sábado, 31 de mayo de 2014


Las palabras van y vienen, crean mundos. En nuestro pequeño universo del taller, recibimos nuevas voces que se mezclan en un coro polifónico con otras ya conocidas. Les ponemos nombre y apellido: Ade Canuti, Ana María Vidal, Ana María Origlia, Delfina Nicoletti, Delia Gebruers, Estela Ríos, Gloria Cainzos, Hilda Menzel, Juan Carlos Melillo, Martha Morelli, Noemí Rivelli y Susana Pascual. 


Progreso (Estela Ríos)

Afuera el sol ya había salido, se sentaron y esperaron que el carro de la hacienda pasara a buscarlos, sintiendo en sus caras la helada de la mañana. Habían compartido una noche más en el gélido tinglado, acomodando con sus manos curtidas por el trabajo y el frío, los cueros que luego serían llevados a la ciudad. Recibieron la paga que sólo alcanzaba para solventar mínimamente lo cotidiano.

Lo habían resuelto hacía un tiempo, sacrificarían hasta las ganas de comer para ahorrar y comprar el boleto de tren que los llevaría a la ciudad en busca de mejores horizontes. En la lata donde guardaban uno de los sueldos se reflejaba la luz de la esperanza: así se decían cuando noche tras noche la acariciaban, soñando con el momento de concretar la partida.

Pasaron tres años. Tomados de la mano llegaron a la estación. Afuera el sol ya había salido, se sentaron y esperaron.

Lucas, el tonto (Ana María Origlia)

Yo tenía veinte años, diez más que él. Lo tomé de la mano y fui rumbo a la plaza. Lucas corría desenfrenadamente por el césped verde, no paraba, pisoteaba las flores multicolores. No escuchaba mis reprimendas. Se abalanzaba sobre las hamacas que se mecían al vaivén de los pequeños, sacaba a empujones a los niños, con sus movimientos torpes. Quería jugar con ellos en el arenero, los zamarreaba.

Todos se apartaban de Lucas. Se convirtió en el terror del lugar. En un momento de lucidez, pareció asomar un rayo de luz en su cabecita, se escondió detrás de un árbol de tronco grueso y, como un río incontenible que se sale de su cauce, comenzó a llorar.

Fui a su encuentro, lo acaricié y como una nena de cinco años lo conduje al sube y baja. Subimos y su risa me llenó el alma. Yo estaba dispuesta a hacer el ridículo porque era mi querido hermano, no me importaba si era diferente a los otros chicos. Así que cuando me preguntó, con inocencia angelical "¿Mañana volvemos acá nuevamente y lo repetimos?", asentí con la cabeza, le sonreí, lo así de la mano y retornamos a casa.

Noche embrujada (Hilda Menzel)

Como era habitual llegó de la escuela, tiró la mochila en cualquier rincón y sediento pidió a su madre un vaso de agua.

- Esperá a que te quite el guardapolvo. ¡Pero Franco otra vez perdiste dos botones, yo no se que hacés!  Los fabricantes te van a dar un premio a fin de año como el mayor consumidor de botones.
- Pedile a la abuela, ella tiene un montón guardados en una caja…
- Los de la abuela no sirven para el delantal.
- De donde consigue la abuela ¡Tantos botones! 
- No sé, de ropas en desuso, los habrá heredado.  En realidad no sé para que los junta si cuando falta alguno tenés que ir a comprarlo.

La conversación terminó allí y al final de la noche luego de hacer los deberes, mirar algo por televisión, cenar y bañarse Franco se arrellenó en la cama con su tablet y al rato vencido se quedó dormido.

Despertó en un lugar desconocido, extraño… de repente observó una fila de botones que se dirigían apresuradamente hacia un lugar.  Entre curioso y aprensivo los siguió sin que notaran su presencia. Cuál no sería su sorpresa cuando descubrió una ciudad construida por botones.  ¡Las paredes, los techos, las puertas de las casa!  Los árboles las calles pavimentadas con botones. Los personajes mezcla de marionetas y robots estaban modelados por botones!!! No cabía en sí de su asombro, sentía como que de pronto su mundo había desaparecido y hubiera sido reemplazado y dominado por botones.  Buscó a los botones blancos: visualizó rojos, verdes, azules, negros, celestes, marrones, grises, rosas… pero blancos, blancos no había.

