jueves, 10 de noviembre de 2011

Vacaciones en el campo, de Carlos Rey García


Un compañero de facultad me invitó a pasarlas en la estancia de sus padres. Me sentí muy contento porque nunca había estado en el campo y mucho menos treinta días seguidos, estaba contentísimo.

Mi amigo Alberto me anticipó que la vida en el campo no es como la ciudad, hay que levantarse temprano, comer a horas extrañas para los que no somos del campo y además comidas, salvo el asado que no estamos acostumbrados.

No me importó mucho. Para mi era una novedad y una gran aventura. Llegamos a la estancia en un carro tirado por caballos en un camino de tierra hecho bola porque habia llovido y estaba todo poceado que nos hacía saltar cada tres minutos, moraleja llegué con la cola dolorida.

Una vez en la estancia, todos los peones y la madraza, que era la que daba las órdenes y organizaba todas las tareas y cosas de la estancia nos recibieron muy bien y con mucho cariño ya que lo querían mucho a Alberto.

Nos llevaron a la habitación que ya estaba preparada. Me extrañó una gran palangana de porcelana con una jarra haciendo juego (como las veo en la plaza de los domingos en la feria de San Telmo, en la Plaza Dorrego).

-Alberto ¿para qué sirve esto?
-Para lavarse la cara la cara y los dientes cuando nos levantamos de dormir y antes de tomar el desayuno.
-¿No hay baño?
-Si, pero se va después del desayuno.

Bueno, me aguanté hasta después del mate cocido con tortas fritas (que a esa hora no me apetecieron) Era las seis de la mañana y yo estaba muerto de sueño que casi no podía tenerme en pie, parecía borracho. Después del desayuno me fui al baño y me di una ducha, me afeité y me peiné. Tardé como una hora y me golpearon la puerta porque los demás estaban haciendo fila para entrar.

A las once de la mañana nos llamaron para una picada que consistía en un asado para un regimiento.

-Alberto ¿tan temprano almorzamos?
-No, esto es la colación del medio día. El almuerzo es a la una de la tarde.

Me quedé muy intrigado y casi no comí porque todavía tenia el desayuno sin digerir, claro que los peones y los que trabajaban a esa hora estaban muertos de hambre.

A la una de la tarde en punto se escuchó una campana. Alberto me dijo que era el aviso de ir a almorzar. La comida era locro con unos panes que no me acuerdo de qué eran.

-Están hechos especialmente por mi para vos –dijo la madraza. Así que no me quedó más remedio que comerlos (no me gustaron pero nobleza obliga). Después del almuerzo la madraza nos dijo:

-Bueno, tienen que ir a dormir la siesta para hacer la digestión.
-Si me voy a dormir con tanta comida encima me va a hacer mal –protesté.
-No te preocupes –respondió ella- si te sentís mal te doy un té de yuyos y te tiro del cuerito y quedás como nuevo. Así que ¡a dormir!

Me acosté y me quedé dormido pero a las cuatro de la tarde, cuando nos despertaron para la otra merienda (que esta vez eran cosas dulces) me sentía muy mal del estómago. Se lo comenté a la madraza y dio un té asqueroso y me hizo ver las estrellas tirándome del cuerito. Cuando terminó me dice: “Ahora descansá quince minutos para tomar la merienda”.

Me acosté y me quedé inmediatamente dormido. Cuando me despertaron estaba con un hambre terrible y me comí todo. Después nos fuimos a pasear a caballo por la estancia. Cuando volvimos ya estaba la cena lista, por supuesto asado. Casi ni comí porque estaba tan cansado que no daba más, me dormía parado, pedí permiso para retirarme sin comer y escuché que la madraza le cuchicheaba a Alberto: “Qué flojos son los de la ciudad, pero en un mes lo sacamos bueno”.

Pasó el mes, sufriendo todos los días pero de a poco menos. Cuando llegué a la Capital me dije: “jamás vuelvo a pasar mis vacaciones en el campo”.

En realidad, no estuvo tan mal, pero me gustaría ir a un campo con más comodidades y sin nadie que me mandonee. La verdad es que me quejo pero la experiencia me sirvió de mucho, a tal punto que si me vuelven a invitar voy a ir con todo gusto pero un poco más preparado con las cosas que voy a llevar y cómo manejarme con la comida y los horarios. Uno aprende.

Empezar de nuevo, de Hilda Menzel


-¡Hola! ¿Cómo estás?- Adela escuchó indiferente la voz a través del hilo del teléfono.
-Bien- contestó con un tono de desgano- ¿Alguna novedad?
-No ¡Ah! Marcos tiene un diente flojo y está entre preocupado y ansioso por lo del Ratón Pérez, sabés……

No le prestó atención a lo que siguió hablando su hija Clara, su pensamiento viajaba, esperaba que en cualquier momento surgiera el comentario que ella no quería responder. Sentía como si el estómago se le cerraba, entonces…
-Mirá, está sonando el timbre de la puerta, si querés más tarde la seguimos, un beso- y cortó.

Respiró aliviada, “estaré tranquila –pensó- hasta después del mediodía en que llamará Eduardo”, su único hijo varón y su mimado según sus hijas. Desde la oficina, en la hora del almuerzo, era infaltable su presencia telefónica. Seguramente, después de algunos cometarios cotidianos y en son de broma, le haría la misma insinuación.

No quería discutir con ellos y decirles que se metieran en sus asuntos por esos callaba.

Ese lunes amaneció con algo de rebeldía y mucho de hastío y dispuesta a cambiar la rutina... Debo cambiar, se decía, pero ¿cómo? Pensar por mí misma, algo que no había hecho en años. ¿Repasar su vida anterior? No es que estaba desconforme con su vida anterior, mas era tiempo de dedicarse a ella.

Hacía ocho meses que había enviudado, su viejo murió repentinamente, en una semana partió para el más allá y, luego de casi cuarenta años de compartir las vicisitudes de una vida juntos, la dejó sola “sola en ese enorme caserón” como repetía su hija Clara. No quería acordarse lo que seguía después. En temas cotidianos como las compras de almacén, las ropas, las enfermedades de los chicos, sus cumpleaños, los actos escolares, ella era la que tomaba la decisión. Pero cuando las decisiones eran más cruciales sobre la facultad o el trabajo de los hijos o el lugar donde irían de vacaciones o inclusive la adquisición de un simple electrodoméstico como el lavarropas o el televisor, ahí tallaba su marido; ella era sólo un testigo invisible.

Y ahora también querían repetir la situación, solamente que esta vez la apremiaban los hijos, más bien Clara, que legó el carácter de su padre.

Cuando ocurrió el desenlace de Juanjo, Laurita su hija menor, “la bióloga” como la llaman sus hermanos y que vive en el sur, estuvo acompañándola cerca de diez días. Fueron juntas a realizar trámites, le hizo ciertas indicaciones sobre los pagos de facturas “Siempre ocurrente y servicial mi Laurita. Después debió retornar a su trabajo y me insistió que pasara unos días en las costas patagónicas le prometí que lo haría mas adelante”. Quería reponerse y ver cómo emprendería este nuevo camino y qué le ofrecía el destino. También sus otros hijos la invitaron a sus hogares a pasar unos días con sus nietos, no sabe si por obligación o de corazón, pero sintió que debía afrontar los hechos desde el principio y resolverlos por si misma..

Cierto es que de noche era cuando más extrañaba el calor de otro cuerpo, daba vueltas en la cama, sentía ruidos, se levantaba miraba hacia fuera todo en silencio, volvía acostarse y a pensar con temor por un futuro incierto.

Durante el día, cuántas veces se dio vuelta creyendo escuchar el runrún de las zapatillas y le costó lágrimas retirar del placard las ropas y zapatos de su marido: es mejor así, le decían sus hijos y hasta su nuera opinaba. Algunas prendas la llevaron Eduardo y su yerno otras las regalaron o donaron ni sabe adónde. Ella guardó algunas cosas como una bufanda y cierta campera que quizás usaría, su colonia preferida y sus queridas herramientas.

Aprendió a pagar los impuestos y las facturas de servicios. Había iniciado los trámites para la pensión que demoraría algunos meses, pero como contaba con ahorros en una cuenta compartida y que hasta ese entonces desconocía, no necesitaba del dinero que le ofrecieron sus hijos para subsistir.

Cómo seguir, cómo cambiar meditaba. Debo salir, no estar en casa todo el día. Se bañó, se vistió y arregló el cabello, debería cortarlo un poco ¿y ahora? ¡Al shopping! -casi gritó- siempre había ido de apuro a comprar algún regalo. “Tal vez encuentre algo para mí y comeré en alguno de sus barcitos”- murmuró en voz baja.

Salió decidida y casi contenta. Quedaba a cierta distancia y fue hasta la parada del colectivo. Cuando arribo miró detenidamente las vidrieras, tranquilamente, como si fuera la primera vez que las visitaba. Comparó precios, sintió apetito. Luego de escudriñar lo que ofrecían se inclinó por un tostado y una gaseosa. Más tarde pensaría en el postre.

Se sentó en una esquina como para observar a su alrededor. En una mesa cercana tres mujeres conversaban animadamente. Eran más o menos de su edad, muy arregladas y joviales –pensó- hará mucho que se conocen. Ella carecía de amigas, las fue perdiendo en el trascurso de la vida, sintió como esa falta de afecto.

Las miraba tan insistentemente que llegaron a notarlo y a fijarse en ella. Roja de vergüenza, bajó los ojos engulló lo que quedaba del emparedado, esperó unos minutos y se alejó.

Recordó entonces algunas conversaciones de vecinos que antes no había prestado atención sobre centros de jubilados que se crearon en el barrio. “En esos lugares puede que conozca a personas con las que pueda relacionarme o realizar alguna actividad o simplemente conversar y pasar un buen rato”, suspiró.

Así que el regreso a casa lo efectuó caminando, tratando de descubrir a su paso alguno de estos clubes. Tan absorta estaba observando las fachadas de los edificios que se sobresaltó cuando una vecina la detuvo para saludarla.

-Pero mirá que estás distraída.
-Perdoná, lo que pasa…-dudó en contarle, pero se animó- lo que para es que estaba buscando un centro de jubilados, viste para ir alguna tarde….-la otra no la dejo terminar.
-Adelita me parece no bien, requetebién. yo no voy por que sabés que mi viejo no anda bien y no puedo dejarlo solo, pero mi amiga Elvira va a uno que queda en la calle……al 200 y Luisa va a yoga a otro que queda más lejos pero me parece mejor en la calle…..podés ir a averiguar a uno de esos dos pero debe haber más y si me entero te lo cuento…
-Gracias –musitó apenas. Su vecina había hablado de un tirón.
-Te dejo por que al viejo no puedo dejarlo tanto tiempo solo –repitió- cualquier novedad
te lo comunico- volvió a insistir.
- Gracias.

