jueves, 10 de noviembre de 2011

Vacaciones en el campo, de Carlos Rey García


Un compañero de facultad me invitó a pasarlas en la estancia de sus padres. Me sentí muy contento porque nunca había estado en el campo y mucho menos treinta días seguidos, estaba contentísimo.

Mi amigo Alberto me anticipó que la vida en el campo no es como la ciudad, hay que levantarse temprano, comer a horas extrañas para los que no somos del campo y además comidas, salvo el asado que no estamos acostumbrados.

No me importó mucho. Para mi era una novedad y una gran aventura. Llegamos a la estancia en un carro tirado por caballos en un camino de tierra hecho bola porque habia llovido y estaba todo poceado que nos hacía saltar cada tres minutos, moraleja llegué con la cola dolorida.

Una vez en la estancia, todos los peones y la madraza, que era la que daba las órdenes y organizaba todas las tareas y cosas de la estancia nos recibieron muy bien y con mucho cariño ya que lo querían mucho a Alberto.

Nos llevaron a la habitación que ya estaba preparada. Me extrañó una gran palangana de porcelana con una jarra haciendo juego (como las veo en la plaza de los domingos en la feria de San Telmo, en la Plaza Dorrego).

-Alberto ¿para qué sirve esto?
-Para lavarse la cara la cara y los dientes cuando nos levantamos de dormir y antes de tomar el desayuno.
-¿No hay baño?
-Si, pero se va después del desayuno.

Bueno, me aguanté hasta después del mate cocido con tortas fritas (que a esa hora no me apetecieron) Era las seis de la mañana y yo estaba muerto de sueño que casi no podía tenerme en pie, parecía borracho. Después del desayuno me fui al baño y me di una ducha, me afeité y me peiné. Tardé como una hora y me golpearon la puerta porque los demás estaban haciendo fila para entrar.

A las once de la mañana nos llamaron para una picada que consistía en un asado para un regimiento.

-Alberto ¿tan temprano almorzamos?
-No, esto es la colación del medio día. El almuerzo es a la una de la tarde.

Me quedé muy intrigado y casi no comí porque todavía tenia el desayuno sin digerir, claro que los peones y los que trabajaban a esa hora estaban muertos de hambre.

A la una de la tarde en punto se escuchó una campana. Alberto me dijo que era el aviso de ir a almorzar. La comida era locro con unos panes que no me acuerdo de qué eran.

-Están hechos especialmente por mi para vos –dijo la madraza. Así que no me quedó más remedio que comerlos (no me gustaron pero nobleza obliga). Después del almuerzo la madraza nos dijo:

-Bueno, tienen que ir a dormir la siesta para hacer la digestión.
-Si me voy a dormir con tanta comida encima me va a hacer mal –protesté.
-No te preocupes –respondió ella- si te sentís mal te doy un té de yuyos y te tiro del cuerito y quedás como nuevo. Así que ¡a dormir!

Me acosté y me quedé dormido pero a las cuatro de la tarde, cuando nos despertaron para la otra merienda (que esta vez eran cosas dulces) me sentía muy mal del estómago. Se lo comenté a la madraza y dio un té asqueroso y me hizo ver las estrellas tirándome del cuerito. Cuando terminó me dice: “Ahora descansá quince minutos para tomar la merienda”.

Me acosté y me quedé inmediatamente dormido. Cuando me despertaron estaba con un hambre terrible y me comí todo. Después nos fuimos a pasear a caballo por la estancia. Cuando volvimos ya estaba la cena lista, por supuesto asado. Casi ni comí porque estaba tan cansado que no daba más, me dormía parado, pedí permiso para retirarme sin comer y escuché que la madraza le cuchicheaba a Alberto: “Qué flojos son los de la ciudad, pero en un mes lo sacamos bueno”.

Pasó el mes, sufriendo todos los días pero de a poco menos. Cuando llegué a la Capital me dije: “jamás vuelvo a pasar mis vacaciones en el campo”.

En realidad, no estuvo tan mal, pero me gustaría ir a un campo con más comodidades y sin nadie que me mandonee. La verdad es que me quejo pero la experiencia me sirvió de mucho, a tal punto que si me vuelven a invitar voy a ir con todo gusto pero un poco más preparado con las cosas que voy a llevar y cómo manejarme con la comida y los horarios. Uno aprende.

Empezar de nuevo, de Hilda Menzel


-¡Hola! ¿Cómo estás?- Adela escuchó indiferente la voz a través del hilo del teléfono.
-Bien- contestó con un tono de desgano- ¿Alguna novedad?
-No ¡Ah! Marcos tiene un diente flojo y está entre preocupado y ansioso por lo del Ratón Pérez, sabés……

No le prestó atención a lo que siguió hablando su hija Clara, su pensamiento viajaba, esperaba que en cualquier momento surgiera el comentario que ella no quería responder. Sentía como si el estómago se le cerraba, entonces…
-Mirá, está sonando el timbre de la puerta, si querés más tarde la seguimos, un beso- y cortó.