La garganta ahogó su grito y despertó;  fue un sueño… Respiró profundamente para recuperarse.

Todo era silencio, una tenue luz iluminaba su cama.  A través de la ventana la luna mostraba su láctea calidez.

Franco se detuvo a contemplarla.  Un largo instante sus miradas se encontraron y una pícara sonrisa se dibujo en su rostro y sus ojitos se fueron cerrando plácidamente. Ya sabía donde se escondían los botones blancos.

Ellos han llegado (Ade Canuti)

Sobre el arco de plástico, alardea un cartel: LARGADA.

Hombres y mujeres nerviosos se masajean las piernas y tobillos, zapatean el suelo con sus calzados de alta competencia, mientras esperan ansiosos el gran momento. Al costado del arco, sobre una tarima, un locutor arenga y alienta a los participantes de la carrera pedestre: 21 kilómetros sobre caminos diferentes, asfalto, ripio, subidas, bajadas, curvas, contracurvas, harán las delicias de los atletas.

Comienza la cuenta regresiva. "Tres... dos... uno... ¡largada!", grita el locutor. A trompicones salen los competidores disparados, algunos regulando, otros apurando. Los colores se mezclan, los tándems se orillan. A medida que pasan los minutos y las horas, los gestos sonrientes y seguros van cambiando según el lugar que comienza a alcanzar cada participante. Los músculos se agarrotan en el esfuerzo, las pieles se tornan blancas, rosas o rojas de acuerdo al bombeo sanguíneo del humano portante. Los cuerpos se ponen rígidos en el esfuerzo por superarse.

Poco a poco van destacando diez atletas, los más entrenados, los más expertos, seguidos con encono y valentía por el resto del pelotón andariego. En la lejanía, asoma otro arco: LLEGADA tiene pintado en la frente. Los diez primeros van raleando de a poco, juntándose en el pelotón. Faltan cincuenta metros  sudorosos, impiadosos. De pronto, saltan dos hombres y una mujer, rostros transpirados y encarnados en el esfuerzo final. Las zapatillas levantan vuelo y el primero, segundo y tercero reciben la felicitación del locutor a viva voz: "¡Ellos han llegado".

Y haciendo un alto dramático prosigue: "¡Público adicto a esta competencia, ellos han llegado, son los ganadores, un aplauso cerrado, por favor!.

Ellos han llegado (Noemí Rivelli)

El día se presentó con sol pleno y prometía ser magnifico para el ascenso. Con el grupo, días antes habían concertado el horario para la salida. Ya estaban casi todos y decidieron esperar cinco minutos más.Así lo hicieron y emprendieron la marcha.

El suelo rocoso y resbaladizo hacía más dificultosa la subida, por lo tanto, iban muy despacio y disfrutaban de la vegetación muy verde y de las pequeñas florcitas de color ocre y rojizo, a las que el rocío de la noche anterior había acentuado sus matices.

Unos pasos más adelante observaron sobre el pasto un gran círculo oscuro y un tenue olor a quemado. Se miraron extrañados pero siguieron su ascenso.

Pasaron varias horas y, ya casi en la cima de la montaña, empezaron a ver en el cielo algunas luces de diferentes colores que, en forma ascendente y descendente, iluminaban el cielo.

No podían creer ser testigos de semejante espectáculo. Se escuchó decir: "Ellos han llegado". En efecto, los concursantes de parapente de alta montaña ensayaban para que, al otro día, todo estuviera perfecto.