Se besaron y cada una siguió su rumbo.Estaba tan cansada por su travesía que se marchó para la casa –mañana será otro día- meditó. Apenas abrió la puerta escuchó el teléfono: su hijo.

-¡Mamá! ¿Dónde estabas? ¿Te pasó algo?
-Pero no, Eduardo, el día estaba lindo y salí a caminar…
- Ah, gracias a Dios, me preocupé cuando no atendiste el teléfono al mediodía. Me parece bien que salgas.

Se despidieron y estaba tan rendida por su aventura que pensaba que esa noche dormiría como un bebé.

Ocupó varias tardes en busca de espacios dedicados a la llamada “tercera edad”, no descubrió nada que la satisficiera. Hasta visitó clubes de barrio: en la mayoría los “veteranos” distraían su tiempo con los naipes.o pegándole a las bochas. La decepción la embargaba.

A la contrariedad de falta de propuestas se sumaba la requisitoria de sus hijos, que notaban en ella un cambio de humor. La irritación era tal que hasta dejó de atender el teléfono.

Después de más de dos semanas de una búsqueda infructuosa retornó un lunes al shopping: ¿un impulso, una esperanza, una premonición?

Como la vez anterior recorrió las vidrieras y volvió a sentarse para comer en el mismo rincón. Cabizbaja degustaba el almuerzo cuando sus oídos recibieron unas voces conocidas. Levantó la vista pero instintivamente, recordando el mal momento pasado, se paralizó. Cual no sería su sorpresa cuando escuchó que le decían:

-Disculpe, ¿está sola?¿No le gustaría compartir nuestra mesa?

Un rayo no le hubiera impactado tanto como esa pregunta, tardó unos segundos para recomponerse y contestar.

-Claro, con mucho gusto aunque no quisiera molestarlas.
-Al contrario, serás bienvenida a nuestra cofradía –le dijo sonriendo la desconocida. A nuestra edad lo mejor es compartir y pasar buenos momentos en compañía.

Se unió a la rueda, se presentaron, se presentó. Le contaron que cada lunes se encontraban para comer antes de ir a la reunión de las ”Viudas Alegres” como se hacían llamar. Este clan, formados por mujeres no todas de esa condición, eran parte de un grupo, donde no faltaban los hombres, que con casi iguales intereses tenía un lugar para divertirse, colaborar entre todos cuando es necesario, ahuyentar sinsabores, olvidarse de inhibiciones, en fin disfrutar de la vida.

Embelesada Adela devoraba cada palabra: sus ojos brillaban, un bienestar la envolvía tenuemente. Por supuesto fue con ellas hasta la agrupación,. se informó de las diversas actividades, le entregaron folletos para consultar y radiante regreso al hogar. Un panorama halagüeño se le presentaba. Pasaron varias jornadas y cautelosamente se fue integrando e incorporando en algún curso.

No le contó inmediatamente las novedades a Clara, se lo refirió sin darle mayor trascendencia. Sintió que la había. desconcertado y apenas la felicitó. Estaba convencida de que al instante fue con el “chisme” a Eduardo. Este, por el contrario, se mostró gozoso con las nuevas.

Las citas de los lunes eran inexcusables, las charlas fueron más íntimas, las dudas puestas sobre la mesa, las opiniones respetadas. No se aconsejaban, se amparaban, se consolaban. Un psicoanalista habría aprendido mucho en estas pláticas.

Por fin, Adela se sintió dispuesta para contar a sus amigas el desvelo que la perturbaba:

-Como saben vivo sola en una casa grande, mis hijos se preocupan por mi seguridad y me seducen para que en uno de los cuartos disponibles venga a vivir un primo Alberto que también está solo. Repartiríamos además los gastos…..en fin yo vengo postergando la respuesta.

Sus compañeras se miraron y sonrieron cómplices.

-Mirá la resolución la tenés que tomar vos, sabés que no damos consejos pero tenés varias soluciones al conflicto. Podés vender la casa y mudarte en un lugar más acorde a tu actual situación, seguir viviendo como hasta ahora o aceptar la propuesta de tus hijos.

-Hacé una lista con los pro y contra de cada caso y luego concienzudamente y sin premura lo resolvés.
-Sabés que en el Centro contamos con un par de abogados para cualquier consulta o duda que tengas.

-Todas hemos pasado por cuestiones similares, no te abrumes, pensalo detenidamente y tratá de definirlo en perspectiva. Es todo lo que te podemos decir-. Y concluyeron con un ¡buena. suerte, amiga!

La conversación derivó hacia otros temas, Adela dejó a un lado su preocupación y pasado un buen rato se despidieron hasta el próximo encuentro.

Caminando con paso firme Adela volvía al hogar, alivianada el alma como si una carga que pesaba sobre sus hombros hubiera quedado atrás. Una sonrisa iluminaba su rostro. A cada paso sus temores se fueron disipando, la decisión no sería sencilla, evaluaría las distintas opciones y luego resolvería la más conveniente.

Tenía la certeza de que ella era la única responsable de su proceder y de la dirección de su vida. Lo primero que haría al cruzar la puerta de su casa sería escribir un cartelito para recordar en todo momento, que diría: USTED ES LA UNICA DUEÑA DE SU DESTINO. Y volvió a sonreír.

Más allá de la guerra, de Estela Ríos


1920. En Wadowiche, un pueblo de Polonia, habitaban tres niños, dos varones y una mujer, que por el correr de la vida en esta tierra sellarían una amistad hasta el fin de sus días.

Aldona, Karol y Vladimiro compartieron una niñez llena de juegos y sueños que fueron concretando a medida que la adolescencia fluía en sus venas.

El gusto por la lectura, el juego de ajedrez, esquiar en los inviernos, hacer representaciones teatrales, eran actividades cotidianas en estos jóvenes deseosos por superarse día a día y concretar cada uno el sueño de alcanzar la carrera deseada.

Ya culminados los estudios, Aldona obtiene el título de profesora en letras y Vladimiro recibe su deseado diploma de abogado, mientras que Karol continúa estudiando en la Universidad Jagellónica de Cracovia.

Nace el amor en la época estudiantil entre Aldona y Vladimiro, sentimiento que culmina en matrimonio en 1939. La felicidad para compartir la hermosa casita que con tanto amor habían armado duraría poco.

1939. La ocupación alemana de Polonia fue excepcionalmente brutal. Los nazis consideraban a los polacos seres racialmente inferiores.
Luego de la campaña militar, los alemanes instalaron una campaña de terror. La policía fusiló a miles de polacos y requirió que todos los hombres hicieran trabajos forzados.

El joven Karol tuvo que trabajar en una cantera y luego en la fábrica química Solvay, para ganarse la vida y evitar que lo deportaran a Alemania. Fichado por la GESTAPO se refugió en una buhardilla de Cracovia. Para época, se unió al grupo de un célebre actor, creador del Teatro Rapsódico, con el cual interpretó papeles de contenido patriótico.

Durante la ocupación, cultivó especialmente la cultura y las amistades, en el contexto del grupo Unía, formado por jóvenes católicos que pretendían resistir, tanto de forma pacífica como de acción. Posteriormente, su situación se complicó y debió refugiarse en los subterráneos del arzobispado de Cracovia.

1940. Importante para su crecimiento espiritual fue la persona de un sastre, Jan Tyranowski, quien le dio a leer a San Juan de la Cruz. Tyranowski reunía a un grupo de jóvenes con los que compartían la oración y el recogimiento. Esta práctica cotidiana lo lleva a tomar la decisión de ingresar al seminario y comenzar la carrera de teología que lo llevaría mas tarde a transformarse en sacerdote.

Aldona y Vladimiro debieron abandonar su flamante hogar pudiéndose llevar consigo tan solo una pequeña valija, donde guardaron las bellas fotos de su casamiento, retratos de sus padres y pequeños objetos que recordaban su paso por ese hermoso pueblo hoy cubierto de horror.

En el mes de mayo, las autoridades de la ocupación alemana lanzaron AB-Aktion, un plan para eliminar la intelectualidad polaca y el liderazgo. El objetivo era matar a los cabecillas con gran rapidez, metiendo miedo en la población y disuadiendo la resistencia.
Los nazis fusilaron a miles de maestros, curas y otros intelectuales en matanzas masivas en y cerca de Varsovia, especialmente en la prisión Pawiak, mandaron a miles más a campos de concentración de Auschwitz, Stuthof, y a otros ubicados en Alemania donde polacos no judíos constituían mayoría de los prisioneros hasta marzo de 1942.

Entre 1939 y 1945, por lo menos 1,5 millones de ciudadanos polacos fueron deportados al territorio alemán para hacer trabajos forzados. Cientos de miles fueron encarcelados. Aproximadamente 50.000 niños polacos fueron llevados de sus familias, transferidos al Reich, y sujetos a las políticas de “alemanización”.

Aldona y Vladimiro fueron separados. Un último beso llevó consigo el inmenso amor que existía entre ellos y la esperanza de un reencuentro que sólo la vida sabría cuando.
Él fue llevado para trabajar como traductor de inglés, ya que sus conocimientos del idioma le dieron ese aparente privilegio que no lo protegió de las torturas y los castigos.
Aldona fue deambulando con otros grupos viajando interminables horas en camiones, que simulaban ser de la Cruz Roja pero transportaban mujeres y niños a campos de concentración.
Fueron días, semanas, meses, años de sufrimientos personales y compartidos, de ver aberraciones y partidas definitivas de compatriotas inocentes.

¿Que unía a estos tres seres en la realidad monstruosa que compartían?
La fe, ese misterio interior que hizo de Karol el siervo más fiel de Cristo y lo transformó con el correr de los años en el pastor de la grey católica.

Aldona y Vladimiro, tan alejados físicamente pero tan unidos por su amor y la esperanza de un reencuentro, compartían el rezo del rosario, a escondidas de los nazis, armando grupos de oración.

En las oscuras y frías noches, sacaban de los panes que miserablemente les entregaban pequeñas miguitas, con las cuales formaban las cuentas, ese era el ofrecimiento: quedarse con hambre pero ver en esas cuentas la luz divina de la esperanza en el fin de la guerra y en la ansiada libertad.