Respiró aliviada, “estaré tranquila –pensó- hasta después del mediodía en que llamará Eduardo”, su único hijo varón y su mimado según sus hijas. Desde la oficina, en la hora del almuerzo, era infaltable su presencia telefónica. Seguramente, después de algunos cometarios cotidianos y en son de broma, le haría la misma insinuación.

No quería discutir con ellos y decirles que se metieran en sus asuntos por esos callaba.

Ese lunes amaneció con algo de rebeldía y mucho de hastío y dispuesta a cambiar la rutina... Debo cambiar, se decía, pero ¿cómo? Pensar por mí misma, algo que no había hecho en años. ¿Repasar su vida anterior? No es que estaba desconforme con su vida anterior, mas era tiempo de dedicarse a ella.

Hacía ocho meses que había enviudado, su viejo murió repentinamente, en una semana partió para el más allá y, luego de casi cuarenta años de compartir las vicisitudes de una vida juntos, la dejó sola “sola en ese enorme caserón” como repetía su hija Clara. No quería acordarse lo que seguía después. En temas cotidianos como las compras de almacén, las ropas, las enfermedades de los chicos, sus cumpleaños, los actos escolares, ella era la que tomaba la decisión. Pero cuando las decisiones eran más cruciales sobre la facultad o el trabajo de los hijos o el lugar donde irían de vacaciones o inclusive la adquisición de un simple electrodoméstico como el lavarropas o el televisor, ahí tallaba su marido; ella era sólo un testigo invisible.

Y ahora también querían repetir la situación, solamente que esta vez la apremiaban los hijos, más bien Clara, que legó el carácter de su padre.

Cuando ocurrió el desenlace de Juanjo, Laurita su hija menor, “la bióloga” como la llaman sus hermanos y que vive en el sur, estuvo acompañándola cerca de diez días. Fueron juntas a realizar trámites, le hizo ciertas indicaciones sobre los pagos de facturas “Siempre ocurrente y servicial mi Laurita. Después debió retornar a su trabajo y me insistió que pasara unos días en las costas patagónicas le prometí que lo haría mas adelante”. Quería reponerse y ver cómo emprendería este nuevo camino y qué le ofrecía el destino. También sus otros hijos la invitaron a sus hogares a pasar unos días con sus nietos, no sabe si por obligación o de corazón, pero sintió que debía afrontar los hechos desde el principio y resolverlos por si misma..

Cierto es que de noche era cuando más extrañaba el calor de otro cuerpo, daba vueltas en la cama, sentía ruidos, se levantaba miraba hacia fuera todo en silencio, volvía acostarse y a pensar con temor por un futuro incierto.

Durante el día, cuántas veces se dio vuelta creyendo escuchar el runrún de las zapatillas y le costó lágrimas retirar del placard las ropas y zapatos de su marido: es mejor así, le decían sus hijos y hasta su nuera opinaba. Algunas prendas la llevaron Eduardo y su yerno otras las regalaron o donaron ni sabe adónde. Ella guardó algunas cosas como una bufanda y cierta campera que quizás usaría, su colonia preferida y sus queridas herramientas.

Aprendió a pagar los impuestos y las facturas de servicios. Había iniciado los trámites para la pensión que demoraría algunos meses, pero como contaba con ahorros en una cuenta compartida y que hasta ese entonces desconocía, no necesitaba del dinero que le ofrecieron sus hijos para subsistir.

Cómo seguir, cómo cambiar meditaba. Debo salir, no estar en casa todo el día. Se bañó, se vistió y arregló el cabello, debería cortarlo un poco ¿y ahora? ¡Al shopping! -casi gritó- siempre había ido de apuro a comprar algún regalo. “Tal vez encuentre algo para mí y comeré en alguno de sus barcitos”- murmuró en voz baja.

Salió decidida y casi contenta. Quedaba a cierta distancia y fue hasta la parada del colectivo. Cuando arribo miró detenidamente las vidrieras, tranquilamente, como si fuera la primera vez que las visitaba. Comparó precios, sintió apetito. Luego de escudriñar lo que ofrecían se inclinó por un tostado y una gaseosa. Más tarde pensaría en el postre.

Se sentó en una esquina como para observar a su alrededor. En una mesa cercana tres mujeres conversaban animadamente. Eran más o menos de su edad, muy arregladas y joviales –pensó- hará mucho que se conocen. Ella carecía de amigas, las fue perdiendo en el trascurso de la vida, sintió como esa falta de afecto.

Las miraba tan insistentemente que llegaron a notarlo y a fijarse en ella. Roja de vergüenza, bajó los ojos engulló lo que quedaba del emparedado, esperó unos minutos y se alejó.

Recordó entonces algunas conversaciones de vecinos que antes no había prestado atención sobre centros de jubilados que se crearon en el barrio. “En esos lugares puede que conozca a personas con las que pueda relacionarme o realizar alguna actividad o simplemente conversar y pasar un buen rato”, suspiró.

Así que el regreso a casa lo efectuó caminando, tratando de descubrir a su paso alguno de estos clubes. Tan absorta estaba observando las fachadas de los edificios que se sobresaltó cuando una vecina la detuvo para saludarla.