Ellos han llegado (Ana María Vidal)

Nacieron en el caluroso y húmedo verano. Una familia numerosa, por cierto. Los machos zumban en nuestros oídos y las hembras pican nuestros cuerpos. Durante su vida, algunos mueren aplastados, otros intoxicados, otros amorosamente y los menos naturalmente. Ellos han llegado con el verano y se quedan hasta el otoño.






Que el lenguaje es un sistema arbitrario de signos ya lo dijo Saussure. Por lo tanto, y con el derecho que nos confiere la imaginación, nos inventamos las palabras que nos faltan o recreamos otras que nos sobran. Con esta premisa, un barcigo es lo que cada uno quiere que sea.




La herencia (Gloria Cainzos)

Una noche pesada, invadida por truenos y refusilos, el viejo me contó que me abandonaron en las cuevas, a los tres años. Mucho más no pude saber; vencido por el alcohol se quedó dormido sobre la mesa al poco tiempo de iniciado el relato. De ese día yo sólo recuerdo los lengüetazos frescos de las olas invadiendo un lugar sombrío y la necesidad de agua para calmar mi sed.

De allí él me recogió; de las cuevas. En su barcigo se había acercado a la playa en busca de almejas. Cuando escuchó mi llanto, con una buena cantidad de ellas en su balde retornaba al mar, pero sorprendido volvió; al verme me alzó; para tratar de calmarme me apoyó sobre su pecho rodeándome con sus brazos fuertes, sacó arena de mi cara con su mano enorme y áspera, me cubrió con unos trapos secos y sin pensarlo mucho regresó a la embarcación; en ella me posó sobre el pescado recién tomado del mar y me llevó a su casa. El calor de ese primer abrazo aún lo siento y lo retengo; es el único recuerdo de ternura que conservo de mi infancia.

En su mundo de silencios y naturaleza virgen, sin demasiadas respuestas, sin que nadie se angustiara por mi ausencia, me crié hasta los dieciocho años. Dieciocho años en los que en el barcigo fui pirata, capitán de transatlántico, almirante de fragata y pasada mi infancia, cuando sólo tenía por compañera una luna inmensa y misteriosa iluminando el mar, pasó a ser refugio de mis emociones más profundas.

Cuando el viejo murió me lo dejó por toda herencia. Al día siguiente, después de despedirlo en el mar, cerré la casa, me trepé a la barca y buscando al niño de las cuevas nunca más volví.

El origen de las palabras (Juan Carlos Melillo)

Cuando Dios creó al hombre, lo llamó Adanah, porque lo hizo en arcilla. Pero ese fue el último nombre que Dios creó. En adelante, la responsabilidad de nombrar las cosas fue de Adanah. Y era una tarea ciertamente agotadora: tantas eran las maravillas presentes en el Paraíso que necesitaban un nombre.

A veces, incluso había que renombrarlas, como le sucedió con su flamante compañera. Y como Adanah era perezoso, al igual que su linaje, le gustaba adelantar el trabajo.

Así comenzó a inventar palabras que algún día llegaba a necesitarlas. Sucede que así quedaron sin uso creaciones tan notables como alfarún, barcigo, ramato, por nombrar algunas.

El viejo Dios, tolerante y compasivo, sonreía con indulgencia ante estos solaces inofensivos de su creación favorita. Hasta que se vio obligado a expulsarlos por su desobediencia, cuando comieron del árbol prohibido.

Y se dio cuenta de eso, de que lo habían desobedecido, cuando Adanah comenzó a crear palabras que tendrían, mucho después, una existencia tenebrosa. Así Adanah dejó preparadas palabras terribles como odio, tortura, ametralladora, esclavo.

Dicen algunos que hay otras palabras, más terribles aún, que están saliendo ahora a la luz.

Los barcigos (Ana María Origlia)

La tierra era todo para él. Tan necesaria como respirar. Lo vio nacer, crecer. Ya de joven atravesaba los campos y se lo distinguía de lejos por su característico sombrero de paja ancha, su blanca camisa raída y sus pantalones gastados, marcados como surcos que asemejaban su cara curtida por el sol. Sus manos callosas recogían, todos los años, el algodón. Sus pies descalzos, rústicos, caminaban sin dificultad por la tierra esquivando espinas y piedras.