Un gobierno polaco en el exilio dirigido por Wladyslaw Sikorski fue establecido en Londres. Era representado por la resistencia “Delegatura”, cuya función primaria era coordinar las actividades del Ejército Doméstico Polaco (Armia Krajowa). La resistencia organizó un levantamiento violento masivo contra los alemanes en Varsovia en agosto de 1944. La revuelta duró dos meses pero fue eventualmente aplastado por los alemanes. Más de 200.000 polacos murieron en el levantamiento. La liberación llegaría meses mas tarde en 1945 la Segunda Guerra Mundial había culminado, para dar lugar a la posguerra.
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Karol Wojtyła culmina en Italia los estudios de teología y regresa a Polonia para continuar con su carrera sacerdotal hasta el año 1979 en que es elegido como sucesor de San Pedro.

Vladimiro comienza en Inglaterra una carrera política dentro de la embajada. Aldona, en Italia, comparte con compatriotas la dura lucha por la nueva vida.
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1947. Cierto día, por un amigo en común que la vida llevó a Inglaterra, Vladimiro conoce el paradero de su esposa. Con el corazón palpitante va en su búsqueda y en Roma se produce el ansiado reencuentro.

Se miraron profundamente a los ojos, un abrazo interminable selló el momento, iluminado por las estrellas que resplandecían en el cielo romano.

No hubo palabras, sólo caricias, y así entrelazaron sus cuerpos en una noche mágica que trajo un despertar con un juramento: no volverían a separarse y en ese renovado beso unieron sus vidas.

1948. Volver a empezar, dejando atrás su tierra, sus sueños inconclusos, pero con todas las ansias de encontrar la paz para compartir la vida. Así llegaron a Argentina, se ubicaron en Ranelagh, una localidad situada al sur de la ciudad de Buenos Aires.

Compraron un hermoso terreno y Vladimiro empezó a construir con sus propias manos el hogar que los cobijaría. Ella comenzó a practicar el idioma, que desconocía, no así Vladimiro que tenia una facilidad especial para aprenderlos.
El tiempo hizo lo restante.

Comenzaron a trabajar como representantes de una casa de venta de lámparas y él traducía en sus ratos libres escritos al inglés.

Así fue transcurriendo la vida, rodeada de amigos y destacados por ser ejemplo de vida ante la adversidad, ya que la guerra no los había destruido, sino los había fortalecido para volver a empezar.

1982. El amado amigo llega a la Argentina y ellos entre la multitud soltaron lágrimas y agitaron sus pañuelos para abrazar a la distancia al compañero entrañable de la niñez y adolescencia.

Pero la vida les depararía un encuentro sorprendente, en la segunda venida de Juan Pablo ll a la Argentina. El Papa se reúne con distintas colectividades y, por supuesto con su amada colectividad polaca. Allí van Aldona y Vladimiro a formar la fila, con su ubicación en la mano.

¿Destino? ¿Obra de Dios? La fila dirigida por un acomodador es desviada en el momento que debían entrar y son ubicados en unas plateas que daban al pasillo por donde debía entrar el Papa.

Llega el momento tan ansiado. El Papa hace su entrada triunfal ante la emoción de la multitud. Pasa por al lado de los asientos donde estaban Aldona y Vladimiro, entré sollozos ellos gritan ¡Wadowiche! ¡Wadoviche! El Papa se detiene, gira su cabeza y se encuentra con sus dos entrañables amigos. Por un segundo se frena el tiempo: Karol Wojtyla se desprende de su envestidura papal. Los abraza, llora con ellos y apoyando su mano en el corazón, les demuestra con ese gesto, que siempre han estado juntos, a pesar de los silencios y penurias provocadas por la guerra.

Estaba todo dicho. Más allá de las lágrimas, Dios había regalado a estos tres amigos el intenso momento del reencuentro que quedaría guardado en sus memorias y corazón por el resto de sus vidas

Romance moro, de Adelina Canutti (Segundo premio)


Atardece sobre el calor crepitante de la Sierra Nevada, al sur de las nacientes aguas del Río Guadalquivir. Entre piedras y rocas, el camino lleva hacia una gran cueva.
Al entrar el dorado del sol crea sombras marrones y azules, dibujando contornos ríspidos en la roca viva. Aquí dentro se está fresco. Suaves sedas amarillas y verdes sobre los costados y el techo dan sensación de volatilidad y expansión a los muros. El pedregullo del suelo luce apisonado.

En el fondo, una mujer vestida de rojo, con liviana tela yuxtapuesta de faldón y camisola con un largo cordón rodeándole la cintura. Sus abundantes cabellos negros están sueltos, la piel es ambarina y sedosa. De cuerpo alargado, piernas esbeltas y pies pequeños. Brazos fuertes, manos para el arrumaco. Está acuclillada sobre un tapiz de seda con ornamentados diseños coloridos, en su centro un blasón bordado en plata y oro.

A su espalda un taburete con forma de estrella tallado en madera repujada y vidrios esmaltados. Del techo cuelga una lámpara broncínea, esculpida en barniz vítreo.
Sostiene en su mano derecha un vaso de cristal y plata.

En el cordón arrollado lleva calzado un puñal de puño simple y afilada hoja curva que perteneció a Abdalá-El Zagal, el rey árabe de Granada derrocado por su hijo Adbalá-Ibn Dalkin. La mujer desciende de la mudéjar, una civilización arábigo-cristiana de la alta Edad Media. Zahara es su nombre.

La lámpara expande aromas de aceites perfumados. Sobre los tapices del suelo grandes almohadones bordados. Rojo, fucsia, dorado, azul, colores del arco iris. Dos platos de cerámica con una flor lineal esculpida, un par de vasos similares al que ella sostiene en la mano, servicio de plata. Además del aroma del aceite se huelen especias dulces y picantes, azafrán, clavo, comino, pimienta, nuez moscada. Zahara espera a su hombre, Hassan.

Sobre un almohadón una pipa con boquilla de espuma de mar, larga y cincelada con arabescos y un pequeño hornillo en su extremo, donde la mujer, con paciencia artesana digna alumna de Vulcano, coloca el tabaco en hebras picado finamente con sus largos dedos, preparado en forma tal que resulte suave y aromático al aspirarlo y expirarlo. La pipa está cargada y aguardando a su dueño, al igual que la tabaquera que llevará en el bolsillo de su camisa.

A su lado se apoya un instrumento redondo y rústico, el pandero. Aquí también sus dedos acariciando y resbalando sobre la piel estirada y las sonajas, creará un sonido musical afrodisíaco, sensual, que incentivará los sentidos de la pareja enamorada.
Una botella de cerámica de reflejos metálicos adorna el centro del tapete que oficia de mesa, donde duerme el vino, que despertarán al beberlo.

Se escucha el galopar ansioso de un potro. Frenan los cascos y las botas poderosas sobre un cuerpo erguido asoman a la frescura anochecida. Zahara corre con los brazos abiertos a recibirlo.

Sus bocas se unen en un beso saboreado al máximo. Sus manos reconocen telas y curvas. Sus narices olisquean aromas anhelados durante muchos días. Muy juntos, cadera contra cadera, abrazados sin querer soltarse van hacia la mesa servida. Pero él y ella ansían otro sustento, otra degustación más primitiva, instinto puro animal.

Ella, arrodillada ante el taburete donde se ha sentado él, le retira las botas.
Él la ayuda quitándose la capa, la blusa, las babuchas, deja sus cabellos libres del apretado turbante. Su piel aceitunada brilla joven. Ella trae en sus manos una arquilla gótica de terciopelo grana y hierro forjado, donde guarda los aceites que harán vibrar de placer a Hassan.

Ha oscurecido ya y sólo la lámpara quieta ilumina tenuemente la escena de amor y sumisión. Ambos se masajean mutuamente con manos ardientes, haciendo lo posible por prolongar ese martirio exquisito del desear y no entregar, hasta que la naturaleza sabia los libera en un grito. Yacen uno sobre el otro disfrutando la paz siguiente al deseo consumado.

Sólo a medio vestir comienzan el ritual de la cena. Ella le lava el rostro y las manos con agua fresca de un cuenco vidriado. Le alcanza una tela sedada para secarse. Zahara procede consigo misma de igual manera. La pieza de caza, embebida en especies y salsas olorosas, es masticada lentamente, mirándose a los ojos, renegridos y ardientes de deseo contenido de él; fulgurantes y amarillos como los de una gata en celo los de ella.

Beben un vino rubí como la sangre, dulce y provocador, taninos densos, robustos, persistentes. Aromado con pimientos verdes y notas de pimienta negra, frutas rojas maduras. Se sube al cerebro y a los sentidos.
Cuando terminan, Zahara lleva todo a un rincón, donde quedará.
Ambos salen de la cueva y se sientan a reposar en una piedra plana. Comienza a enfriar la noche. Ella ha traído suaves sedas grises y negras para acurrucarse entre sus pliegues. De un cofrecillo de marfil y cristal van tomando dátiles dulces y acaramelados que se pasan el uno al otro, en las bocas.

El olor de los cármenes, esas casas de campo con grandes jardines y huertos, extendidos al pie de la sierra donde se encuentran, les marea envolviéndolos en sus mágicos perfumes de pasto, jazmín y durazno. Se mueve la espesura con el suave viento; se escucha lejano el jugueteo del agua en un arroyuelo. Nubes en el cielo negro tapan de a ratos la luna blanca y sonriente para los apasionados mozos.
El muchacho fuma soñador en su pipa. La muchacha toca lúdica en su pandero.
Hassan, mañana, volverá a la guerra.

Pero esta noche quiere poseer y disfrutar de su mujer. Sin dolor, sin sangre, sin alaridos, sin armas, sin muertes en su conciencia. Se entrelazan los cuerpos jóvenes, gritan a la noche su delirio con la esperanza de volver a unirse en otro día pleno de aromas, sedas, aceites, vino, manjares, tabaco, música. Duermen su cansancio pleno de bocas hinchadas por tantos besos, pieles afiebradas por tanto roce, corazones agitados por tanto ardor.

Hassan parte al día siguiente, como un oficial más de su combativo ejército moro.
Él cree que pronto habrá una batalla final ya que Granada, el reino de Boabdil el Zogoibi, se encuentra sitiado. Años ha, el Rey Católico Fernando de Aragón, después de haberle iniciado una gran guerra por la posesión de las tierras granadinas, le hizo prisionero y obligó a someterse a la promesa del vasallaje a cambio de su libertad y mando del Reino.

