lunes, 25 de abril de 2011

El cuento popular y el cuento infantil


La humanidad cuenta historias desde que hizo uso del lenguaje. Primero fueron relatos míticos, que buscaban explicar el origen de los fenómenos naturales, luego episodios históricos, grandes batallas y acontecimientos. Estos dieron origen a la épica, género poético que cantaba las epopeyas de los hombres.

Pero, paralelamente, había otras historias narradas para entretenimiento del auditorio y, de paso, ejemplarizar conductas virtuosas. En ellas, la realidad compite con la fantasía, los personajes son simples y arquetípicos (el rey, la princesa, la bruja), se narra una sucesión encadenada de hechos sin detenerse en las descripciones y hay un núcleo dramático que generalmente se resuelve para bien.

En nuestro taller, hemos trabajado con cuentos populares e infantiles y con la premisa dada de incluir como personajes una princesa, una lechuza y un soldado. Con ustedes, los autores...

Violeta y el caballo encantado


Había una vez una hermosa princesa que vivió en un remoto país, tan pero tan remoto que se llamaba Fin de la Tierra. Dicha princesa tenía una vida muy feliz, pues era hija única y su padre, el rey de Fin de la Tierra, le permitía hacer lo que ella quisiese. Pero la princesa, que se llamaba Violeta, no abusaba de su situación y prodigaba bondad, sonrisas y solidaridad por doquier.

Un día, cuando Violeta caminaba por el bosque, llevando comida y medicamentos a la familia del guardabosque porque uno de sus pequeños hijos estaba muy enfermo, se topó con una lechuza que al principio le causó un poco de miedo, ya que mirándola fijamente le dijo: "'¡Ay, mi dulce princesa! Debes cuidarte y nunca perder de vista la cabaña a donde te diriges, pues si llegaras a perderte, este bosque es tan espeso que te sería muy difícil salir de él".

Violeta la escuchó con mucha atención y cuando la lechuza levantó vuelo, sin olvidar su consejo, siguió presurosa por el sendero del bosque, sin perder de vista la cabaña del guardabosque. Pero, de repente, ¡qué susto!, escuchó un galope lejano y en un abrir y cerrar de ojos tuvo delante de sí a un hermoso y brioso caballo blanco.

Ella, recordando el consejo de la lechuza, siguió su camino sin detenerse, pero el caballo se interpuso. En ese momento, ella hizo gala de su poderío y le ordenó que la dejara pasar, porque debía llegar lo antes posible a la cabaña del guardabosque con sus remedios y comida para el hijito enfermo. Entonces el caballo montó a la princesa en sus ancas y la llevó raudo a la cabaña.

Ella, en agradecimiento, le acarició el lomo y le dio un beso en el hocico y ¡oh, sorpresa!, el caballo se transformó en un apuesto soldado ante el cual la princesa cayó rendida de amor. Ya no tuvo dudas de quien sería su compañero cuando el rey, su padre, muriese y ella tuviera que gobernar el reino de Fin de la Tierra.

Adriana Queipo

El soñador


En tiempos remotos, vivía, junto a sus cuatro hermanos, un niño al que apodaban "el Soñador", ya que pasaba horas con la vista hacia el camino y ensimismado en sus pensamientos. Su imaginación lo llevaba hacia tierras lejanas y en pos de mil aventuras.

Fue así que cuando llegó a mozo pidió permiso a sus padres para dirigirse al castillo del rey y ponerse a su servicio. Después de varios días arribó al palacio y solicitó una ocupación. Necesitando un ayudante para las cuadras, lo aceptaron y comenzó sus tareas cuidando y alimentando a la caballería.

En los momentos de descanso gustaba de escuchar las andanzas de sus compañeros, mientras se figuraba montado en un brioso corcel, recorriendo comarcas y participando en grandes episodios.

Una mañana, el monarca debió efectuar un imprevisto viaje y como faltaba uno de la escolta oficial por encontrarse enfermo, lo reemplazaron por el muchacho. Este no cabía en sí de la alegría cuando iniciaron el trayecto.

