel pradera, mirarnos en las transparentes aguas de la laguna y disfrutar de nuestros románticos encuentros. Me sentía feliz...

Pero... no se porqué algo empezó a cambiar en mí y varias veces ella me sorprendió con la mirada distraída hacia el camino.

Le conté de mis andanzas, del mundo que existía fuera de esas tierras. Que había vivido en grandes ciudades, donde apenas se puede avistar las estrellas por entre los numerosos edificios que emergen hacia el cielo y cubren de sombras las calles y los rostros, donde los árboles son escasos , donde los niños viven aislados en sus casas, donde nadie se conoce, donde uno es un extraño...

He estado en pueblos más pequeños, donde todos se conocen, se saludan, las ventanas están abiertas a los rayos del dorado astro y en las noches se escucha el sonido de una guitarra o la dulce melodía de un piano.

Y he recorrido senderos solitarios sin más compañía que el trino de los pájaros, la brisa suave del viento y el perfume de mil aromas.

Y he padecido hambre y frío. Y amables personas me han asistido y muchas otras me han ignorado o rechazado.

Pero era mi anhelo seguir y en ese corretear te conocí. Así pasaron los días y mi inquietud aumentaba. Si estaba bien, si era feliz ¿qué mal espíritu me atormentaba?

Ella lo comprendió y una mañana en que el verano lucía en todo su esplendor, en silencio me señaló el camino.

Y así, sin echar la vista atrás, retomé mi rumbo incierto. Con un tul de tristeza en mi corazón, pero tras de mi destino.

En mis oídos retumbaba una lejana melodía que siempre me acompaña: "Caminante, no hay camino, se hace camino al andar..."

Y una sola mochila sobre mi lomo... mis queridas siete vidas.

Hilda Hebe Menzel

viernes, 6 de mayo de 2011

Mitos, leyendas y otras yerbas


Continuamos explorando las raíces del cuento en los mitos y las leyendas, aquellos textos que intentan explicar el origen del mundo, la vida, la muerte o simplemente dotar de un componente mágico o fabuloso la geografía de un lugar. O las sagas que narran las mil y una aventuras de un héroe popular, como el rey Arturo o don Juan Moreira.

Trabajamos la imaginación en pos de crear nuevas historias y recrear viejas tradiciones. Nuestra última excursión literaria consistió en un trabajo de creación a cuatro y a seis manos. Un verdadero cuento chino.

Una historia de amor


La luna reflejaba el lago quieto de la noche tranquila y enamorada. Una pareja estaba sentada a sus orillas, muy callados y pensativos, yo diría que tristes.

Al costado, unos extranjeros con sus motos exageradamente nuevas hacían rugir los motores y molestaban con sus bocinas a todo transeúnte.

La pareja parecía absorta como si todo ese ruido no les fastidiara en lo más mínimo; es que tenían que separarse.

Y la falta de decisión, entre besos y caricias, no les permitía alejarse uno del otro. De pronto, una viejita, rosas en mano, se atreve a acercarle una para demostrar que el amor entre amor entre ambos continúa.

La joven comenzó a llorar. Tenía que ir a Shanghai por unos cuantos meses, su padre estaba enfermo y la necesitaba a su lado, tanto como su madre. Debía ir y dejar solo a aquel que tanto amaba.

¿Esto será cierto o real? Esperar es elección personal... Adiós, adiós, adiós...

Mercedes Alfieri - Marta Francolino

Un día en Shanghai


Estando en Shanghai fuimos a conocer la ciudad, pasamos por distintos mercados, y quedamos absortas con lo que veíamos; nos llamó la atención la venta de alimentos de todo tipo, verduras, legumbres frescas, pescados, y en cuanto a la vestimenta, chales exquisitamente trabajados, vestidos estampados nunca vistos en otro lado. También la famosa porcelana china ¡qué linda!

Y conocimos los restaurantes, con comidas tan elaboradas, ensaladas de tantos colores... al fin entramos en uno que nos pareció muy bueno. ¡Si hasta elegíamos a los mariscos vivos!

Norma Rebucco - María Blanca Sala

Leyenda china del té


En China había un jardinero que cultivaba rosas hermosas. Todos los días, por la mañana, recorría los largos senderos, observando y cuidando de los bellísimos árboles, los cautivantes cerezos y las aguas flotantes que adornaban las pequeñas lagunas que se habían instalado en los parques del rey.

Un día, descansando bajo un árbol, se quedó dormido con una jarra de agua en su mano. Tanto tiempo pasó que la sombra se fue y el sol calentó el agua y las hojas del árbol que cayeron dentro.

Al despertarse de su larga siesta, descubrió que el líquido tenía un color verde y bebió un poco. Descubrió entonces que era un agua curativa y agradable, a la que llamó té y, gracias a su descubrimiento, se hizo famoso en todo el mundo.

Ana María Vidal - Hilda Menzel - Carlos Rey

La cascada de Olaén


En la provincia de Córdoba, cerca de La Falda, atravesando los cerros, se encuentra la pampa de Olaén. En sus primeros tiempos, era una zona montañosa habitada por cazadores nómades que luchaban entre sí para conseguir el agua necesaria para la vida, que provenía de un pequeño manantial.

Ellos veneraban al dios Sol y a la diosa Luna. Y tantas fueron sus disputas que finalmente despertaron la ira de sus dioses, quienes los echaron del lugar por no considerarlos dignos de vivir en él.

Tan fuerte era la ira de los dioses que la madre Tierra se quebró abruptamente y de sus entrañas surgieron tres maravillosas cascadas y un arroyo.

Ahora había agua suficiente y una apacible llanura entre las sierras. Pero faltaban los hombres para habitarla.

Entonces, el dios Sol le dijo al cacique comechingón Ola que trajera a su pueblo a ese paraje. Y éste, guiándose por el vuelo de las aves, encontró la maravillosa llanura. Se establecieron, cultivaron la tierra, pescaron, cazaron y criaron alpacas y llamas.

Allí vivieron, engrandeciendo el lugar y venerando al Sol Rojo.

Ana María Vidal

El hada


Había una vez una princesa que estaba muy triste por que su padre, el Rey, la quería casar con otro rey que era muy viejo para ella y porque, además, estaba enamorada de un soldado que pertenecía a la guardia real. La pobre princesa se pasaba todo el día llorando, tratando de buscar una solución a su problema... pero, lamentablemente, no había solución.

En eso estaba cuando se le apareció una lechuza en el marco de su ventana y le dijo que en realidad era un hada y le aseguró que si conseguía que el soldado le diera un beso, se transformaría y le haría cambiar de parecer al Rey.

La princesa habló con el soldado y éste, como estaba muy enamorado, accedió y besó a la lechuza, quien inmediatamente se transformó en hada e hizo cambiar de parecer al Rey, quien permitió que la princesa se casara con el soldado, para ser felices para siempre.

Carlos Rey