Sin embargo, El Infortunado, como sus súbditos le llaman, ha iniciado otro ataque sin cuartel para ambos bandos, católicos y musulmanes. Lejos están aquellos tiempos del Gran Califato de Córdoba.

Zahara quedará esperándole, como todos los atardeceres. Con su puñal presto en la cintura, rutilante y filoso, que la unirá a él por siempre, junto a Alá y Mahoma, si el hombre no puede retornar del maldito campo de batalla.

Transcurren dos meses y otro atardecer la encuentra volviendo del arroyo con un cuenco de porcelana sobre su testa. Escucha el andar ansioso de un potro, apoya la vasija sobre una roca, y se apresta a abrir los brazos para recibir a su amante.
Sofrena el animal, cae el moro a tierra, vuelve su frente hacia ella, los ojos vidriosos de muerte y la sonrisa desalada.

Zahara corre, le alza por los hombros, une su boca palpitante sobre los labios helados de él, y presiente el alma que poco a poco se va, camino del Mulhacén.
Ibn Dalkin, a pesar de haber jurado defender hasta morir a Granada, el último bastión moruno, la ha entregado a Los Reyes Católicos. Ordenaron su destierro al África.
Queda Zahara allí, con Hassan muerto sobre su pecho.

Mira al cielo en reclamo arisco, toda su sangre crispada. Desliza de su cintura el curvo puñal del antiguo Rey. Lo levanta con odio. Va a clavarlo en su corazón. Pero al igual que el último Rey Moro desiste. No puede seguir batallando. Lleva dentro de sí dos sangres candentes unidas que quizá, algún día, repare lo que tantos hombres no lograron.

domingo, 6 de noviembre de 2011


Como corolario de este año de trabajo, organizamos un concurso de cuentos. Hubo de todo: romances, crímenes, mundos imaginarios, historias reales. El criterio de selección fue simple: originalidad en el tema y estilo. Claro que este criterio es subjetivo, por lo que el fallo es completamente cuestionable.
A partir de hoy, se irán publicando las obras presentadas en este blog y se invita a los lectores a opinar sobre las mismas, como forma de completar el trabajo realizado por los autores. ¡A sacar afuera el crítico que todos llevamos dentro!

El Fuego, de Germán Duque (Primer Premio)


La noche es amplia y ligera. El paisaje, silencioso y dolorosamente desolado.
En su casilla de madera, ubicada en la localidad de Magdalena, provincia de
Buenos Aires, y cuyo frente da a las orillas del Río de la Plata, José Ignacio
Arzubialde; un hombre taciturno y solitario, de tez blanca, delgado, alto y nariz
afilada, hombros en forma de trapecio, cabellera tupida y blanca (al igual que su marchitada barba), mientras duerme, sueña.

Al despertar, narra su dictamen inconsciente: “Estoy parado en un punto del espacio. A la distancia observo la nada con perplejidad. Una sensación de infinito me posee y se retuerce entre los hierros. Cipreses en llamas. Miro fijo, absorto. Creo que me dirijo hacia un punto del infinito, hacia esa nada con una hondísima expresión. Abstraído de todo aquello real, visible y palpable. Sin embargo, busco algo, no es tangible, más
bien corresponde a lo que pareciera un severo mandato espiritual. Busco un cielo limpio y puro a pesar que se está quemando, o quizá por eso mismo. Busco lo que no existe, Lo Absoluto.”.

Al terminar su relato son las ocho de la mañana. Es verano, y a pesar de la fresca brisa que le otorga el Gran Río, Arzubialde, luego de transcribir el sueño, siente una opresión en el pecho, como si le hubiesen clavado un puñal dorado. Ensimismado, recurre a caminar por las costas. El mirar la inmensidad del agua le hace bien. A lo lejos, con el resplandeciente reflejo del sol sobre el agua color de león, transformándolas en un tornasolado color plata, ve a unos pescadores, de quienes le llamo la atención la laboriosidad y la fortaleza física que demanda ese trabajo, sumado a la paciencia que la actividad requiere.

“Dos puntos opuestos que se deben unir a un mismo compás, para una misma
misión”, -resumió en sus pensamientos. Los esperó, esperó a que terminaran
su tarea y enfiló a charlar con ellos. Conversó sobre las correntadas de Río, las
crecientes, las bajantes, hizo preguntas sobre la influencia de la Luna en las
mareas y sobre cuándo es más factible pescar ciertas especies de peces. Después lo vieron alejarse, hasta que su figura desapareció en la bruma.

“…Don Arzubialde es una persona respetada, aseguran todos en el pueblo. De él se pueden aprender grandes cosas, porque es un tipo tranquilo, que mira todo y te da la precisa. No sé si habrá estudiado, o leído, pero que el tipo sabe, sabe. Es medio raro, no se lo voy a negar, muy solito se lo ve siempre, ¿vio?

Como si anduviese en algo complicado. Pero en realidad él es así, no anda en nada raro; es una persona, como decirle: contemplativa, eso es. Observa las cosas y después saca conclusiones, muy acertadas por cierto. Ah!, y escribe, le gusta escribir mucho, eso lo sé bien, aunque nunca leí nada de él. Creo que escribe lo que ve, lo que sueña y eso ¿vio?. Bueno, mucho más para decirle no tengo señor, más que aquí se lo respeta mucho y hasta se lo admira, vea”.

Extracto rescatable del testimonio fechado y redactado en el Diario El Zonal, de
Magdalena, el 28 de agosto de 1974, en virtud de la nota titulada: “Arzubialde, el hombrecito personaje de Magdalena”. Nota que se rubrico en un texto burlón por parte de un joven e inexperto periodista, sobrino del dueño del diario. Pero cuya finalidad era hacerle un homenaje, en forma de nota periodística, por parte de los vecinos, a este hombre que los lugareños aún consideran un sabio.

Días y noches enteras pasaron sin que nadie volviese a ver al ser meditabundo
y ensimismado. El calor es cada vez más insoportable, a pesar de las frescas brisas del mar abierto. En el horizonte verduzco, comienzan a apreciarse amorfas figuras negras que levitan y danzan sobre el agua: son las espesas nubes cargadas de electricidad que trae consigo el incesante viento Norte.

En esa infinitud del tiempo, de un tiempo en suspenso que trae consigo la tensa calma, el Universo pueblerino (vacío de ausencia del hombre, de su hombre e impulsados por el preludio de la tormenta), decidieron ir a echar un vistazo a la casa del, en apariencia, viejo Arzubialde.

Nadie contesta. Golpean nuevamente. De nuevo el silencio absoluto reina en la casilla. Entran con cuidado. Nadie dentro. Revisan en un silencio hermético. Llaman con voz fantasmagórica; tienen miedo que el viejo se precipite y se espante porque nadie lo visitaba nunca, Solo, siempre solo. Vuelta del silencio y el infortunado vacío los envuelve a todos. Arzubialde no está, ni siquiera en su habitación.

Alguien, entre los cacharros, encuentra un papel sucio y arrugado, como si hubiese sido apretado con fuerza en un puño. En él, escrito con letra vacilante y a la vez ansiosa, se pudo leer las siguientes, en apariencia, palabras sueltas y sin un hilo conductor: “Fugaz. Inquietante. Metafísico, Arcángel de la Muerte. Principio, inmanencia. Orden, calma y furia”.

Seguidamente, separado de todo contexto, textualmente podía leerse: “Nos fue regalado por los Dioses para refugiarnos en una cueva frente a la tempestad, así como instrumento para protegernos las espaldas unos a otros, ahuyentando a las fieras hambrientas: leones, lobos, panteras, que podrían estar a nuestro acecho, … De ÉL estamos hechos y hacia ÉL vamos, porque de ÉL es el Universo todo. Ya que a ÉL le pertenece. Así será, en un sin fin continuo y Eterno…¡Y entonces, al verlo, veremos también a nuestros rostros, nuestros rostros desencajados. Anhelantes e impávidos, inquietos y temblorosos ante esa nueva cosa; extraña, mágica y desconocida que nació de la tierra!”

Debajo, en letras pequeñísimas, la siguiente leyenda: “Sueño 367-804 calculado aproximadamente a la novena potencia”.

Pericias policíacas y caligráficas, dieron como resultado que José Ignacio
Arzubialde murió de manera fulminante segundos después que terminó el relato. Su cuerpo fue encontrado en un pajonal ubicado detrás de la casilla.

Nadie: ni la policía, ni los peritos calígrafos, ni tan siquiera sus vecinos pudieron
vislumbrar a qué se refería el texto encontrado ni tampoco significado alguno.

José Ignacio Arzubialde, el hombre taciturno y solitario viajó en ese sueño con su Alma a cientos de miles de años atrás. Viajó atravesando infinidad de vidas pasadas a velocidades descomunales. Viajó a cuando el hombre se diferenció del resto de los animales en particular y de la naturaleza en general y comenzó a hacerse dueño del mundo. José Ignacio Arzubialde, el hombre delgado, solitario, de nariz afilada, viajó en el tiempo 502.012 años a través de un sueño.

Había descubierto el Fuego y lo describió al despertar.

viernes, 1 de julio de 2011

Mirá como tiemblo


El miedo es una de las emociones básicas del ser humano, que lo pone en alerta para poder esquivar las situaciones de peligro. Sin embargo, nos gusta asustarnos, sentir ese cosquilleo en el estómago, la adrenalina que fluye, los ojos bien abiertos y los oídos atentos al mínimo ruido.

El cuento de terror, de horror o de suspenso es un tópico transitado desde la época del relato tradicional. Está presente en las narraciones populares, en la literatura infantil, en la mitología. Es un territorio poblado por fantasmas, demonios, brujas, vampiros, monstruos, muertos vivientes y toda una fauna de seres sobrenaturales y básicamente odiosos y crueles. Serán más efectivos cuanto mejor puedan provocar la suspensión de la incredulidad del lector, es decir, cuanto más verosímiles. Es por eso que, contemporáneamente, se han modificado los escenarios típicos del género: pasamos de los castillos medievales, de las casas lúgubres y solitarias, de los cementerios y los pantanos a lugares cotidianos y reconocibles.