-Pero mirá que estás distraída.
-Perdoná, lo que pasa…-dudó en contarle, pero se animó- lo que para es que estaba buscando un centro de jubilados, viste para ir alguna tarde….-la otra no la dejo terminar.
-Adelita me parece no bien, requetebién. yo no voy por que sabés que mi viejo no anda bien y no puedo dejarlo solo, pero mi amiga Elvira va a uno que queda en la calle……al 200 y Luisa va a yoga a otro que queda más lejos pero me parece mejor en la calle…..podés ir a averiguar a uno de esos dos pero debe haber más y si me entero te lo cuento…
-Gracias –musitó apenas. Su vecina había hablado de un tirón.
-Te dejo por que al viejo no puedo dejarlo tanto tiempo solo –repitió- cualquier novedad
te lo comunico- volvió a insistir.
- Gracias.

Se besaron y cada una siguió su rumbo.Estaba tan cansada por su travesía que se marchó para la casa –mañana será otro día- meditó. Apenas abrió la puerta escuchó el teléfono: su hijo.

-¡Mamá! ¿Dónde estabas? ¿Te pasó algo?
-Pero no, Eduardo, el día estaba lindo y salí a caminar…
- Ah, gracias a Dios, me preocupé cuando no atendiste el teléfono al mediodía. Me parece bien que salgas.

Se despidieron y estaba tan rendida por su aventura que pensaba que esa noche dormiría como un bebé.

Ocupó varias tardes en busca de espacios dedicados a la llamada “tercera edad”, no descubrió nada que la satisficiera. Hasta visitó clubes de barrio: en la mayoría los “veteranos” distraían su tiempo con los naipes.o pegándole a las bochas. La decepción la embargaba.

A la contrariedad de falta de propuestas se sumaba la requisitoria de sus hijos, que notaban en ella un cambio de humor. La irritación era tal que hasta dejó de atender el teléfono.

Después de más de dos semanas de una búsqueda infructuosa retornó un lunes al shopping: ¿un impulso, una esperanza, una premonición?

Como la vez anterior recorrió las vidrieras y volvió a sentarse para comer en el mismo rincón. Cabizbaja degustaba el almuerzo cuando sus oídos recibieron unas voces conocidas. Levantó la vista pero instintivamente, recordando el mal momento pasado, se paralizó. Cual no sería su sorpresa cuando escuchó que le decían:

-Disculpe, ¿está sola?¿No le gustaría compartir nuestra mesa?

Un rayo no le hubiera impactado tanto como esa pregunta, tardó unos segundos para recomponerse y contestar.

-Claro, con mucho gusto aunque no quisiera molestarlas.
-Al contrario, serás bienvenida a nuestra cofradía –le dijo sonriendo la desconocida. A nuestra edad lo mejor es compartir y pasar buenos momentos en compañía.

Se unió a la rueda, se presentaron, se presentó. Le contaron que cada lunes se encontraban para comer antes de ir a la reunión de las ”Viudas Alegres” como se hacían llamar. Este clan, formados por mujeres no todas de esa condición, eran parte de un grupo, donde no faltaban los hombres, que con casi iguales intereses tenía un lugar para divertirse, colaborar entre todos cuando es necesario, ahuyentar sinsabores, olvidarse de inhibiciones, en fin disfrutar de la vida.

Embelesada Adela devoraba cada palabra: sus ojos brillaban, un bienestar la envolvía tenuemente. Por supuesto fue con ellas hasta la agrupación,. se informó de las diversas actividades, le entregaron folletos para consultar y radiante regreso al hogar. Un panorama halagüeño se le presentaba. Pasaron varias jornadas y cautelosamente se fue integrando e incorporando en algún curso.

No le contó inmediatamente las novedades a Clara, se lo refirió sin darle mayor trascendencia. Sintió que la había. desconcertado y apenas la felicitó. Estaba convencida de que al instante fue con el “chisme” a Eduardo. Este, por el contrario, se mostró gozoso con las nuevas.

Las citas de los lunes eran inexcusables, las charlas fueron más íntimas, las dudas puestas sobre la mesa, las opiniones respetadas. No se aconsejaban, se amparaban, se consolaban. Un psicoanalista habría aprendido mucho en estas pláticas.

Por fin, Adela se sintió dispuesta para contar a sus amigas el desvelo que la perturbaba:

-Como saben vivo sola en una casa grande, mis hijos se preocupan por mi seguridad y me seducen para que en uno de los cuartos disponibles venga a vivir un primo Alberto que también está solo. Repartiríamos además los gastos…..en fin yo vengo postergando la respuesta.

Sus compañeras se miraron y sonrieron cómplices.

-Mirá la resolución la tenés que tomar vos, sabés que no damos consejos pero tenés varias soluciones al conflicto. Podés vender la casa y mudarte en un lugar más acorde a tu actual situación, seguir viviendo como hasta ahora o aceptar la propuesta de tus hijos.

-Hacé una lista con los pro y contra de cada caso y luego concienzudamente y sin premura lo resolvés.
-Sabés que en el Centro contamos con un par de abogados para cualquier consulta o duda que tengas.

-Todas hemos pasado por cuestiones similares, no te abrumes, pensalo detenidamente y tratá de definirlo en perspectiva. Es todo lo que te podemos decir-. Y concluyeron con un ¡buena. suerte, amiga!

