domingo, 9 de septiembre de 2012

Viajeros

Hemos recorrido la senda de Sherlock Holmes. Hemos encarnado en héroes y villanos. Hemos visitado el lejano Oriente y abrevado en la fuente de Matsuo Basho.

Si la Tardis del Doctor Who es una cabina telefónica, la nuestra es una nave de papel como las grullas de origami, que vuela por territorios pasados, presentes y futuros.

Uno que escribe para otro que disfruta del artilugio creado. De eso se tratan nuestros encuentros semanales, café de por medio, en los que nadie enseña, sino que todos aprendemos.

Haikus y tankas

Tétrico
espera el sauce
volver a llorar.
Estela Ríos

Tras las nubes
el sol oculta su congoja.
La luna le coquetea.
¡Es tan grande la distancia
como tu sueño del mío!
Hilda Menzel

Gatos

Como un severo mandato diabólico, su estridente maullido resquebraja el imperioso silencio de la noche.
Noemí Rivelli


Sigilosos y noctámbulos, tus ojos verdes penetran mi cristal, transforman la energía en un impulso eléctrico y este en una reacción química.

Conozco casi todo sobre el fenómeno físico que nos relaciona. Nada sé, sin embargo, del misterio de tu mirada.
Hugo Caputo

Muerte en el jardín, Germán Duque

¿Saben qué es esto? Seguramente no. Yo tampoco se qué es, pero me salvó. Sí, me salvó la vida. ¿No lo ven? ¿Acaso no ven que está acá, a mi lado, más precisamente a mi izquierda? Es más, está sobre esta banqueta. ¿En serio no pueden verlo? Pobre, ya está viejo, encorvado, desgastado y sin brillo, a causa del tirano paso del tiempo.
- A ver, usted, ¿puede verlo?
- No, contestó el otro.
- ¿Y usted?
- Yo tampoco, dijo el burgués. Ciertamente, sobre la banqueta no se veía nada.
- Pero ¡cómo es que nadie puede verlo!, rezongaba el hombre de la galera- ¡Este objeto o como quieran llamarlo salvó mi vida!- gritó con angustia.

El público comenzaba a marcharse, primero con mesura, pero enseguida decididamente. Hasta que un niño de cinco años, que miraba atentamente al señor presentador, dijo con asombrosa claridad:
"Yo se que es eso, señor. Es Tob, mi caja musical. Tob murió en mi jardín hace dos años. Un día quise enterrarla pero había desaparecido misteriosamente". Se produjo un gran silencio...

Efectivamente, sobre la banqueta no había nada, sin embargo el prestidigitador tomó con sus manos el objeto y al grito de "Muy bien, muchachito, eso es" se lo entregó al niño, quien se fue muy contento, ya que, gracias al mago y a pesar de estar vieja y gastada su caja musical aún vivía.

A solas, Adriana Queipo

Me duele la espalda y con el asadito que comí seguro que voy a tener que tomar más de una taza de té de boldo.

El sargento ya me alertó que las mulas no descansaron lo suficiente, pero si hoy no inicio la marcha hacia Chile, el enemigo tendrá más tiempo para organizarse. Debo llegar a Santiago a más tardar el mes próximo...

Me cuesta encontrar una mejor posición para mi pobre espalda. Le pedí al herrero que asegurara las herraduras de las mulas. Debo también controlar una buena cantidad de mantas de abrigo, pues el cruce en esta época nos puede sorprender con alguna nevada adelantada.

Ya me despedí de Remedios y de mi niña adorada. Sólo exigí que respetaran mi voluntad de luchar por la independencia de mis hermanos chilenos y peruanos. Remedios, en actitud amorosa, me entregó una hermosa bandera, la creada por mi buen amigo Manuel, así que ahora mismo, a pesar del dolor de mi castigada espalda, voy a formar a mis granaderos y que juren por ella, que van a seguirme en mi misión.

Mientras enciendo mi pipa para encontrar un alivio, un sollozo brota de lo más hondo de mi ser y me preguntó ¿podré? Si no logro atravesar los Andes tendré que darme por vencido.

En su hermosa y bien dibujada boca una sonrisa aflora y en voz alta dice: "¡Sí, venceré!".

La milonga, María Blanca Salas

Amplia entrada del edificio. A la derecha, tercer piso ascensor, espejadas las cuatro caras para poder observarse detenidamente, mientras asciende lentamente, los últimos retoques.

La puerta se abre y ya en el hall del gran salón se oye más nítida la música. Nos sacamos los abrigos, allí, cerca de la entrada los dejamos en el guardarropas y, como si nos estuviesen esperando a cada uno en particular, se aproximan las camareras para indicarnos qué mesa es la reservada.

Una vez ubicados reconocemos los distintos lugares y las personas que los ocupan. Nunca dejaron de sonar los distintos acordes tan bien seleccionados por el musicalizador de turno.

Las mesas están dispuestas como en un círculo alrededor de la pista de baile, de muy buena madera, encerada, y deslizable; al fondo está la barra bien provista de copas y botellas e idóneos barmen que preparan ricos tragos que los bailarines solemos degustar.

Los grandes ventanales a ambos lados, en el medio una gigantesca pintura de Benito Quinquela Martín engalanan el majestuoso salón, muy bien pintado e iluminado. La temperatura, ideal.

Relajados nos empezamos a mirar de manera distinta. Son esas miradas complacientes que van a iniciar los códigos del baile. Nos acercamos, nos escrutamos, nos aproximamos y nos abrazamos, en total silencio escuchamos y nos deslizamos al compás del vals. Finalizado, seguimos tomados de las manos esperando otra pieza que nos volverá a enamorar momentáneamente.

Con un "hasta luego" o tan sólo "gracias" nos despedimos hasta el próximo encuentro de miradas para continuar con el ritual de la danza.