De la época clásica, citamos a Edgar Allan Poe, Nathaniel Hawthorne, Herman Melville, Sheridan Le Fanu, Howard Phillips Lovecraft, Guy de Maupassant, Robert Louis Stevenson, Ambrose Bierce. En nuestros días lo cultivan Theodore Sturgeon, Clive Barker, Robert Aickman, Ray Bradbury, Stephen King.

En nuestras pampas ha habido y hay cultores del terror: Horacio Quiroga, Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo, Julio Cortázar, Angélica Gorodischer.

Y ahora estos autores, que han investigado sus propios miedos para exorcizarlos en forma de relato.

La cita


María había tomado turno con su odontólogo para hacer su revisación anual. Tenía hora para el martes a las 8.30, así que el lunes se acostó temprano pues debía viajar a la capital -ella vivía en Berazategui- y con los problemas actuales del tránsito no quería llegar justo sobre la hora.

El día de la cita arribó al consultorio y, cuando llegó su turno, el dentista la hizo pasar y, después de intercambiar algunas palabras de cortesía, la invitó a recostarse en el sillón con ese potente foco dándole de lleno en la cara y que siempre le hacía daño en la vista. Pero esta vez no cerró los ojos y vio como el sádico dentista, después de una breve exploración en su boca, tomaba el torno. La turbina comenzó a escupir agua y ella, no sabe porqué, creyó ver en el médico una gran sonrisa de disfrute. De repente, el torno le pareció un taladro, como el que usan los obreros de vialidad en las calles. En cuanto lo tuvo en su boca, grandes chorros de sangre comenzaron a manchar sus ropas. Las manos del dentista parecían querer tapar sus fauces para sofocar los gritos de terror. Así habían pasado dos eternos minutos, cuando de pronto resonó la alarma del despertador.

¡Qué alivio! Todo había sido un mal sueño, una pesadilla tan real que antes de las 6 de la mañana estaba dejando un mensaje en el contestador del médico para suspender el turno hasta nuevo aviso, si es que lo hubiera. De lo que sí María estaba segura es que no iba a volver al mismo odontólogo. Buscaría, para su tranquilidad, una profesional mujer.

Adriana Queipo

¡Miedo!


Las luces del cine se apagan. Se prende la pantalla. Una bola de fuego estalla sobre un campo oscuro. Un campesino observa el fenómeno desde la oscuridad de una ventana. Entrometido, sube a su camioneta y se acerca al lugar. El calor hace sudar su rostro y su cuerpo.

En el medio de un enorme cráter hay una cosa ígnea. Parece un huevo rojo friéndose. Es una masa amorfa que expele calor a alta temperatura. Sólo se escucha en la noche profunda el crepitar y el crujir de ese monstruo caído del cielo.

Curioso, el granjero toma una rama y la aplica sobre la superficie en movimiento. Parte de ella se adhiere pegajosa al tallo. La acerca a sus ojos. El líquido viscoso comienza a correr mientras él se distrae mirando como el globo gorgotea y parece ir apagándose.

De pronto, se sobresalta y abre sus ojos en los que se refleja el rojo fuego gelatinoso. Lanza un grito de horror. El líquido humeante se ha adueñado de su mano y va avanzando lentamente hacia su brazo.

Echa a correr hacia el vehículo. Toma de su guantera un trapo sucio y lo arrolla alrededor de su brazo y mano tumefactos. Arranca el motor. Lo obliga a una carrera enloquecida hasta llegar a la casa del médico del pueblo.

Abre desesperado la puerta, salta. Rueda por la acera. Un dolor en su costado derecho lo enloquece. Toca el timbre con furor. Se prenden las luces y sale el médico.

Ve a un ser humano que sólo lo mira porque no logra sacar palabras de sus cuerdas vocales. Lo entra como puede al consultorio y lo acuesta en la camilla. Le quita el trapo y ve espantado que allí ya no hay brazo y mano, sino una jalea roja en movimiento que se está tragando vivo al hombre.

No hay tiempo para anestesias ni bisturí. Mira hacia el hogar a cuyo costado reposan la leña y el hacha. La toma, la levanta sobre su cabeza. Calcula el movimiento sobre el atemorizado paciente. Baja la filosa hoja y... se produce el impacto del hacha contra el suelo.

El paciente ha saltado sobre el galeno, ambos ruedan sobre el suelo en un giro mortal. La bola roja se ha prendido del otro hombre y alimentada por otra sangre comienza a moverse por los cuerpos, tragándoselos lentamente, como gozosa entre los gritos y gemidos de ellos.

Al día siguiente, llega la enfermera que asiste al doctor. Se extraña de ver las luces encendidas de la casa. Nota el hacha caída y la camilla despatarrada. Asustada, llama al comisario y le explica lo que ve. Todo está tranquilo en apariencia. Ella dice que lo espera.

Cuelga el tubo. Una bola roja salta sobre ella sin darle tiempo a nada y la envuelve. Se la come. Satisfecha, salta por una ventana buscando más sangre y carne.

La película prosigue y llega a su fin. Los plateístas salen pálidos y temblorosos de la sala.

La chica de nueve años va aferrada a la mano de su madre. Ve al monstruo rojo a cada vuelta de la esquina. Cuando llegan a casa, le pide a la mujer mayor que revise por las dudas. Ella se ríe del miedo de la niña.

Cenan el sándwich y el café con leche y van a la cama. La mamá duerme tranquilamente. La hija no se anima ni siquiera a ir al baño. Va a pasar su solitaria noche llena de terror, sintiendo en cada movimiento de la casa a la bola roja crepitante que viene a comérsela.

Esa niña se ha hecho mujer y jamás pudo volver a ver películas de horror o terror. Cuando por casualidad surge una del zapping, un sudor frío le corre por la piel y busca instintivamente la goteante bola roja de su infancia.

Adelina Canuti

Tras los muros


Estábamos en una reunión de amigos, la velada comenzaba a languidecer, afuera después de un día agobiante había comenzado a llover. Alguien propuso que la noche era ideal para contar historias macabras, lúgubres, siniestras... La fuerte tormenta que se había desatado era un marco propicio.

Los relatos se fueron sucediendo: algunos absolutamente ridículos y otros francamente disparatados. Cuando llegó mi turno, recordé un incidente ocurrido cuando tendría unos once o doce años y que me perturbó por largo tiempo.

Eramos un grupo de forajidos en busca de aventuras y fechorías. Después de algunos planteos y debates y a fin de demostrar nuestro coraje, quedamos de acuerdo en que el viernes siguiente, luego de cenar, nos escurriríamos de nuestras casas para asaltar el cementerio. Ninguna excusa sería admisible.

Llegó el día señalado, provistos de linternas, dulces y fósforos (para la vital fogata) marchamos al abordaje. La quietud de la noche nos albergaba, sólo el ladrido de algún perro en la lejanía.

Arribamos al muro posterior del camposanto, unos trastos que habíamos dejado previamente nos permitieron escalar sin inconvenientes. De día todo parecía diferente. La luna, que se asomaba por detrás de la empalizada, daba una luz fantasmagórica sobre las antiguas lápidas y las fachadas de los monumentos.

Todo estaba abandonado, el musgo había invadido las losas, la vegetación se esparcía a voluntad y los herrajes enmohecidos por el paso del tiempo y un fétido vaho envolviendo la soledad.

La temeridad inicial poco a poco se fue desvaneciendo. Una leve brisa movía las ramas de los árboles. Las tumbas y los extraños monolitos proyectaban sombras amenazantes ante nuestros ojos. Mi imaginación empezó a crear fantasmas horripilantes.

De pronto quedamos pasmados. ¿Unos lamentos? ¿Susurros? ¿El viento entre las hojas? Y unas sombras inquietantes en la semipenumbra: aparecian y se escondían ante nuestra atónita presencia.

Tiesos, pasmados, mudos... No se quién fue el primero en correr, atropellando atravesamos el paredón. Seguimos escapando sin mirar atrás hasta nuestras casas.

Nunca más se mencionó el episodio. En los días siguientes ni siquiera alzábamos la vista para mirarnos: por vergüenza, por temor de descubrir en sus ojos lo que tratábamos de olvidar.

Confieso que desperté muchas noches sobresaltado por sueños escalofriantes y es el día de hoy que me abstengo de concurrir a velatorios y, menos aún, de visitar cementerios.

Llegado a este punto, un rayo estremeció el salón y las luces se apagaron. Silencio sobrecogedor, luego unas risitas nerviosas y el pedido a los anfitriones de unas velas portadoras de luz.

Cuando quise articular un comentario, alguien se apresuró a suplicar "¡dejen que los muertos descansen en paz!. Yo no estoy tan seguro...

Hilda Menzel

Tuve mucho miedo


Estaba en un campamento en medio de la selva, con temor por los ruidos y rugidos de los animales salvajes que escuchaba, aunque creo que esa era mi imaginación, porque nunca supe si eran reales o era mi mente miedosa imaginando esas cosas. Por las dudas, me metí dentro de la carpa con todas las aberturas bien cerradas y rogando que mis amigos llegaran pronto, ya que ellos se habían llevado las dos escopetas y yo me sentía totalmente indefenso.

La carpa era mediana; yo tenía una pequeña lámpara de querosene y todos mis amigos, que no eran miedosos, se fueron en medio de la noche a recorrer el bosque y me dejaron al cuidado del campamento.

Soy claustrofóbico y le tengo terror al encierro y a la oscuridad, cosa que a mis compañeros no les importó porque saben que los quiero mucho, igual que ellos a mí, por lo que me aguantan tantas cosas como mis depresiones y mi aprensión por lo sobrenatural.

Esa noche se fueron a cazar conejos. A mí me da mucha pena matar animalitos, ellos después los comen asados, dicen que son muy ricos, pero yo no puedo comer un bicho tan dulce. Me cargaban porque comía sandwiches de queso y quedaba muerto de hambre, pero me la banqué como un señorito, la única joda es que me tocaba lavar los platos y me sentí mal al ver los huesos de los pobres conejitos.

A partir de ese momento siempre fui con mis amigos a las excursiones, pero llevaba mi comida aparte. Me decían "pero si comés hamburguesas, que también se hacen con carne de animales que tienen la mirada dulce como los conejos". Pero para mí no era lo mismo.

Aparte de miedoso ¿soy tonto, no?

Carlos Rey García

jueves, 16 de junio de 2011

Bajo la lupa


Continuamos persiguiendo asesinos de papel y dándole trabajo a nuestros detectives de ficción. No habrá delito que salga impune de la pluma de estos investigadores de las letras.

¡Abrimos las rejas de la imaginación para dejar libres a las palabras!