La conversación derivó hacia otros temas, Adela dejó a un lado su preocupación y pasado un buen rato se despidieron hasta el próximo encuentro.

Caminando con paso firme Adela volvía al hogar, alivianada el alma como si una carga que pesaba sobre sus hombros hubiera quedado atrás. Una sonrisa iluminaba su rostro. A cada paso sus temores se fueron disipando, la decisión no sería sencilla, evaluaría las distintas opciones y luego resolvería la más conveniente.

Tenía la certeza de que ella era la única responsable de su proceder y de la dirección de su vida. Lo primero que haría al cruzar la puerta de su casa sería escribir un cartelito para recordar en todo momento, que diría: USTED ES LA UNICA DUEÑA DE SU DESTINO. Y volvió a sonreír.

Más allá de la guerra, de Estela Ríos


1920. En Wadowiche, un pueblo de Polonia, habitaban tres niños, dos varones y una mujer, que por el correr de la vida en esta tierra sellarían una amistad hasta el fin de sus días.

Aldona, Karol y Vladimiro compartieron una niñez llena de juegos y sueños que fueron concretando a medida que la adolescencia fluía en sus venas.

El gusto por la lectura, el juego de ajedrez, esquiar en los inviernos, hacer representaciones teatrales, eran actividades cotidianas en estos jóvenes deseosos por superarse día a día y concretar cada uno el sueño de alcanzar la carrera deseada.

Ya culminados los estudios, Aldona obtiene el título de profesora en letras y Vladimiro recibe su deseado diploma de abogado, mientras que Karol continúa estudiando en la Universidad Jagellónica de Cracovia.

Nace el amor en la época estudiantil entre Aldona y Vladimiro, sentimiento que culmina en matrimonio en 1939. La felicidad para compartir la hermosa casita que con tanto amor habían armado duraría poco.

1939. La ocupación alemana de Polonia fue excepcionalmente brutal. Los nazis consideraban a los polacos seres racialmente inferiores.
Luego de la campaña militar, los alemanes instalaron una campaña de terror. La policía fusiló a miles de polacos y requirió que todos los hombres hicieran trabajos forzados.

El joven Karol tuvo que trabajar en una cantera y luego en la fábrica química Solvay, para ganarse la vida y evitar que lo deportaran a Alemania. Fichado por la GESTAPO se refugió en una buhardilla de Cracovia. Para época, se unió al grupo de un célebre actor, creador del Teatro Rapsódico, con el cual interpretó papeles de contenido patriótico.

Durante la ocupación, cultivó especialmente la cultura y las amistades, en el contexto del grupo Unía, formado por jóvenes católicos que pretendían resistir, tanto de forma pacífica como de acción. Posteriormente, su situación se complicó y debió refugiarse en los subterráneos del arzobispado de Cracovia.

1940. Importante para su crecimiento espiritual fue la persona de un sastre, Jan Tyranowski, quien le dio a leer a San Juan de la Cruz. Tyranowski reunía a un grupo de jóvenes con los que compartían la oración y el recogimiento. Esta práctica cotidiana lo lleva a tomar la decisión de ingresar al seminario y comenzar la carrera de teología que lo llevaría mas tarde a transformarse en sacerdote.

Aldona y Vladimiro debieron abandonar su flamante hogar pudiéndose llevar consigo tan solo una pequeña valija, donde guardaron las bellas fotos de su casamiento, retratos de sus padres y pequeños objetos que recordaban su paso por ese hermoso pueblo hoy cubierto de horror.

En el mes de mayo, las autoridades de la ocupación alemana lanzaron AB-Aktion, un plan para eliminar la intelectualidad polaca y el liderazgo. El objetivo era matar a los cabecillas con gran rapidez, metiendo miedo en la población y disuadiendo la resistencia.
Los nazis fusilaron a miles de maestros, curas y otros intelectuales en matanzas masivas en y cerca de Varsovia, especialmente en la prisión Pawiak, mandaron a miles más a campos de concentración de Auschwitz, Stuthof, y a otros ubicados en Alemania donde polacos no judíos constituían mayoría de los prisioneros hasta marzo de 1942.

Entre 1939 y 1945, por lo menos 1,5 millones de ciudadanos polacos fueron deportados al territorio alemán para hacer trabajos forzados. Cientos de miles fueron encarcelados. Aproximadamente 50.000 niños polacos fueron llevados de sus familias, transferidos al Reich, y sujetos a las políticas de “alemanización”.

Aldona y Vladimiro fueron separados. Un último beso llevó consigo el inmenso amor que existía entre ellos y la esperanza de un reencuentro que sólo la vida sabría cuando.
Él fue llevado para trabajar como traductor de inglés, ya que sus conocimientos del idioma le dieron ese aparente privilegio que no lo protegió de las torturas y los castigos.
Aldona fue deambulando con otros grupos viajando interminables horas en camiones, que simulaban ser de la Cruz Roja pero transportaban mujeres y niños a campos de concentración.
Fueron días, semanas, meses, años de sufrimientos personales y compartidos, de ver aberraciones y partidas definitivas de compatriotas inocentes.