Se sentía así libre, al estar al contacto tan íntimo con la naturaleza. El aroma que despedía ésta se impregnaba en su piel y lo envolvía en un éxtasis tan particular que lo transportaba a un mundo etéreo, irreal. Tan extraño ,que le parecía a veces, estar flotando en el cielo, otras imitando el vuelo del colibrí, vanagloriándose con su plumaje verde esmeralda saltando de flor en flor, escuchando elogios de su hermosura. Cerrando los ojos creía haberse trepado a una nube tan parecida a un copo de nieve que lo acercaba a un rayo de luz irradiando tanto calor que calentaba con intensidad su frágil cuerpo.

Por eso cuando vio los barcigos en su pieza. Se dirigió a la casa de su patrona y con todo respeto le dijo:
-Doña, esto no es pa mí.

Por una consonante (Ade Canuti)

Es noche de bar. Cigo empeñado en recordarla. Me acerco al bar. Cigo con mi pensamiento en sus curvas calamitosas. Estoy cerca del bar. Cigo con mis manos recorriéndola con urgencia. La luz del bar. Cigo amándola. Alcanzo el bar. Cigo por la vereda ante sus vidrieras. Noche de bar. Cigo sin entrar y cruzo la calle. El atestado bar. Cigo caminando, atrapándola en mi piel y mi deseo. Me alejo del bar. Cigo esperándola. No veo el bar. Cigo llorando porque ella ya no está.

A barcigar (Hilda Menzel)

Oye, chico, ven p´aquí
el baile ya comenzó
los sones de los bongó
te invitan a barcigar.
Es un ritmo que enloquece
mueve los pies, las caderas
el compás te llevará
ven, vamos a barcigar.
Es la música de moda
No es manbo, ni es la guaracha
Ni la rumba, ni es el son
ES EL BAILE DEL BARCIGO..
Que te lleva a barcigar.
Unos pasitos p´lante
y ahora otro para atrás
demos una vuelta entera
no te vayas a marear.
Esta  mezcla de cuarteto
con sonidos caribeños
creó esta trova barciga
que hoy te vengo a presentar.

El barcigo  (Delia Gebruers)

En una ciudad pequeña, a un joven, con bastante chispa y habilidad comercial, se le ocurrió abrir un local con café, bebidas y música. Los lugareños concurrían asiduamente porque era muy divertido estar allí y lo pasaban bien. En una de esas reuniones, tan amenas, alguien preguntó al dueño qué significado tenía el nombre. La respuesta fue: "Le puse Barcigo y con c, porque al leer el cartel, llamaría la atención. Sigo va con s y yo no quería que siguieran de largo, sino que entren al bar y se diviertan.... y, además, que consuman", agregó con una amplia sonrisa.

Ese barcigo (Martha Morelli)

Junto al barcigo esperaba a ese apuesto hombre que conocí una noche del mes de abril. El frío congelaba mi cara y mis pies eran dos bloques de hielo. No fue muy larga la espera porque él apareció, imponente y gallardo. Al verlo me acerqué y lo abracé sintiendo su corazón que palpitaba muy fuerte.

Entramos al lugar, consumimos bebidas calientes, charlamos mucho, nuestras vidas afloraron como retazos de historias pasadas. Nos reímos y emocionarnos por lo ocurrido, pero el tic-tac del reloj nos anunció la una de la madrugada.

Decidimos encontrarnos la próxima vez, el lugar sería el mismo, ambos nos sentimos reconfortados y llenos de vida.

La fecha llegó, yo lo esperé junto a ese barcigo. Fue en vano: él no acudió a esa cita.

Al día siguiente, leí su nombre en las noticias fúnebres del diario. Las lágrimas humedecieron tanto la hoja que terminé arrojándola al cesto.

Con mi angustia desbordada, comencé a andar un camino sin rumbo.