jueves, 10 de noviembre de 2011

Romance moro, de Adelina Canutti (Segundo premio)


Atardece sobre el calor crepitante de la Sierra Nevada, al sur de las nacientes aguas del Río Guadalquivir. Entre piedras y rocas, el camino lleva hacia una gran cueva.
Al entrar el dorado del sol crea sombras marrones y azules, dibujando contornos ríspidos en la roca viva. Aquí dentro se está fresco. Suaves sedas amarillas y verdes sobre los costados y el techo dan sensación de volatilidad y expansión a los muros. El pedregullo del suelo luce apisonado.

En el fondo, una mujer vestida de rojo, con liviana tela yuxtapuesta de faldón y camisola con un largo cordón rodeándole la cintura. Sus abundantes cabellos negros están sueltos, la piel es ambarina y sedosa. De cuerpo alargado, piernas esbeltas y pies pequeños. Brazos fuertes, manos para el arrumaco. Está acuclillada sobre un tapiz de seda con ornamentados diseños coloridos, en su centro un blasón bordado en plata y oro.

A su espalda un taburete con forma de estrella tallado en madera repujada y vidrios esmaltados. Del techo cuelga una lámpara broncínea, esculpida en barniz vítreo.
Sostiene en su mano derecha un vaso de cristal y plata.

En el cordón arrollado lleva calzado un puñal de puño simple y afilada hoja curva que perteneció a Abdalá-El Zagal, el rey árabe de Granada derrocado por su hijo Adbalá-Ibn Dalkin. La mujer desciende de la mudéjar, una civilización arábigo-cristiana de la alta Edad Media. Zahara es su nombre.

La lámpara expande aromas de aceites perfumados. Sobre los tapices del suelo grandes almohadones bordados. Rojo, fucsia, dorado, azul, colores del arco iris. Dos platos de cerámica con una flor lineal esculpida, un par de vasos similares al que ella sostiene en la mano, servicio de plata. Además del aroma del aceite se huelen especias dulces y picantes, azafrán, clavo, comino, pimienta, nuez moscada. Zahara espera a su hombre, Hassan.

Sobre un almohadón una pipa con boquilla de espuma de mar, larga y cincelada con arabescos y un pequeño hornillo en su extremo, donde la mujer, con paciencia artesana digna alumna de Vulcano, coloca el tabaco en hebras picado finamente con sus largos dedos, preparado en forma tal que resulte suave y aromático al aspirarlo y expirarlo. La pipa está cargada y aguardando a su dueño, al igual que la tabaquera que llevará en el bolsillo de su camisa.

A su lado se apoya un instrumento redondo y rústico, el pandero. Aquí también sus dedos acariciando y resbalando sobre la piel estirada y las sonajas, creará un sonido musical afrodisíaco, sensual, que incentivará los sentidos de la pareja enamorada.
Una botella de cerámica de reflejos metálicos adorna el centro del tapete que oficia de mesa, donde duerme el vino, que despertarán al beberlo.

Se escucha el galopar ansioso de un potro. Frenan los cascos y las botas poderosas sobre un cuerpo erguido asoman a la frescura anochecida. Zahara corre con los brazos abiertos a recibirlo.

Sus bocas se unen en un beso saboreado al máximo. Sus manos reconocen telas y curvas. Sus narices olisquean aromas anhelados durante muchos días. Muy juntos, cadera contra cadera, abrazados sin querer soltarse van hacia la mesa servida. Pero él y ella ansían otro sustento, otra degustación más primitiva, instinto puro animal.

Ella, arrodillada ante el taburete donde se ha sentado él, le retira las botas.
Él la ayuda quitándose la capa, la blusa, las babuchas, deja sus cabellos libres del apretado turbante. Su piel aceitunada brilla joven. Ella trae en sus manos una arquilla gótica de terciopelo grana y hierro forjado, donde guarda los aceites que harán vibrar de placer a Hassan.

Ha oscurecido ya y sólo la lámpara quieta ilumina tenuemente la escena de amor y sumisión. Ambos se masajean mutuamente con manos ardientes, haciendo lo posible por prolongar ese martirio exquisito del desear y no entregar, hasta que la naturaleza sabia los libera en un grito. Yacen uno sobre el otro disfrutando la paz siguiente al deseo consumado.