¿Que unía a estos tres seres en la realidad monstruosa que compartían?
La fe, ese misterio interior que hizo de Karol el siervo más fiel de Cristo y lo transformó con el correr de los años en el pastor de la grey católica.

Aldona y Vladimiro, tan alejados físicamente pero tan unidos por su amor y la esperanza de un reencuentro, compartían el rezo del rosario, a escondidas de los nazis, armando grupos de oración.

En las oscuras y frías noches, sacaban de los panes que miserablemente les entregaban pequeñas miguitas, con las cuales formaban las cuentas, ese era el ofrecimiento: quedarse con hambre pero ver en esas cuentas la luz divina de la esperanza en el fin de la guerra y en la ansiada libertad.

Un gobierno polaco en el exilio dirigido por Wladyslaw Sikorski fue establecido en Londres. Era representado por la resistencia “Delegatura”, cuya función primaria era coordinar las actividades del Ejército Doméstico Polaco (Armia Krajowa). La resistencia organizó un levantamiento violento masivo contra los alemanes en Varsovia en agosto de 1944. La revuelta duró dos meses pero fue eventualmente aplastado por los alemanes. Más de 200.000 polacos murieron en el levantamiento. La liberación llegaría meses mas tarde en 1945 la Segunda Guerra Mundial había culminado, para dar lugar a la posguerra.
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Karol Wojtyła culmina en Italia los estudios de teología y regresa a Polonia para continuar con su carrera sacerdotal hasta el año 1979 en que es elegido como sucesor de San Pedro.

Vladimiro comienza en Inglaterra una carrera política dentro de la embajada. Aldona, en Italia, comparte con compatriotas la dura lucha por la nueva vida.
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1947. Cierto día, por un amigo en común que la vida llevó a Inglaterra, Vladimiro conoce el paradero de su esposa. Con el corazón palpitante va en su búsqueda y en Roma se produce el ansiado reencuentro.

Se miraron profundamente a los ojos, un abrazo interminable selló el momento, iluminado por las estrellas que resplandecían en el cielo romano.

No hubo palabras, sólo caricias, y así entrelazaron sus cuerpos en una noche mágica que trajo un despertar con un juramento: no volverían a separarse y en ese renovado beso unieron sus vidas.

1948. Volver a empezar, dejando atrás su tierra, sus sueños inconclusos, pero con todas las ansias de encontrar la paz para compartir la vida. Así llegaron a Argentina, se ubicaron en Ranelagh, una localidad situada al sur de la ciudad de Buenos Aires.

Compraron un hermoso terreno y Vladimiro empezó a construir con sus propias manos el hogar que los cobijaría. Ella comenzó a practicar el idioma, que desconocía, no así Vladimiro que tenia una facilidad especial para aprenderlos.
El tiempo hizo lo restante.

Comenzaron a trabajar como representantes de una casa de venta de lámparas y él traducía en sus ratos libres escritos al inglés.

Así fue transcurriendo la vida, rodeada de amigos y destacados por ser ejemplo de vida ante la adversidad, ya que la guerra no los había destruido, sino los había fortalecido para volver a empezar.

1982. El amado amigo llega a la Argentina y ellos entre la multitud soltaron lágrimas y agitaron sus pañuelos para abrazar a la distancia al compañero entrañable de la niñez y adolescencia.

Pero la vida les depararía un encuentro sorprendente, en la segunda venida de Juan Pablo ll a la Argentina. El Papa se reúne con distintas colectividades y, por supuesto con su amada colectividad polaca. Allí van Aldona y Vladimiro a formar la fila, con su ubicación en la mano.

¿Destino? ¿Obra de Dios? La fila dirigida por un acomodador es desviada en el momento que debían entrar y son ubicados en unas plateas que daban al pasillo por donde debía entrar el Papa.

Llega el momento tan ansiado. El Papa hace su entrada triunfal ante la emoción de la multitud. Pasa por al lado de los asientos donde estaban Aldona y Vladimiro, entré sollozos ellos gritan ¡Wadowiche! ¡Wadoviche! El Papa se detiene, gira su cabeza y se encuentra con sus dos entrañables amigos. Por un segundo se frena el tiempo: Karol Wojtyla se desprende de su envestidura papal. Los abraza, llora con ellos y apoyando su mano en el corazón, les demuestra con ese gesto, que siempre han estado juntos, a pesar de los silencios y penurias provocadas por la guerra.

Estaba todo dicho. Más allá de las lágrimas, Dios había regalado a estos tres amigos el intenso momento del reencuentro que quedaría guardado en sus memorias y corazón por el resto de sus vidas

Romance moro, de Adelina Canutti (Segundo premio)


Atardece sobre el calor crepitante de la Sierra Nevada, al sur de las nacientes aguas del Río Guadalquivir. Entre piedras y rocas, el camino lleva hacia una gran cueva.
Al entrar el dorado del sol crea sombras marrones y azules, dibujando contornos ríspidos en la roca viva. Aquí dentro se está fresco. Suaves sedas amarillas y verdes sobre los costados y el techo dan sensación de volatilidad y expansión a los muros. El pedregullo del suelo luce apisonado.

