
Estábamos en una reunión de amigos, la velada comenzaba a languidecer, afuera después de un día agobiante había comenzado a llover. Alguien propuso que la noche era ideal para contar historias macabras, lúgubres, siniestras... La fuerte tormenta que se había desatado era un marco propicio.
Los relatos se fueron sucediendo: algunos absolutamente ridículos y otros francamente disparatados. Cuando llegó mi turno, recordé un incidente ocurrido cuando tendría unos once o doce años y que me perturbó por largo tiempo.
Eramos un grupo de forajidos en busca de aventuras y fechorías. Después de algunos planteos y debates y a fin de demostrar nuestro coraje, quedamos de acuerdo en que el viernes siguiente, luego de cenar, nos escurriríamos de nuestras casas para asaltar el cementerio. Ninguna excusa sería admisible.
Llegó el día señalado, provistos de linternas, dulces y fósforos (para la vital fogata) marchamos al abordaje. La quietud de la noche nos albergaba, sólo el ladrido de algún perro en la lejanía.
Arribamos al muro posterior del camposanto, unos trastos que habíamos dejado previamente nos permitieron escalar sin inconvenientes. De día todo parecía diferente. La luna, que se asomaba por detrás de la empalizada, daba una luz fantasmagórica sobre las antiguas lápidas y las fachadas de los monumentos.
Todo estaba abandonado, el musgo había invadido las losas, la vegetación se esparcía a voluntad y los herrajes enmohecidos por el paso del tiempo y un fétido vaho envolviendo la soledad.
La temeridad inicial poco a poco se fue desvaneciendo. Una leve brisa movía las ramas de los árboles. Las tumbas y los extraños monolitos proyectaban sombras amenazantes ante nuestros ojos. Mi imaginación empezó a crear fantasmas horripilantes.
De pronto quedamos pasmados. ¿Unos lamentos? ¿Susurros? ¿El viento entre las hojas? Y unas sombras inquietantes en la semipenumbra: aparecian y se escondían ante nuestra atónita presencia.
Tiesos, pasmados, mudos... No se quién fue el primero en correr, atropellando atravesamos el paredón. Seguimos escapando sin mirar atrás hasta nuestras casas.
Nunca más se mencionó el episodio. En los días siguientes ni siquiera alzábamos la vista para mirarnos: por vergüenza, por temor de descubrir en sus ojos lo que tratábamos de olvidar.
Confieso que desperté muchas noches sobresaltado por sueños escalofriantes y es el día de hoy que me abstengo de concurrir a velatorios y, menos aún, de visitar cementerios.
Llegado a este punto, un rayo estremeció el salón y las luces se apagaron. Silencio sobrecogedor, luego unas risitas nerviosas y el pedido a los anfitriones de unas velas portadoras de luz.
Cuando quise articular un comentario, alguien se apresuró a suplicar "¡dejen que los muertos descansen en paz!. Yo no estoy tan seguro...
Hilda Menzel
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