Aventuras de un detective


Diego Caamaño recibe uno de esos llamados madrugadores e intempestivos y se pregunte porqué no siguió la carrera de medicina, para justificar a los vivos enfermos y no ser un detective para hacer justicia a los muertos.

Sí, se trata de un asesinato. Mira con envidia a su esposa, que no se da por enterada del timbrazo. Y con una sonrisa maléfica y revanchista llama a Sonia Muletti, su co-equiper en esta semana de guardia. Por suerte, está casada pero no tiene hijos. Será más fácil sacarla del lecho.

Toma un café y va al garaje a buscar el coche oficial, un destartalado Orion, preparado para correr ladrones y asesinos.

Pasa a buscar a Sonia y van juntos hasta Recoleta, donde está el cadáver esperándolos con sus secretos. En medio de la agitación del portero y vecinos, un agente los conduce al departamento situado en un primer piso.

Todo se ve revuelto, como si además de una fiesta importante, hubiera habido un robo. Sonia y Diego se ponen sus guantes de látex. Relojean el living y el comedor, amueblados con buen gusto... masculino. Hombre solo, se dicen con la mirada. Automáticamente, y antes de que lleguen los de la científica, revisan copas, botellas, trozos de comida. No hay marcas de rouge. Hombre solo con amigos varones.

Pasan al dormitorio. La víctima está sobre la cama en una curiosa posición fetal. Hasta tiene el dedo gordo de su mano derecha introducido en la boca, como un bebé. Está tapado con una sábana de seda roja. La levantan con cuidado. El hombre, un joven que se ve era muy bien parecido, está vestido con un traje rojo de fiesta... femenino. Los dos detectives se miran extrañados.

- No parece gay -dice ella.
- Hummm... quizá es lo que quieren que pensemos -le responde Caamaño y prosigue- Preguntemos al suboficial las circunstancias del hecho y quién hizo la denuncia de la muerte.

El sargento Bauer les cuenta su versión:

- Un par de vecinos llamaron al 911, quejándose por ruidos molestos, como música, gritos e insultos. Como es domingo de madrugada, la verdad, los muchachos no corrieron mucho por el caso. Pero hubo un tercer llamado que los alertó: un hombre estaba preocupado por el súbito silencio que había desde hacía una hora y temía hubiera pasado algo raro. Su voz, en la grabación, se escucha muy extraña. Así que llegamos, despertamos al portero que vive en el último piso, y nos abrió el departamento con una llave que el dueño le había entregado. Y al toque nos avisaron del hecho ocurrido. El departamento estaba vacío de gente, a excepción del fallecido. Pero por lo menos hubo aquí unas seis personas. El hombre se llamaba Javier Esteban Ducós, de los Ducós dueños de medio Pigüé, en la provincia de Buenos Aires. Tenía veintisiete años y se casaba dentro de una semana con Patricia Bernarda Saint James, la heredera de campos de cultivo y ganadería, diarios, aserraderos y no se cuántas cosas más, oriunda de Saavedra, también en la provincia de Buenos Aires. Todo esto me lo chimentó el portero. Hay que corroborarlo.
- Muy bien, sargento. ¿Tiene idea de cuánta gente había en la fiesta? Suponemos que era su despedida de soltero.
- No, aún no tenemos la certeza. A ustedes les tocará averiguarlo, detective.
- Ok, gracias. Ya llegaron los de la científica.

Ambos detectives están en su oficina de la departamental. Es la tarde del domingo y se los ve fastidiados. Podrían haber matado a Ducós un día de la semana. ¡Ufa! Están revisando los datos recogidos por los de la científica. Sólo siete copas y tienen a todos los sospechosos para interrogarlos en la cámara Gesell. Son seis: J.B. Sheffeld, el padrino de la boda, Roberto J. Rondell, su mejor amigo, Guillermo Pando y Lucas Bernard, compañeros de estudios, Bicho Jaime, su personal trainer y Nathaniel Guillón, hermanastro de Patricia, su novia.

Interrogan a cada uno. Sin embargo, todos afirman lo mismo, como un discurso estudiado. Se fueron a las 5 de esa madrugada, porque Javier les dijo que esperaba a alguien a las 6.30 y quería arreglar el departamento antes de que llegara. Todos entendieron que se trataba de una mujer.

Nathaniel se puso furioso porque ama a Patricia. Son hijos de dos matrimonios anteriores de sus padres y no los une la sangre. Pero ella prefirió a Javier. Este le explica que será la última vez y ya, una vez casado, dejará de ser un tarambana infiel. El también ama a Patricia.

Su mejor amigo, Roberto, lo mira con odio disimulado. Se lleva la mejor chica. Siente envidia y celos ante los logros de su amigo, sea en el amor, los estudios, el porvenir.

El padrino está muy triste porque el muchacho se casa y perderá a su mejor compañero de juergas y no se resigna.

Guillermo y Lucas saben que Javier no es tan buen estudiante, pero les paga muy bien por prepararlo para salir bien parado en la Facultad de Derecho.

Bicho es algo extraño, como amanerado. No sabe si va a perder su empleo porque Patricia y él no se soportan.

Los dos detectives están perplejos. Parecería que alguno de estos seis es el culpable. Todos tienen un porqué... Revisan sus notas. Está todo a la vista, horas, sospechosos, motivos.

Sin embargo, de 5 a 6.30 hay un vacío, porque Javier no limpió nada y, aunque estaba un poco borracho, los hombres coincidieron en que no era para tanto como para no acomodar el desorden. El departamento estaba revuelto, como si se hubieran llevado algo. Nadie sabía qué.

Sonia está muy pensativa. El vacío horario la tiene mal. El último llamado al 911 se hizo a las 6.10, los policías llegaron a las 6.30. Javier fue muerto entre las 5.30 y las 6. ¿Volvió alguno de los amigos y lo mató? Pero los tiempos no concuerdan. En una hora o menos, no pudo hacer el asesino todo.

Sonia pide que escuchen las tres grabaciones de las quejas de los vecinos. Dos le llaman la atención, la segunda y la tercera tiene un timbre de voz similar. La tercera además suena angustiada, como con culpa.

¿Quién pudo matar al chico, vestirlo y ponerlo en esa posición en tan poco tiempo y por qué? Y se lo dice a Diego y él, sonriente, comenta:

- No hay nada como una mujer para descifrar hechos pequeños.

La clave está en cuatro preguntas: 1) ¿Quién tiene la llave del departamento?, 2) ¿Quién es el qué más rápido puede llegar?, 3) ¿Quién llamó la segunda y la tercera vez? y por último, 4) ¿Quién podía tener motivos especiales, que no fueron tenidos en cuenta hasta ese momento?

Las tres primeras tienen respuesta inmediata. Bastó chequear el número de teléfono desde donde provinieron las llamadas al 911. Las tres se responden con un nombre: el portero.

Falta saber la razón. El portero ama a Javier, pero no es correspondido sino con burlas y rechazo. La humillación acumulada se transforma en odio y en venganza. Que se evidencia en la posición en que estaba el cadáver y el vestido que llevaba puesto, para que crean que es lo que no es. Sonia había notado el pequeño detalle: el cuchillo clavado en el corazón del muchacho.

El portero se había vengado, sí, pero lo va a pagar con la cárcel.

Adelina Canuti

Una historia en Pico Alto


En el pueblo de Pico Alto vive Justiniano Gómez, destacado comisario de un grupo de cincuenta manzanas donde todos se conocen y comparten el rutinario pasar de la vida. Hombre robusto, de mediana estatura, cabellos lacios peinados a la gomina que le dan ese aspecto pulcro e importante de comisario; resaltan en su cara dos hileras negras y abundantes, sus bigotes, a los cuales, con gesto continuo, suele emprolijar con sus velludas y regordetas manos. Botas, pantalones abombachados, cinturón de cuero, camisa impecable, pañuelo al cuello, acompañados por ese poncho prolijamente acomodado sobre uno de sus hombros, demuestran que este hombre tiene toda la arrogancia y la apostura para cuidar del bienestar de Pico Alto.

Vida tranquila de pueblo que un día se ve sacudida por una terrible noticia: el asesinato de Florinda Suárez, la mujer más rica del lugar.

En la comisaría todo es revuelo, el equilibrio de Justiniano parece derrumbarse ¿cómo ese pueblo tan cuidado por él, donde todo estaba bajo control, hoy se ha convertido en un laberinto sin salida?

¿Qué había pasado? Florinda era una dama de delicado porte y agradable belleza, distinguida y admirada dentro del grupo social más destacado de Pico Alto. Estaba comprometida con Ignacio Ibarra, el estanciero más próspero de Pueblo Bajo.

Todo daba a suponer que un crimen pasional había acabado con la vida de la delicada Florinda. Pero ¿quién la había matado? Ella era una mujer de respetadas costumbres y de su novio sólo se sabía que era poseedor de la mayoría de las tierras de Pueblo Bajo.

Los habitantes de Pico Alto, alarmados por el hecho, deciden agruparse y exigir el esclarecimiento. Ante la multitud que se agolpa a las puertas de la comisaría con palos y rebenques para ejercer justicia por mano propia, queriendo linchar a Ignacio, el único sospechoso del crimen, Justiniano estalla en sollozos.

"No puedo permitir que maten a un inocente y más si ese inocente es mi amor"- dijo Justiniano ante el asombro de la multitud.

En un ataque de celos y desesperación mató a Florinda, para quedarse con el corazón de Ignacio, pensando que iba a poder manejar la situación, pues creía que a ese pueblo, donde nunca pasaba nada, le resultaría fácil engañarlo y con el tiempo todo pasaría al olvido.

Estela Ríos

Crimen en la joyería


Marcelo trabaja como jefe de investigaciones en una comisaría del barrio de Almagro. Es un joven agradable y simpático a quien todos aprecian en la seccional. Una tarde, hallándose de franco en su departamento cercano a la dependencia, sonó un timbrazo y al abrir se encontró frente a frente con su superior, el comisario López, hombre ya maduro y con aspecto cansado, quien le pidió que se hiciera cargo de un caso que había ocurrido en una joyería de la calle Rivadavia, donde habían hallado estrangulado al dueño del local.

Inmediatamente, Marcelo se dirigió al lugar del crimen donde examinó el cadáver del señor Bresson, nombre del occiso, quien yacía de bruces sobre el mostrador del negocio. En su cuerpo no había señales de lucha ni marcas de ninguna especie y aparentemente el que había había matado al señor Bresson no se había llevado nada del lugar.