En el fondo, una mujer vestida de rojo, con liviana tela yuxtapuesta de faldón y camisola con un largo cordón rodeándole la cintura. Sus abundantes cabellos negros están sueltos, la piel es ambarina y sedosa. De cuerpo alargado, piernas esbeltas y pies pequeños. Brazos fuertes, manos para el arrumaco. Está acuclillada sobre un tapiz de seda con ornamentados diseños coloridos, en su centro un blasón bordado en plata y oro.

A su espalda un taburete con forma de estrella tallado en madera repujada y vidrios esmaltados. Del techo cuelga una lámpara broncínea, esculpida en barniz vítreo.
Sostiene en su mano derecha un vaso de cristal y plata.

En el cordón arrollado lleva calzado un puñal de puño simple y afilada hoja curva que perteneció a Abdalá-El Zagal, el rey árabe de Granada derrocado por su hijo Adbalá-Ibn Dalkin. La mujer desciende de la mudéjar, una civilización arábigo-cristiana de la alta Edad Media. Zahara es su nombre.

La lámpara expande aromas de aceites perfumados. Sobre los tapices del suelo grandes almohadones bordados. Rojo, fucsia, dorado, azul, colores del arco iris. Dos platos de cerámica con una flor lineal esculpida, un par de vasos similares al que ella sostiene en la mano, servicio de plata. Además del aroma del aceite se huelen especias dulces y picantes, azafrán, clavo, comino, pimienta, nuez moscada. Zahara espera a su hombre, Hassan.

Sobre un almohadón una pipa con boquilla de espuma de mar, larga y cincelada con arabescos y un pequeño hornillo en su extremo, donde la mujer, con paciencia artesana digna alumna de Vulcano, coloca el tabaco en hebras picado finamente con sus largos dedos, preparado en forma tal que resulte suave y aromático al aspirarlo y expirarlo. La pipa está cargada y aguardando a su dueño, al igual que la tabaquera que llevará en el bolsillo de su camisa.

A su lado se apoya un instrumento redondo y rústico, el pandero. Aquí también sus dedos acariciando y resbalando sobre la piel estirada y las sonajas, creará un sonido musical afrodisíaco, sensual, que incentivará los sentidos de la pareja enamorada.
Una botella de cerámica de reflejos metálicos adorna el centro del tapete que oficia de mesa, donde duerme el vino, que despertarán al beberlo.

Se escucha el galopar ansioso de un potro. Frenan los cascos y las botas poderosas sobre un cuerpo erguido asoman a la frescura anochecida. Zahara corre con los brazos abiertos a recibirlo.

Sus bocas se unen en un beso saboreado al máximo. Sus manos reconocen telas y curvas. Sus narices olisquean aromas anhelados durante muchos días. Muy juntos, cadera contra cadera, abrazados sin querer soltarse van hacia la mesa servida. Pero él y ella ansían otro sustento, otra degustación más primitiva, instinto puro animal.

Ella, arrodillada ante el taburete donde se ha sentado él, le retira las botas.
Él la ayuda quitándose la capa, la blusa, las babuchas, deja sus cabellos libres del apretado turbante. Su piel aceitunada brilla joven. Ella trae en sus manos una arquilla gótica de terciopelo grana y hierro forjado, donde guarda los aceites que harán vibrar de placer a Hassan.

Ha oscurecido ya y sólo la lámpara quieta ilumina tenuemente la escena de amor y sumisión. Ambos se masajean mutuamente con manos ardientes, haciendo lo posible por prolongar ese martirio exquisito del desear y no entregar, hasta que la naturaleza sabia los libera en un grito. Yacen uno sobre el otro disfrutando la paz siguiente al deseo consumado.

Sólo a medio vestir comienzan el ritual de la cena. Ella le lava el rostro y las manos con agua fresca de un cuenco vidriado. Le alcanza una tela sedada para secarse. Zahara procede consigo misma de igual manera. La pieza de caza, embebida en especies y salsas olorosas, es masticada lentamente, mirándose a los ojos, renegridos y ardientes de deseo contenido de él; fulgurantes y amarillos como los de una gata en celo los de ella.

Beben un vino rubí como la sangre, dulce y provocador, taninos densos, robustos, persistentes. Aromado con pimientos verdes y notas de pimienta negra, frutas rojas maduras. Se sube al cerebro y a los sentidos.
Cuando terminan, Zahara lleva todo a un rincón, donde quedará.
Ambos salen de la cueva y se sientan a reposar en una piedra plana. Comienza a enfriar la noche. Ella ha traído suaves sedas grises y negras para acurrucarse entre sus pliegues. De un cofrecillo de marfil y cristal van tomando dátiles dulces y acaramelados que se pasan el uno al otro, en las bocas.

El olor de los cármenes, esas casas de campo con grandes jardines y huertos, extendidos al pie de la sierra donde se encuentran, les marea envolviéndolos en sus mágicos perfumes de pasto, jazmín y durazno. Se mueve la espesura con el suave viento; se escucha lejano el jugueteo del agua en un arroyuelo. Nubes en el cielo negro tapan de a ratos la luna blanca y sonriente para los apasionados mozos.
El muchacho fuma soñador en su pipa. La muchacha toca lúdica en su pandero.
Hassan, mañana, volverá a la guerra.

