
Estaba en un campamento en medio de la selva, con temor por los ruidos y rugidos de los animales salvajes que escuchaba, aunque creo que esa era mi imaginación, porque nunca supe si eran reales o era mi mente miedosa imaginando esas cosas. Por las dudas, me metí dentro de la carpa con todas las aberturas bien cerradas y rogando que mis amigos llegaran pronto, ya que ellos se habían llevado las dos escopetas y yo me sentía totalmente indefenso.
La carpa era mediana; yo tenía una pequeña lámpara de querosene y todos mis amigos, que no eran miedosos, se fueron en medio de la noche a recorrer el bosque y me dejaron al cuidado del campamento.
Soy claustrofóbico y le tengo terror al encierro y a la oscuridad, cosa que a mis compañeros no les importó porque saben que los quiero mucho, igual que ellos a mí, por lo que me aguantan tantas cosas como mis depresiones y mi aprensión por lo sobrenatural.
Esa noche se fueron a cazar conejos. A mí me da mucha pena matar animalitos, ellos después los comen asados, dicen que son muy ricos, pero yo no puedo comer un bicho tan dulce. Me cargaban porque comía sandwiches de queso y quedaba muerto de hambre, pero me la banqué como un señorito, la única joda es que me tocaba lavar los platos y me sentí mal al ver los huesos de los pobres conejitos.
A partir de ese momento siempre fui con mis amigos a las excursiones, pero llevaba mi comida aparte. Me decían "pero si comés hamburguesas, que también se hacen con carne de animales que tienen la mirada dulce como los conejos". Pero para mí no era lo mismo.
Aparte de miedoso ¿soy tonto, no?
Carlos Rey García
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