Sólo a medio vestir comienzan el ritual de la cena. Ella le lava el rostro y las manos con agua fresca de un cuenco vidriado. Le alcanza una tela sedada para secarse. Zahara procede consigo misma de igual manera. La pieza de caza, embebida en especies y salsas olorosas, es masticada lentamente, mirándose a los ojos, renegridos y ardientes de deseo contenido de él; fulgurantes y amarillos como los de una gata en celo los de ella.

Beben un vino rubí como la sangre, dulce y provocador, taninos densos, robustos, persistentes. Aromado con pimientos verdes y notas de pimienta negra, frutas rojas maduras. Se sube al cerebro y a los sentidos.
Cuando terminan, Zahara lleva todo a un rincón, donde quedará.
Ambos salen de la cueva y se sientan a reposar en una piedra plana. Comienza a enfriar la noche. Ella ha traído suaves sedas grises y negras para acurrucarse entre sus pliegues. De un cofrecillo de marfil y cristal van tomando dátiles dulces y acaramelados que se pasan el uno al otro, en las bocas.

El olor de los cármenes, esas casas de campo con grandes jardines y huertos, extendidos al pie de la sierra donde se encuentran, les marea envolviéndolos en sus mágicos perfumes de pasto, jazmín y durazno. Se mueve la espesura con el suave viento; se escucha lejano el jugueteo del agua en un arroyuelo. Nubes en el cielo negro tapan de a ratos la luna blanca y sonriente para los apasionados mozos.
El muchacho fuma soñador en su pipa. La muchacha toca lúdica en su pandero.
Hassan, mañana, volverá a la guerra.

Pero esta noche quiere poseer y disfrutar de su mujer. Sin dolor, sin sangre, sin alaridos, sin armas, sin muertes en su conciencia. Se entrelazan los cuerpos jóvenes, gritan a la noche su delirio con la esperanza de volver a unirse en otro día pleno de aromas, sedas, aceites, vino, manjares, tabaco, música. Duermen su cansancio pleno de bocas hinchadas por tantos besos, pieles afiebradas por tanto roce, corazones agitados por tanto ardor.

Hassan parte al día siguiente, como un oficial más de su combativo ejército moro.
Él cree que pronto habrá una batalla final ya que Granada, el reino de Boabdil el Zogoibi, se encuentra sitiado. Años ha, el Rey Católico Fernando de Aragón, después de haberle iniciado una gran guerra por la posesión de las tierras granadinas, le hizo prisionero y obligó a someterse a la promesa del vasallaje a cambio de su libertad y mando del Reino.

Sin embargo, El Infortunado, como sus súbditos le llaman, ha iniciado otro ataque sin cuartel para ambos bandos, católicos y musulmanes. Lejos están aquellos tiempos del Gran Califato de Córdoba.

Zahara quedará esperándole, como todos los atardeceres. Con su puñal presto en la cintura, rutilante y filoso, que la unirá a él por siempre, junto a Alá y Mahoma, si el hombre no puede retornar del maldito campo de batalla.

Transcurren dos meses y otro atardecer la encuentra volviendo del arroyo con un cuenco de porcelana sobre su testa. Escucha el andar ansioso de un potro, apoya la vasija sobre una roca, y se apresta a abrir los brazos para recibir a su amante.
Sofrena el animal, cae el moro a tierra, vuelve su frente hacia ella, los ojos vidriosos de muerte y la sonrisa desalada.

Zahara corre, le alza por los hombros, une su boca palpitante sobre los labios helados de él, y presiente el alma que poco a poco se va, camino del Mulhacén.
Ibn Dalkin, a pesar de haber jurado defender hasta morir a Granada, el último bastión moruno, la ha entregado a Los Reyes Católicos. Ordenaron su destierro al África.
Queda Zahara allí, con Hassan muerto sobre su pecho.

Mira al cielo en reclamo arisco, toda su sangre crispada. Desliza de su cintura el curvo puñal del antiguo Rey. Lo levanta con odio. Va a clavarlo en su corazón. Pero al igual que el último Rey Moro desiste. No puede seguir batallando. Lleva dentro de sí dos sangres candentes unidas que quizá, algún día, repare lo que tantos hombres no lograron.

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