Pero esta noche quiere poseer y disfrutar de su mujer. Sin dolor, sin sangre, sin alaridos, sin armas, sin muertes en su conciencia. Se entrelazan los cuerpos jóvenes, gritan a la noche su delirio con la esperanza de volver a unirse en otro día pleno de aromas, sedas, aceites, vino, manjares, tabaco, música. Duermen su cansancio pleno de bocas hinchadas por tantos besos, pieles afiebradas por tanto roce, corazones agitados por tanto ardor.

Hassan parte al día siguiente, como un oficial más de su combativo ejército moro.
Él cree que pronto habrá una batalla final ya que Granada, el reino de Boabdil el Zogoibi, se encuentra sitiado. Años ha, el Rey Católico Fernando de Aragón, después de haberle iniciado una gran guerra por la posesión de las tierras granadinas, le hizo prisionero y obligó a someterse a la promesa del vasallaje a cambio de su libertad y mando del Reino.

Sin embargo, El Infortunado, como sus súbditos le llaman, ha iniciado otro ataque sin cuartel para ambos bandos, católicos y musulmanes. Lejos están aquellos tiempos del Gran Califato de Córdoba.

Zahara quedará esperándole, como todos los atardeceres. Con su puñal presto en la cintura, rutilante y filoso, que la unirá a él por siempre, junto a Alá y Mahoma, si el hombre no puede retornar del maldito campo de batalla.

Transcurren dos meses y otro atardecer la encuentra volviendo del arroyo con un cuenco de porcelana sobre su testa. Escucha el andar ansioso de un potro, apoya la vasija sobre una roca, y se apresta a abrir los brazos para recibir a su amante.
Sofrena el animal, cae el moro a tierra, vuelve su frente hacia ella, los ojos vidriosos de muerte y la sonrisa desalada.

Zahara corre, le alza por los hombros, une su boca palpitante sobre los labios helados de él, y presiente el alma que poco a poco se va, camino del Mulhacén.
Ibn Dalkin, a pesar de haber jurado defender hasta morir a Granada, el último bastión moruno, la ha entregado a Los Reyes Católicos. Ordenaron su destierro al África.
Queda Zahara allí, con Hassan muerto sobre su pecho.

Mira al cielo en reclamo arisco, toda su sangre crispada. Desliza de su cintura el curvo puñal del antiguo Rey. Lo levanta con odio. Va a clavarlo en su corazón. Pero al igual que el último Rey Moro desiste. No puede seguir batallando. Lleva dentro de sí dos sangres candentes unidas que quizá, algún día, repare lo que tantos hombres no lograron.

domingo, 6 de noviembre de 2011


Como corolario de este año de trabajo, organizamos un concurso de cuentos. Hubo de todo: romances, crímenes, mundos imaginarios, historias reales. El criterio de selección fue simple: originalidad en el tema y estilo. Claro que este criterio es subjetivo, por lo que el fallo es completamente cuestionable.
A partir de hoy, se irán publicando las obras presentadas en este blog y se invita a los lectores a opinar sobre las mismas, como forma de completar el trabajo realizado por los autores. ¡A sacar afuera el crítico que todos llevamos dentro!

El Fuego, de Germán Duque (Primer Premio)


La noche es amplia y ligera. El paisaje, silencioso y dolorosamente desolado.
En su casilla de madera, ubicada en la localidad de Magdalena, provincia de
Buenos Aires, y cuyo frente da a las orillas del Río de la Plata, José Ignacio
Arzubialde; un hombre taciturno y solitario, de tez blanca, delgado, alto y nariz
afilada, hombros en forma de trapecio, cabellera tupida y blanca (al igual que su marchitada barba), mientras duerme, sueña.

Al despertar, narra su dictamen inconsciente: “Estoy parado en un punto del espacio. A la distancia observo la nada con perplejidad. Una sensación de infinito me posee y se retuerce entre los hierros. Cipreses en llamas. Miro fijo, absorto. Creo que me dirijo hacia un punto del infinito, hacia esa nada con una hondísima expresión. Abstraído de todo aquello real, visible y palpable. Sin embargo, busco algo, no es tangible, más
bien corresponde a lo que pareciera un severo mandato espiritual. Busco un cielo limpio y puro a pesar que se está quemando, o quizá por eso mismo. Busco lo que no existe, Lo Absoluto.”.

Al terminar su relato son las ocho de la mañana. Es verano, y a pesar de la fresca brisa que le otorga el Gran Río, Arzubialde, luego de transcribir el sueño, siente una opresión en el pecho, como si le hubiesen clavado un puñal dorado. Ensimismado, recurre a caminar por las costas. El mirar la inmensidad del agua le hace bien. A lo lejos, con el resplandeciente reflejo del sol sobre el agua color de león, transformándolas en un tornasolado color plata, ve a unos pescadores, de quienes le llamo la atención la laboriosidad y la fortaleza física que demanda ese trabajo, sumado a la paciencia que la actividad requiere.

