
María había tomado turno con su odontólogo para hacer su revisación anual. Tenía hora para el martes a las 8.30, así que el lunes se acostó temprano pues debía viajar a la capital -ella vivía en Berazategui- y con los problemas actuales del tránsito no quería llegar justo sobre la hora.
El día de la cita arribó al consultorio y, cuando llegó su turno, el dentista la hizo pasar y, después de intercambiar algunas palabras de cortesía, la invitó a recostarse en el sillón con ese potente foco dándole de lleno en la cara y que siempre le hacía daño en la vista. Pero esta vez no cerró los ojos y vio como el sádico dentista, después de una breve exploración en su boca, tomaba el torno. La turbina comenzó a escupir agua y ella, no sabe porqué, creyó ver en el médico una gran sonrisa de disfrute. De repente, el torno le pareció un taladro, como el que usan los obreros de vialidad en las calles. En cuanto lo tuvo en su boca, grandes chorros de sangre comenzaron a manchar sus ropas. Las manos del dentista parecían querer tapar sus fauces para sofocar los gritos de terror. Así habían pasado dos eternos minutos, cuando de pronto resonó la alarma del despertador.
¡Qué alivio! Todo había sido un mal sueño, una pesadilla tan real que antes de las 6 de la mañana estaba dejando un mensaje en el contestador del médico para suspender el turno hasta nuevo aviso, si es que lo hubiera. De lo que sí María estaba segura es que no iba a volver al mismo odontólogo. Buscaría, para su tranquilidad, una profesional mujer.
Adriana Queipo
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