Colocándose un par de guantes de goma como los que usan los forenses, revisó cuidadosamente el lugar y al mirar detrás del mostrador notó que los listones de madera del piso estaban algo separados y no coincidían entre sí. Agachándose, pasó la mano sobre los listones y al presionar sobre uno de ellos, éste cedió hacia abajo, dejándose al descubierto un agujero que escondía una caja de cartón alargada, donde habían documentos y pagarés con datos que le dieron la pauta a nuestro muchacho de que, además de joyero, Bressón también había sido un usurero. Guardó todo otra vez en el receptáculo y salió dispuesto a saber más entre los vecinos, algunos de los cuales le contaron que la noche anterior, alrededor de la hora en que Bresson cerraba el negocio, le habían visto hacer entrar a la joyería a un individuo vestido con un impermeable negro y una bufanda blanca alrededor de su cuello.

Luego se dirigió a la morgue donde habían llevado el cadáver: allí el médico forense, que estaba revisando el cuerpo del joyero, le comentó que había observado en el cuello rastros de hebras de lana color blanco.

Al principio todos los pasos dados por Marcelo fueron infructuosos, ningún indicio le dio lugar para encontrar pruebas fehacientes que indicaran un avance, así que por varios meses el caso quedó en espera.

Una mañana cierto alboroto sacudió la rutina de la comisaría, pues se había descubierto y desbaratado a una banda de narcotraficantes que asolaban la zona. Llegó a manos de nuestro investigador un detalle del caso y ¡oh, sorpresa! uno de los integrantes llevaba el mismo apellido que el joyero asesinado meses pasados. Esto llamó la atención de Marcelo, que verificó que el mencionado Ricardo Bresson era sobrino del muerto. A partir de allí la causa se aceleró, comprobándose que este individuo era el capitalista de la banda.

Ya condenado, el sobrino confesó que había asesinado a su tío al haberle negado un dinero que le solicitó. Y así la muerte del joyero quedó aclarada.

Rosa Zamudio de Casas

miércoles, 15 de junio de 2011

Muerte en el estacionamiento


Se estaban realizando las exequias de Elsa Ferrer, quien fuera en vida una de las más importantes diseñadoras de alta costura. Asistían al sepelio políticos, destacadas figuras del espectáculo y del mundo de la moda. Todos se vieron sorprendidos por su inesperado deceso. Es que Elsa fue encontrada muerta por su chofer, varios días atrás, en el estacionamiento privado del lujoso edificio en el que estaban instalados los talleres, oficinas y demás dependencias donde desarrollaban sus actividades. Intervino la policía y luego la justicia citaría a declarar a todas las personas de su entorno.

Tras una minuciosa y exhaustiva investigación se arribó a la conclusión de que no había inculpados. La autopsia determinó que la muerte se produjo a causa de un paro cardíaco, quedando cerrado el caso.

Elsa tenía dos hermanas, Inés, que era una de sus colaboradoras, y Julia, que vivía en España. Esta al enterarse de la noticia, regresó inmediatamente a Buenos Aires. No conforme con lo actuado por la justicia, se contactó con una conocida agencia de detectives. El caso recayó en Jorge Crespo, un joven inteligente y muy sagaz, recientemente incorporado a la agencia. A pesar de que este sería su primer trabajo como detective, Jorge tenía una vasta experiencia, ya que desde su adolescencia había colaborado con su padre, un reconocido jefe de policía ya retirado.

Julia debía volver a España de inmediato, por lo que acordó con Jorge que se mantendrían en contacto permanente, ya que éste debía investigar al marido de Elsa, a su hermana y a su chofer.

Elsa se había casado hacía más de una década con Esteban Ibarra, un conocido industrial del ramo textil. Durante los primeros años el matrimonio tuvo una buena relación, que se fue desgastando con el tiempo. Esteban viajaba a menudo por negocios y así conoció a una azafata con la que se involucró sentimentalmente. Cuando Elsa lo supo, decidió separarse y en ese entonces estaban tramitando el divorcio y no en muy buenos términos, porque había muchos intereses en juego. El día del deceso de Elsa, Esteban se encontraba en Brasil junto a su amante, cosa que pudo probar fehacientemente.

Su hermana Inés dirigía el taller de costura y soñaba con poder apartarse de Elsa, ya que ésta criticaba casi a diario su trabajo, lo que era motivo de constantes disputas. Siempre se sentía relegada y anulada por la avasallante personalidad de su hermana. El día anterior a la muerte de Elsa, Inés había sufrido un cólico renal agudo que la obligó a permanecer internada durante algunos días.

Evaristo, su chofer, era un hombre muy correcto, medianamente joven. Tenía estudios universitarios, pero su carrera se vio truncada por su afición al juego, algo que escondía celosamente, pero que debió admitir ya que el detective había descubierto su secreto. Tenía una buena relación con Elsa, quien era muy condescendiente con él, al punto de haberle prestado dinero en más de una ocasión, ignorando que era para cancelar deudas de juego. El día en que la encontró muerta debía restituirle una suma bastante importante, algo imposible de cumplir. Jorge Crespo tomaba un café sentado frente a Evaristo y mientras escuchaba su declaración pensaba que tras la desaparición de Elsa la deuda de éste quedaría saldada. Evaristo continuó diciendo que pensó que debía tener una atención con Elsa pero no estaba muy decidido. Como debía llevar a Inés a entregar un trabajo se atrevió a hacerle el comentario para que ésta lo asesorara. Así fue que Inés le aconsejó que le regalara una tortuga. Elsa no tenía mascotas por no poder dedicarles el tiempo necesario y la tortuga no le demandaría demasiada atención, ya que pasa buena parte del año durmiendo.

El fatídico día, Evaristo había llegado al estacionamiento como de costumbre y cuando Elsa le informó que debían salir, él espero de pie, al costado del coche. Cuando ella se acercó al ver la tortuga quedó como petrificada, los ojos parecían salidos de las órbitas, dio un grito y se desplomó.

Como lo hacía habitualmente, Jorge informó a Julia sobre la declaración de Evaristo y ésta decidió volver a Buenos Aires.

Era necesario que el detective supiera que Elsa tenía terror a las tortugas, una fobia que padecía desde su infancia y que las hermanas conocían, sólo ellas y nadie más.

Nunca quiso tratarse, tal vez porque no quería mostrarse vulnerable ante nada ni nadie. Supuestamente, un ataque de pánico le paralizó el corazón, provocándole la muerte.

Ahora el sagaz detective debía dilucidar si Inés pretendía matar a su hermana o solamente darle un buen susto.

Susana Pascual

El encuentro


Mi viaje en ese camino tan desolado, cansada de tantos kilómetros, los últimos que faltaban, se estaba haciendo interminable.La ansiedad me dominaba, pero me llevaba la angustia y más que nada el compromiso que tenía con el recuerdo de mi amigo.
Mi gran amigo asesinado en Ushuaia... Bella, como ninguna.

Por fin llegué. Respiré naturaleza pura, me cautivó nuevamente. Ya la conocía, había estado hacía unos años. Pero ahora, esta vez, era para encontrarme con la persona que me ayudaría a hallar una explicación de los hechos ocurridos un año atrás con la muerte de Mario.

Me costó dar con él, pero al fin arribé a su casa, donde tenía una habitación que servía de oficina. El encuentro con este detective, un ex policía de la zona que había contactado por teléfono desde Buenos Aires, no me dio buena impresión. Ni él, ni el lugar, esa casa semiabandonada y alejada del centro, ubicada frente al canal de Beagle. Me chocó su aspecto, tan desprolijo y desaliñado. Sin embargo, me abstraje de estos detalles.

Comencé por manifestarle mi inquietud. Me escuchó pero en sus apreciaciones y comentarios fue de lo más ordinario, usando un lenguaje cortante y rayano con lo asqueroso, muy crudo. Sólo lo escuchaba, tratando de no pensar. Me explicó todo, tenía mucha documentación, la causa, fotos. Todo esto me sorprendió; estaba empapado en el caso.

Me fui con la promesa de este detective, quien a pesar de la impresión que me causó, se descubrió como un ser con convicciones firmes, honesto, y lo más importante, con fe en la justicia.

Ana María Satavicius

jueves, 26 de mayo de 2011

Sabuesos de papel


El relato policial nace en 1840, cuando Edgar Allan Poe le da nombre y apellido al primer detective literario: Auguste Dupin. Este personaje intervendrá en la resolución de las intrigas planteadas en La carta robada, El escarabajo de oro y Los crímenes de la calle Morgue.

A estos primeros sabuesos racionales, analíticos y extravagantes los desafiaban delincuentes de las mismas características, en una suerte de duelo de ingenios. Luego, estos aristócratas del crimen cederán espacio a los perdedores, solitarios y desprolijos antihéroes de la serie negra, esas historias de intriga que transcurren en los barrios bajos, en medio del humo de los cigarrillos y los vapores del alcohol.

Invocamos el espíritu del gran Sherlock Holmes para que nos conduzca por los senderos que se bifurcan.

La visita de una inocente dama


Recuerdo bien que sucedió un sábado por la tarde, estaba disfrutando del placer de la lectura, con la compañía de un confortable y profundo silencio, cuando fui interrumpido por unos golpes en la entrada. Pensé, en los primeros instantes, que era un ruido que provenía de la calle y me dispuse a proseguir con mis estudios.

Nuevamente, otros toques, más insistentes, sobre la puerta y, con fastidio, me levanté para responder al llamado.

El visitante, una joven mujer de aspecto distinguido, rostro agradable y delicado y tenue sonrisa, se encontraba ante mi presencia. Saludó cortésmente y disculpándose se limitó a indicarme que requería mis servicios.

Resignado por la intromisión, la invité a pasar y acomodarse en uno de los sillones de la sala. Como ya comenzaba a anochecer, me dispuse a encender la lámpara y le ofrecí un trago, el que aceptó amablemente.

Sus gestos eran suaves pero firmes, su voz cálida y entonación particular, su atuendo era sobrio aunque de buena calidad. No parecía temerosa o angustiada.

Luego de unos segundos de vacilación inició su explicación: desde hacia un largo mes había llegado al país en ocasión de unas ansiadas vacaciones, proyectadas largamente, pero que a la vez del disfrute tenía como motivo encontrar a un tío, hermano de su abuela materna, que muchos años atrás había arribado a estas tierras. Aclaró que sentía un compromiso moral con su antecesora y que deseaba regresar a su país con noticias, pues desde hacía cinco años no sabían nada de él.

