jueves, 10 de noviembre de 2011

Vacaciones en el campo, de Carlos Rey García


Un compañero de facultad me invitó a pasarlas en la estancia de sus padres. Me sentí muy contento porque nunca había estado en el campo y mucho menos treinta días seguidos, estaba contentísimo.

Mi amigo Alberto me anticipó que la vida en el campo no es como la ciudad, hay que levantarse temprano, comer a horas extrañas para los que no somos del campo y además comidas, salvo el asado que no estamos acostumbrados.

No me importó mucho. Para mi era una novedad y una gran aventura. Llegamos a la estancia en un carro tirado por caballos en un camino de tierra hecho bola porque habia llovido y estaba todo poceado que nos hacía saltar cada tres minutos, moraleja llegué con la cola dolorida.

Una vez en la estancia, todos los peones y la madraza, que era la que daba las órdenes y organizaba todas las tareas y cosas de la estancia nos recibieron muy bien y con mucho cariño ya que lo querían mucho a Alberto.

Nos llevaron a la habitación que ya estaba preparada. Me extrañó una gran palangana de porcelana con una jarra haciendo juego (como las veo en la plaza de los domingos en la feria de San Telmo, en la Plaza Dorrego).

-Alberto ¿para qué sirve esto?
-Para lavarse la cara la cara y los dientes cuando nos levantamos de dormir y antes de tomar el desayuno.
-¿No hay baño?
-Si, pero se va después del desayuno.

Bueno, me aguanté hasta después del mate cocido con tortas fritas (que a esa hora no me apetecieron) Era las seis de la mañana y yo estaba muerto de sueño que casi no podía tenerme en pie, parecía borracho. Después del desayuno me fui al baño y me di una ducha, me afeité y me peiné. Tardé como una hora y me golpearon la puerta porque los demás estaban haciendo fila para entrar.

A las once de la mañana nos llamaron para una picada que consistía en un asado para un regimiento.

-Alberto ¿tan temprano almorzamos?
-No, esto es la colación del medio día. El almuerzo es a la una de la tarde.

Me quedé muy intrigado y casi no comí porque todavía tenia el desayuno sin digerir, claro que los peones y los que trabajaban a esa hora estaban muertos de hambre.

A la una de la tarde en punto se escuchó una campana. Alberto me dijo que era el aviso de ir a almorzar. La comida era locro con unos panes que no me acuerdo de qué eran.

-Están hechos especialmente por mi para vos –dijo la madraza. Así que no me quedó más remedio que comerlos (no me gustaron pero nobleza obliga). Después del almuerzo la madraza nos dijo:

-Bueno, tienen que ir a dormir la siesta para hacer la digestión.
-Si me voy a dormir con tanta comida encima me va a hacer mal –protesté.
-No te preocupes –respondió ella- si te sentís mal te doy un té de yuyos y te tiro del cuerito y quedás como nuevo. Así que ¡a dormir!

Me acosté y me quedé dormido pero a las cuatro de la tarde, cuando nos despertaron para la otra merienda (que esta vez eran cosas dulces) me sentía muy mal del estómago. Se lo comenté a la madraza y dio un té asqueroso y me hizo ver las estrellas tirándome del cuerito. Cuando terminó me dice: “Ahora descansá quince minutos para tomar la merienda”.

Me acosté y me quedé inmediatamente dormido. Cuando me despertaron estaba con un hambre terrible y me comí todo. Después nos fuimos a pasear a caballo por la estancia. Cuando volvimos ya estaba la cena lista, por supuesto asado. Casi ni comí porque estaba tan cansado que no daba más, me dormía parado, pedí permiso para retirarme sin comer y escuché que la madraza le cuchicheaba a Alberto: “Qué flojos son los de la ciudad, pero en un mes lo sacamos bueno”.

Pasó el mes, sufriendo todos los días pero de a poco menos. Cuando llegué a la Capital me dije: “jamás vuelvo a pasar mis vacaciones en el campo”.

En realidad, no estuvo tan mal, pero me gustaría ir a un campo con más comodidades y sin nadie que me mandonee. La verdad es que me quejo pero la experiencia me sirvió de mucho, a tal punto que si me vuelven a invitar voy a ir con todo gusto pero un poco más preparado con las cosas que voy a llevar y cómo manejarme con la comida y los horarios. Uno aprende.

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