viernes, 1 de julio de 2011

¡Miedo!


Las luces del cine se apagan. Se prende la pantalla. Una bola de fuego estalla sobre un campo oscuro. Un campesino observa el fenómeno desde la oscuridad de una ventana. Entrometido, sube a su camioneta y se acerca al lugar. El calor hace sudar su rostro y su cuerpo.

En el medio de un enorme cráter hay una cosa ígnea. Parece un huevo rojo friéndose. Es una masa amorfa que expele calor a alta temperatura. Sólo se escucha en la noche profunda el crepitar y el crujir de ese monstruo caído del cielo.

Curioso, el granjero toma una rama y la aplica sobre la superficie en movimiento. Parte de ella se adhiere pegajosa al tallo. La acerca a sus ojos. El líquido viscoso comienza a correr mientras él se distrae mirando como el globo gorgotea y parece ir apagándose.

De pronto, se sobresalta y abre sus ojos en los que se refleja el rojo fuego gelatinoso. Lanza un grito de horror. El líquido humeante se ha adueñado de su mano y va avanzando lentamente hacia su brazo.

Echa a correr hacia el vehículo. Toma de su guantera un trapo sucio y lo arrolla alrededor de su brazo y mano tumefactos. Arranca el motor. Lo obliga a una carrera enloquecida hasta llegar a la casa del médico del pueblo.

Abre desesperado la puerta, salta. Rueda por la acera. Un dolor en su costado derecho lo enloquece. Toca el timbre con furor. Se prenden las luces y sale el médico.

Ve a un ser humano que sólo lo mira porque no logra sacar palabras de sus cuerdas vocales. Lo entra como puede al consultorio y lo acuesta en la camilla. Le quita el trapo y ve espantado que allí ya no hay brazo y mano, sino una jalea roja en movimiento que se está tragando vivo al hombre.

No hay tiempo para anestesias ni bisturí. Mira hacia el hogar a cuyo costado reposan la leña y el hacha. La toma, la levanta sobre su cabeza. Calcula el movimiento sobre el atemorizado paciente. Baja la filosa hoja y... se produce el impacto del hacha contra el suelo.

El paciente ha saltado sobre el galeno, ambos ruedan sobre el suelo en un giro mortal. La bola roja se ha prendido del otro hombre y alimentada por otra sangre comienza a moverse por los cuerpos, tragándoselos lentamente, como gozosa entre los gritos y gemidos de ellos.

Al día siguiente, llega la enfermera que asiste al doctor. Se extraña de ver las luces encendidas de la casa. Nota el hacha caída y la camilla despatarrada. Asustada, llama al comisario y le explica lo que ve. Todo está tranquilo en apariencia. Ella dice que lo espera.

Cuelga el tubo. Una bola roja salta sobre ella sin darle tiempo a nada y la envuelve. Se la come. Satisfecha, salta por una ventana buscando más sangre y carne.

La película prosigue y llega a su fin. Los plateístas salen pálidos y temblorosos de la sala.

La chica de nueve años va aferrada a la mano de su madre. Ve al monstruo rojo a cada vuelta de la esquina. Cuando llegan a casa, le pide a la mujer mayor que revise por las dudas. Ella se ríe del miedo de la niña.

Cenan el sándwich y el café con leche y van a la cama. La mamá duerme tranquilamente. La hija no se anima ni siquiera a ir al baño. Va a pasar su solitaria noche llena de terror, sintiendo en cada movimiento de la casa a la bola roja crepitante que viene a comérsela.

Esa niña se ha hecho mujer y jamás pudo volver a ver películas de horror o terror. Cuando por casualidad surge una del zapping, un sudor frío le corre por la piel y busca instintivamente la goteante bola roja de su infancia.

Adelina Canuti

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