lunes, 25 de abril de 2011

Violeta y el caballo encantado


Había una vez una hermosa princesa que vivió en un remoto país, tan pero tan remoto que se llamaba Fin de la Tierra. Dicha princesa tenía una vida muy feliz, pues era hija única y su padre, el rey de Fin de la Tierra, le permitía hacer lo que ella quisiese. Pero la princesa, que se llamaba Violeta, no abusaba de su situación y prodigaba bondad, sonrisas y solidaridad por doquier.

Un día, cuando Violeta caminaba por el bosque, llevando comida y medicamentos a la familia del guardabosque porque uno de sus pequeños hijos estaba muy enfermo, se topó con una lechuza que al principio le causó un poco de miedo, ya que mirándola fijamente le dijo: "'¡Ay, mi dulce princesa! Debes cuidarte y nunca perder de vista la cabaña a donde te diriges, pues si llegaras a perderte, este bosque es tan espeso que te sería muy difícil salir de él".

Violeta la escuchó con mucha atención y cuando la lechuza levantó vuelo, sin olvidar su consejo, siguió presurosa por el sendero del bosque, sin perder de vista la cabaña del guardabosque. Pero, de repente, ¡qué susto!, escuchó un galope lejano y en un abrir y cerrar de ojos tuvo delante de sí a un hermoso y brioso caballo blanco.

Ella, recordando el consejo de la lechuza, siguió su camino sin detenerse, pero el caballo se interpuso. En ese momento, ella hizo gala de su poderío y le ordenó que la dejara pasar, porque debía llegar lo antes posible a la cabaña del guardabosque con sus remedios y comida para el hijito enfermo. Entonces el caballo montó a la princesa en sus ancas y la llevó raudo a la cabaña.

Ella, en agradecimiento, le acarició el lomo y le dio un beso en el hocico y ¡oh, sorpresa!, el caballo se transformó en un apuesto soldado ante el cual la princesa cayó rendida de amor. Ya no tuvo dudas de quien sería su compañero cuando el rey, su padre, muriese y ella tuviera que gobernar el reino de Fin de la Tierra.

Adriana Queipo

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