Me dejó algunos datos sobre sus últimas actividades conocidas, un bosquejo general de su fisonomía, no poseía fotografías actuales. Para cualquier posible indicio sobre su paradero dio un número telefónico y se despidió con excesivo agradecimiento por mi futura indagación. Por supuesto, resaltó, cubriría mis gastos y honorarios.

Quedé malhumorado, a pesar de la grata entrevista, porque me pareció el episodio carente de interés y haber truncado mi tranquila tarde. Me dispuse a cenar y luego, con un libro para apaciguar mi fastidio, fui a descansar.

A la mañana siguiente, amanecí de buen tono, desayuné con apetito y ejecuté mi rutina habitual: leer el periódico.

De repente, algo aguijoneó mi pensamiento. Volví a repasar lo acontecido el día anterior, la presencia de la dama y su posterior relato. Estimé que la historia era algo absurda y que escondía otro objetivo. Ademàs me extrañaba el demasiado interés que demostró al final de la reunión y sobre la insistencia de la recompensa propuesta ante cualquier información.

Como es natural en mí, me invadió la presunción de que debía indagar sobre los sucesos acaecidos dos meses antes. Me dirigí prontamente hasta las oficinas del periódico local a verificar las noticias con el fin de descubrir algo que despertara mi curiosidad.

Largas horas estuve registrando los archivos hasta que una información de escasa trascendencia me dejó satisfecho. Regresé a casa, tratando de evaluar y ordenar mis ideas.

A la jornada siguiente, me acerqué hasta la aduana a constatar el arribo de los barcos y la nómina de pasajeros. Después, para ampliar y aseverar ciertos hechos recalé en la jefatura de policía, donde tengo un par de oficiales amigos, con los que colaboré en ciertas ocasiones y me deben algunos favores. Saludé y comenzamos una amena charla, café mediante, hasta que los conduje subrepticiamente a la razón de mi visita.

Esclarecidas mis dudas y dilucidados otros puntos, tuve la certeza de vislumbrar el real móvil para la búsqueda del extraviado pariente. Al mismo tiempo, creí resolver un caso que hacía dos meses permanecía inconcluso.

Hace unos tres meses partía de Europa un lujoso transatlántico con un pasaje de alta valía. Durante su travesía se produjo el robo de un costoso collar de diamantes. La ocasión se presentó en uno de los bailes realizados, en el que estaba presente el comandante de la nave, algunos oficiales de alta graduación y un círculo selecto de invitados.

Al parecer, en ese momento hubo un conveniente apagón de luz y, al regresar la iluminación, la dueña de la joya notó su desaparición. Infructuosa fue la requisa en los camarotes, la tripulación, los pasajeros... No quedó rincón sin revisar. Pensaron que el ladrón se había asustado y arrojado el botín al océano. Al llegar al puerto, se hicieron las declaraciones pertinentes y a posteriori el seguro respondió por la pérdida.

Entre los pasajeros y habituales acompañantes en reuniones y distracciones de la desafortunada Sra L... estaba una joven y elegante pareja que la ayudó diligentemente en tal ingrato suceso. Al despedirse se prometieron contactarse, pero como es común entre las amistades temporales, dejaron de intimar.

Es posible que también formara parte del pasaje el supuesto desaparecido, fuera cómplice del robo o haya advertido la maniobra de la pareja y los haya extorsionado.

Tengo la seguridad de que la señora que requirió mi ayuda es la integrante de la dupla de ladrones.

Una semana después del desembarco apareció en un suburbio de la ciudad el cuerpo de un hombre joven, de buen aspecto, y cuyo desenlace se está investigando. Tengo la certeza de que se trata del consorte o socio de la dama. Es de presumir que hubo una disputa entre los integrantes del trío y el malhechor, luego del homicidio, desapareció con la alhaja.

La joven no podía presentarse ante las autoridades pues debía delatar su anterior tropelía y recurrió a mí, tal vez por deseo de venganza o de recuperar el bien perdido.

Toda esta crónica le fue relatada a la delegación competente. Mi paso siguiente será citar, con argumentos convincentes, a la misteriosa dama y las autoridades deberán completar mi efímera y fructífera investigación.

La compañía aseguradora ofrece una importante recompensa por el rescate del collar.

Hilda Hebe Menzel

Coma


Rosa decidió tomarse un fin de semana libre; quería descansar. Aquel sábado miró mucha televisión, comió bastante y comenzó una lectura que tenía pendiente. A la medianoche se acostó a dormir.

A punto de hacerlo, escuchó gritos pidiendo ayuda. Provenían del piso de arriba. Corrió por las escaleras, la puerta del departamento "C" estaba abierta. En el suelo, ya inconsciente, una mujer muy joven estaba en un charco de sangre.

Llamó a una ambulancia y acompañó a la chica al hospital. Los médicos de guardia la atendieron inmediatamente con mucho profesionalismo y eficacia, pero debido a la gran pérdida de sangre, Marisa -así se llamaba la joven- quedó en coma.

Rosa se prometió a sí misma encontrar a la persona que había herido a la joven. Tenía una puñalada muy cerca del corazón, pero esa pequeña desviación del cuchillo había salvado -por ahora- su vida.

Volvió a su casa e interrogó a los vecinos del quinto piso. Misteriosamente, nadie había oído ni visto nada. Alguien de la planta baja había visto salir a la hora aproximada del ataque a un joven.

Marisa tenía novio, Manuel, pero ese fin de semana no estaba en Buenos Aires, porque había ido a visitar a sus padres que vivían en Brandsen. Marisa no había ido, alegando que tenía que estudiar.

Rosa corroboró la coartada de Manuel. Interrogó a las amigas y amigos de Marisa. Una de ellas, Silvia, había hablado por teléfono poco antes del ataque. Marisa le dijo que se iba a acostar porque estaba cansada. Mientras conversaban, había sonado el portero eléctrico y Marisa le avisó a Silvia que iba a cortar para ver quien llamaba a su puerta a esa hora. Textualmente había dicho "son las 11 de la noche, debe ser equivocado". La amiga quedó intrigada y volvió a llamar a las 0.30, pero nadie contestó, porque a esa hora Marisa y Rosa iban hacia el hospital.

Se dio aviso a los padres de la chica, que ya estaban en camino desde la provincia de Misiones. Ese mismo domingo, Rosa volvió al hospital, se sentó al lado de la cama de Marisa y le tomó una mano. Miró su rostro, tan pálido, y sintió mucha pena. De pronto, la joven comenzó a moverse, apretó su mano y lentamente comenzó a abrir los ojos. Miró los cables conectados a su cuerpo y como si comenzara a recordar, sus ojos se llenaron de lágrimas.

Rosa le dijo que no hablara, que no tenía nada que temer y que ella -que era policía- se iba a quedar a su lado todo el tiempo necesario. Llegó el médico, Rosa salió al pasillo. Al salir del cuarto, el doctor le avisó que la paciente estaba fuera de peligro.

Rosa experimentó un gran alivio. Cuando Marisa estuviera más fuerte podría develar el misterio. El caso, aunque no se resolviera en lo inmediato, no iba a quedar impune.

Marta Francolino

Muerte en el vacío


El inspector Mor estaba cómodamente sentado en el living de su casa, bebiendo su cerveza y escuchando "La cabalgata de las valquirias" de Wagner. Podemos asegurar que se encontraba en otra dimensión. De pronto, el sonido del teléfono lo devolvió a la realidad. Era un llamado de la jefatura de Policía, avisándole que tenía un nuevo caso.

Se trataba de la señora Ledesma, quien había sido encontrada muerta en su auto en las afueras de la ciudad. La mujer era la dueña de una de las fortunas más poderosas del país. Su marido, desde hacía años, manejaba eficientemente las empresas. Eran dueños de ingenios, frigoríficos, estancias y otras yerbas.

Cuando el inspector y su sargento llegaron al lugar fueron informados por el forense que la muerte se había producido en atmósfera cero o sea, fuera de las condiciones de la atmósfera terrestre. El cuerpo estaba momificado y presentaba algunos pequeños abscesos.

Ante semejante panorama, el sargento Luis exclamó que era como si los extraterrestres la hubieran matado. Mor lo miró escépticamente y empezó su línea de investigación.

Primero interrogó al marido, quien parecía realmente preocupado. Ese mismo día había vuelto de un viaje de negocios en el exterior. Una coartada perfecta. Durante su ausencia, la señora había supervisado las actividades de la empresa.

Todas las personas que la habían visto durante esos últimos días fueron interrogadas. Los más allegados comentaron que el matrimonio estaba separado de hecho desde hacía muchos años y que el hombre convivía con una prestigiosa y acaudalada abogada. La situación era aceptada y se mantenía en secreto dentro del círculo íntimo.

Como resultado de la indagatoria, dos empleados del frigorífico aportaron la novedad de que la señora se reunía con el administrador después de hora y que intuían la existencia de una relación sentimental entre ellos.

Las pesquisas incluyeron los antecedentes y estados financieros de todos aquellos que podían considerarse posibles sospechosos. Asimismo, se registró exhaustivamente el frigorífico.

A esta altura, con las pruebas en la mano, el inspector Mor ya sabía quién era el asesino.

Su conclusión se basó en el inexplicable incremento del patrimonio del principal sospechoso. Además, apareció un libro de contabilidad paralelo con las huellas de la señora Ledesma, quien había advertido la maniobra fraudulenta de su empleado.

Las reuniones fuera de hora nada tenían de románticas. Ella se había empecinado en auditar los libros. Cuando descubrió al responsable y lo amenazó con denunciarlo, éste la mató.

El administrador, que de él se trataba, la golpeó en la cabeza hasta desmayarla. Luego llevó el cuerpo a la envasadora de vacío y puso en funcionamiento la bomba. Cuando el contenedor llegó a atmósfera cero, el cuerpo y sus microorganismos pasaron al estado de sequedad total, proceso que estuvo acompañado por pequeños estallidos. En esas condiciones, trasladó el cuerpo hasta el auto y lo condujo al lugar donde fue encontrado.

En la requisa que se había realizado en el frigorífico, se habían hallado rastros de sangre de la víctima en la envasadora y las huellas del culpable.

Una vez resuelto el crimen y arrestado el homicida, el inspector Mor y su sargento fueron a un bar a tomar una bien merecida cerveza.

Ana María Vidal