“Dos puntos opuestos que se deben unir a un mismo compás, para una misma
misión”, -resumió en sus pensamientos. Los esperó, esperó a que terminaran
su tarea y enfiló a charlar con ellos. Conversó sobre las correntadas de Río, las
crecientes, las bajantes, hizo preguntas sobre la influencia de la Luna en las
mareas y sobre cuándo es más factible pescar ciertas especies de peces. Después lo vieron alejarse, hasta que su figura desapareció en la bruma.

“…Don Arzubialde es una persona respetada, aseguran todos en el pueblo. De él se pueden aprender grandes cosas, porque es un tipo tranquilo, que mira todo y te da la precisa. No sé si habrá estudiado, o leído, pero que el tipo sabe, sabe. Es medio raro, no se lo voy a negar, muy solito se lo ve siempre, ¿vio?

Como si anduviese en algo complicado. Pero en realidad él es así, no anda en nada raro; es una persona, como decirle: contemplativa, eso es. Observa las cosas y después saca conclusiones, muy acertadas por cierto. Ah!, y escribe, le gusta escribir mucho, eso lo sé bien, aunque nunca leí nada de él. Creo que escribe lo que ve, lo que sueña y eso ¿vio?. Bueno, mucho más para decirle no tengo señor, más que aquí se lo respeta mucho y hasta se lo admira, vea”.

Extracto rescatable del testimonio fechado y redactado en el Diario El Zonal, de
Magdalena, el 28 de agosto de 1974, en virtud de la nota titulada: “Arzubialde, el hombrecito personaje de Magdalena”. Nota que se rubrico en un texto burlón por parte de un joven e inexperto periodista, sobrino del dueño del diario. Pero cuya finalidad era hacerle un homenaje, en forma de nota periodística, por parte de los vecinos, a este hombre que los lugareños aún consideran un sabio.

Días y noches enteras pasaron sin que nadie volviese a ver al ser meditabundo
y ensimismado. El calor es cada vez más insoportable, a pesar de las frescas brisas del mar abierto. En el horizonte verduzco, comienzan a apreciarse amorfas figuras negras que levitan y danzan sobre el agua: son las espesas nubes cargadas de electricidad que trae consigo el incesante viento Norte.

En esa infinitud del tiempo, de un tiempo en suspenso que trae consigo la tensa calma, el Universo pueblerino (vacío de ausencia del hombre, de su hombre e impulsados por el preludio de la tormenta), decidieron ir a echar un vistazo a la casa del, en apariencia, viejo Arzubialde.

Nadie contesta. Golpean nuevamente. De nuevo el silencio absoluto reina en la casilla. Entran con cuidado. Nadie dentro. Revisan en un silencio hermético. Llaman con voz fantasmagórica; tienen miedo que el viejo se precipite y se espante porque nadie lo visitaba nunca, Solo, siempre solo. Vuelta del silencio y el infortunado vacío los envuelve a todos. Arzubialde no está, ni siquiera en su habitación.

Alguien, entre los cacharros, encuentra un papel sucio y arrugado, como si hubiese sido apretado con fuerza en un puño. En él, escrito con letra vacilante y a la vez ansiosa, se pudo leer las siguientes, en apariencia, palabras sueltas y sin un hilo conductor: “Fugaz. Inquietante. Metafísico, Arcángel de la Muerte. Principio, inmanencia. Orden, calma y furia”.

Seguidamente, separado de todo contexto, textualmente podía leerse: “Nos fue regalado por los Dioses para refugiarnos en una cueva frente a la tempestad, así como instrumento para protegernos las espaldas unos a otros, ahuyentando a las fieras hambrientas: leones, lobos, panteras, que podrían estar a nuestro acecho, … De ÉL estamos hechos y hacia ÉL vamos, porque de ÉL es el Universo todo. Ya que a ÉL le pertenece. Así será, en un sin fin continuo y Eterno…¡Y entonces, al verlo, veremos también a nuestros rostros, nuestros rostros desencajados. Anhelantes e impávidos, inquietos y temblorosos ante esa nueva cosa; extraña, mágica y desconocida que nació de la tierra!”

Debajo, en letras pequeñísimas, la siguiente leyenda: “Sueño 367-804 calculado aproximadamente a la novena potencia”.

Pericias policíacas y caligráficas, dieron como resultado que José Ignacio
Arzubialde murió de manera fulminante segundos después que terminó el relato. Su cuerpo fue encontrado en un pajonal ubicado detrás de la casilla.

Nadie: ni la policía, ni los peritos calígrafos, ni tan siquiera sus vecinos pudieron
vislumbrar a qué se refería el texto encontrado ni tampoco significado alguno.

José Ignacio Arzubialde, el hombre taciturno y solitario viajó en ese sueño con su Alma a cientos de miles de años atrás. Viajó atravesando infinidad de vidas pasadas a velocidades descomunales. Viajó a cuando el hombre se diferenció del resto de los animales en particular y de la naturaleza en general y comenzó a hacerse dueño del mundo. José Ignacio Arzubialde, el hombre delgado, solitario, de nariz afilada, viajó en el tiempo 502.012 años a través de un sueño.

Había descubierto el Fuego y lo describió al despertar.