domingo, 6 de mayo de 2012

Damos comienzo a la segunda edición de nuestro taller, saludando la incorporación de nuevas voces que contribuirán a la polifonía de este blog.

Estos primeros trabajos están inspirados en consignas que buscan "ablandar" el lápiz y sacudir la modorra del receso veraniego.

Juntos iremos visitando distintos universos imaginarios con el único propósito de vivir una aventura literaria. ¡Bienvenidos!

Mala fama, de Adelina Canuti

Jacinto se pasea compadrito por Balcarce. Balcarce es una calle angosta y empedrada. Para él, comienza en la cortada Giuffra y se extiende hasta el Parque Lezama. Circula tranquilo, a sabiendas que sólo debe cuidarse al cruzar las esquinas. Balcarce es su calle favorita. En realidad, él ignora que se llama así y que forma parte de un barrio llamado San Telmo.

Nació en una calla desportillada de zaguán angosto, lositas mal colocadas, piezas de puertas de madera pintura sobre pintura, cortinas sucias, mirando todas al patio, con su piletón y su cocina y baño comunes, donde los vecinos, aunque no lo deseen, tienen que lavar en comunidad su ropa, cocer su comida, hacer sus necesidades y bañarse en turnos más o menos estrictos.

Pero hay muchos niños. Jacinto es el favorito de todos ellos. Le agrada acostarse al sol cuan largo es. Cuando se le acerca alguien se deja acariciar suavemente. Alguna mano noble le acomoda un poco de carne cocida picada o quizás pescado, que es su plato favorito.

Por las noches gusta pasearse por las terrazas y las escaleras crujientes. La luna llena lo pone muy romántico y sale de ronda. Allí es cuando la vecindad pone el grito en el cielo. Mejor dicho: Jacinto y sus amigas maúllan a todo trapo no dejando a nadie dormir. En esas noches de luna llena vuelan zapatos, tachos y escobas, generando mas ruido del debido en la tranquila nocturnidad del barrio. ¡Ay, Jacinto! ¡Un día de estos te van a bajar de un escopetazo! Tu mala fama de gato engatusador va a ser tu perdición...

Y a pesar de las advertencias, Jacinto Mala Fama sigue contoneándose por esa callecita Balcarce, para alegría de los chicos y el fastidio nocturno de los mayores.

Vigilia, de Hilda Menzel

Despertó inquieto sentía que algún sueño lo había sobresaltado pero el olvido presidía ese instante cerró nuevamente los ojos se propuso continuar con el sueño poner la mente en blanco el cansancio de sus huesos lo sumergirían en lo profundo de las tinieblas... quedarse quieto la noche está rodeada de silencios nada... apenas su respiración ¿qué me rebeló del letargo? ningún recuerdo
Dio media vuelta sobre sí mismo. Ni el tictac del reloj lo acompaña ahora marcan el paso de las horas con una mudez imperturbable... los primeros días otoñales lucen un clima ideal atrás quedaron los agobios del estío el cadencioso y monótono aleteo del ventilador duerme en un rincón sólo él no puede retornar al placentero sueño... no pensar en las acuciantes obligaciones de mañana.
Deseó caer en el sopor que la bruma lo envolviera apretó fuerte los párpados para no incurrir en la tentación de mirar el reloj se angustiaría más al saber que las horas transcurren transcurren se esparcen en las sombras de la duermevela el insomnio ganando la batalla el sonido conocido de los trenes que reinician su rutina las cuatro de la mañana quedan tres horas para dormir no pensar en nada en nada dormir dormir...
Alguien lo toca suavemente, lo llama Carlos, despertate, vas a llegar tarde, no escuchaste la alarma, mirá que dormís como un tronco.
Abre los ojos, siente que algún sueño lo ha sobresaltado, pero el olvido preside ese instante...

Muerte en el jardín, de Susana Pascual

El jardín está triste
y su dueña solloza:
ya no están esas rosas
por todos admiradas
y que fueran su orgullo.
Hoy no queda más nada,
sólo tierra mojada.
El jardín está triste
y su dueña solloza:
ha pasado un tornado
y se han muerto las rosas.

Muerte en el jardín, de Hugo Caputo

Hay regalos que no son bien recibidos. Como ese cactus gris pardo que nos obsequió Nelly, la vecina de las torres. Enseguida fue motivo de discusión con Delia, mi mujer: “¿Para qué sirve un cactus? ¡Solo para pincharse al menor descuido!”-le increpé. Delia se envalentonó con mi ignorancia, y contraatacó rápido: “¡Este da flores! ¡Ves que no sabés!”Para no hacer totalmente deshonrosa mi derrota, repliqué: “¡Entonces ponelo en un rincón donde no joda!”.

Y así quedó sellado el destino final de ese antipático ser. En tres o cuatro cruces verbales más acordamos su ubicación provisoria. Fue a parar junto a la medianera, al lado de la última fila de baldosas. Como pidiendo permiso al cantero que de lástima, le regateó ese pedacito de tierra junto al patio.

Pasaron varios días, no muchos, y unos brotes prominentes comenzaron a llamar nuestra atención.“¡Ves! ¡Son pimpollos!”- me espetó triunfante mi esposa. “¡Son brazos que le salen!”-esgrimí por toda defensa.

La segunda noche tras el descubrimiento me anunció otra conyugal derrota. Cuando la penumbra se fue imponiendo sobre el atardecer del jardín, una hermosa flor blanca se abrió paso en la sombra.

“¡Cosa rara este cactus!” – pensé. “Da flores, ¡pero de noche! Recién mañana podremos verla bien.”– le dije a Delia. “Mañana será tarde” –me contestó. “Volverá a cerrase y nunca más se abrirá.”

La tristeza me invadió un instante. Entonces, busqué una linterna y enfocándola desde muy cerca, admiramos aquel capricho de la naturaleza. Pensé mezquinamente ¿qué sentido tiene la belleza sin exposición? ¿Cómo valorar un espectáculo tan efímero? Todo me resultó curiosamente extraño. Nos fuimos a la cama con la esperanza de despertar con un milagro.

Cuando el sol volvió a imponer su energía vital, el cactus gris ya había consumado su venganza, ocultando su obra de arte. A aquella flor le bastó una noche para alcanzar su plenitud. Le alcanzó un mísero rayo de luz reflejado en la luna, para enrostrarnos su gracia natural. Me pregunté ¿cuántas más cosas bellas habrá en el mundo que soy incapaz de apreciar? ¿Cuántas más cosas hermosas para descubrir?

La llegada del sol me vistió de impensado luto. Todo es cierto. Ha muerto mi flor de cactus.