El rey estaba acompañado por dos de sus hijas, varios baúles y una enorme y hermosa jaula que albergaba una extraña lechuza blanca. Una escolta de treinta soldados resguardaban a la comitiva. El joven era la primera vez que lucía un vistoso aunque ajado traje militar y montaba en un garboso potro.

Durante la travesía sufrieron algunas penurias, ya que debieron soportar una fuerte tormenta, se les mojaron algunos víveres y el carruaje donde viajaba el séquito real rompió un eje, por lo que debieron acampar en medio de un frondoso bosque para arreglar el desperfecto.

El novel soldado estaba intrigado por la preocupación que las majestades tenían por la jaula y su contenido, cuando, en un descuido, el ave salió de su prisión y voló hacia una rama alta de un árbol.

La desesperación y el llanto de las niñas perturbó al cortejo y el intrépido mozo se ofreció a rescatarla. Con esfuerzo y algunos rasguños fue acercándose a la nívea lechuza que lo miraba ciertamente con tristeza. El caballero se detuvo y en un impulso que le brotó del corazón comenzó a cantarle muy dulcemente.

Brotaron lágrimas de los ojos del ave al escucharlo y lentamente, una por una, fueron cayendo las plumas que la cubrían. Todos miraban azorados lo que estaban sucediendo. El pájaro se convirtió en una hermosa doncella.

El rey y sus hijas, entre risas y sollozos, abrazaban y agradecían al confundido joven. Se supo entonces que con su melodía y su noble corazón había roto el hechizo que sufría la primogénita del reino.

El monarca en gratitud ofreció al muchacho que solicitara lo que deseara. Tan conmovido estaba que no dudó en ofrecerle alguna de sus tierras o la mano de una de sus hijas.

Luego de reaccionar de su sorpresa y meditar unos momentos, contó al rey su anhelo de recorrer los caminos. Este dispuso que se le dieran dos hermosos caballos y una bolsa de monedas de oro para que fuera a cumplir su sueño.

Hilda Hebe Menzel

Una tradición holandesa


El año pasado, durante un festejo importante, los reyes de Holanda con su principal comitiva, cumpliendo una vieja tradición, salieron del Palacio en un carruaje largo y descapotable, para complacer a la muchedumbre que pugnaba por saludarlos de cerca.

La princesa Máxima estaba exultante, pues es muy querida allí. Pero en un momento se llevaron un gran susto pues un individuo quiso atentar contra ellos. Un soldado de la custodia real frustró el ataque aunque ya el incidente había estropeado el paseo.

Se cuenta que esa noche hubo lechuzas por toda la ciudad. Según la creencia popular, este ave simboliza la protección. Lo cual debe ser cierto ya que la princesa Máxima llevaba al momento antes mencionado un broche con una lechuza de cristal.

Norma Rebucco

La princesa, el soldado y la lechuza


Había una vez, una sola vez, en un lejano país del norte, una hermosa princesa que le gustaba caminar sin rumbo por su campiña. En varias oportunidades había sido aconsejada para que tuviera cuidado en sus recorridas, porque podría perderse.

Era un día espléndido de primavera cuando la princesa salió a pasear como de costumbre. Se sentía tan bien que siguió y siguió hasta que pasó los límites de su reino y la noche se avecinó. No conocía el lugar por lo tanto no sabía cómo volver. Se cobijó bajo la sombra de unos árboles, a la espera del amanecer y de ver si alguien pasaba y la ayudaba.

En el reino todos estaban preocupados por la desaparición de la princesa. Varios soldados fueron enviados a rescatarla. Uno de ellos acertó el camino seguido por la princesa y la encontró. Al verlo, ella se asustó pero luego reconoció que era uno de los soldados de su padre y le agradeció. Ahora, eran dos los preocupados por regresar y dada la oscuridad de la noche, no sabían cuál era el camino. En ese momento, sobre un árbol, vieron dos lucecitas. Era una lechuza cuyos ojos brillaban en la noche.

El ave se dio cuenta de que estaban perdidos y les dijo que trabajando juntos iban a encontrar el camino. Así lo hicieron y pasando dificultades consiguieron llegar al palacio. Se dieron cuenta de que eran muy felices juntos y siguieron siendo amigos para siempre.

Ana María Vidal