jueves, 10 de noviembre de 2011

Empezar de nuevo, de Hilda Menzel


-¡Hola! ¿Cómo estás?- Adela escuchó indiferente la voz a través del hilo del teléfono.
-Bien- contestó con un tono de desgano- ¿Alguna novedad?
-No ¡Ah! Marcos tiene un diente flojo y está entre preocupado y ansioso por lo del Ratón Pérez, sabés……

No le prestó atención a lo que siguió hablando su hija Clara, su pensamiento viajaba, esperaba que en cualquier momento surgiera el comentario que ella no quería responder. Sentía como si el estómago se le cerraba, entonces…
-Mirá, está sonando el timbre de la puerta, si querés más tarde la seguimos, un beso- y cortó.

Respiró aliviada, “estaré tranquila –pensó- hasta después del mediodía en que llamará Eduardo”, su único hijo varón y su mimado según sus hijas. Desde la oficina, en la hora del almuerzo, era infaltable su presencia telefónica. Seguramente, después de algunos cometarios cotidianos y en son de broma, le haría la misma insinuación.

No quería discutir con ellos y decirles que se metieran en sus asuntos por esos callaba.

Ese lunes amaneció con algo de rebeldía y mucho de hastío y dispuesta a cambiar la rutina... Debo cambiar, se decía, pero ¿cómo? Pensar por mí misma, algo que no había hecho en años. ¿Repasar su vida anterior? No es que estaba desconforme con su vida anterior, mas era tiempo de dedicarse a ella.

Hacía ocho meses que había enviudado, su viejo murió repentinamente, en una semana partió para el más allá y, luego de casi cuarenta años de compartir las vicisitudes de una vida juntos, la dejó sola “sola en ese enorme caserón” como repetía su hija Clara. No quería acordarse lo que seguía después. En temas cotidianos como las compras de almacén, las ropas, las enfermedades de los chicos, sus cumpleaños, los actos escolares, ella era la que tomaba la decisión. Pero cuando las decisiones eran más cruciales sobre la facultad o el trabajo de los hijos o el lugar donde irían de vacaciones o inclusive la adquisición de un simple electrodoméstico como el lavarropas o el televisor, ahí tallaba su marido; ella era sólo un testigo invisible.

Y ahora también querían repetir la situación, solamente que esta vez la apremiaban los hijos, más bien Clara, que legó el carácter de su padre.

Cuando ocurrió el desenlace de Juanjo, Laurita su hija menor, “la bióloga” como la llaman sus hermanos y que vive en el sur, estuvo acompañándola cerca de diez días. Fueron juntas a realizar trámites, le hizo ciertas indicaciones sobre los pagos de facturas “Siempre ocurrente y servicial mi Laurita. Después debió retornar a su trabajo y me insistió que pasara unos días en las costas patagónicas le prometí que lo haría mas adelante”. Quería reponerse y ver cómo emprendería este nuevo camino y qué le ofrecía el destino. También sus otros hijos la invitaron a sus hogares a pasar unos días con sus nietos, no sabe si por obligación o de corazón, pero sintió que debía afrontar los hechos desde el principio y resolverlos por si misma..

Cierto es que de noche era cuando más extrañaba el calor de otro cuerpo, daba vueltas en la cama, sentía ruidos, se levantaba miraba hacia fuera todo en silencio, volvía acostarse y a pensar con temor por un futuro incierto.

Durante el día, cuántas veces se dio vuelta creyendo escuchar el runrún de las zapatillas y le costó lágrimas retirar del placard las ropas y zapatos de su marido: es mejor así, le decían sus hijos y hasta su nuera opinaba. Algunas prendas la llevaron Eduardo y su yerno otras las regalaron o donaron ni sabe adónde. Ella guardó algunas cosas como una bufanda y cierta campera que quizás usaría, su colonia preferida y sus queridas herramientas.

Aprendió a pagar los impuestos y las facturas de servicios. Había iniciado los trámites para la pensión que demoraría algunos meses, pero como contaba con ahorros en una cuenta compartida y que hasta ese entonces desconocía, no necesitaba del dinero que le ofrecieron sus hijos para subsistir.

Cómo seguir, cómo cambiar meditaba. Debo salir, no estar en casa todo el día. Se bañó, se vistió y arregló el cabello, debería cortarlo un poco ¿y ahora? ¡Al shopping! -casi gritó- siempre había ido de apuro a comprar algún regalo. “Tal vez encuentre algo para mí y comeré en alguno de sus barcitos”- murmuró en voz baja.

Salió decidida y casi contenta. Quedaba a cierta distancia y fue hasta la parada del colectivo. Cuando arribo miró detenidamente las vidrieras, tranquilamente, como si fuera la primera vez que las visitaba. Comparó precios, sintió apetito. Luego de escudriñar lo que ofrecían se inclinó por un tostado y una gaseosa. Más tarde pensaría en el postre.

Se sentó en una esquina como para observar a su alrededor. En una mesa cercana tres mujeres conversaban animadamente. Eran más o menos de su edad, muy arregladas y joviales –pensó- hará mucho que se conocen. Ella carecía de amigas, las fue perdiendo en el trascurso de la vida, sintió como esa falta de afecto.

Las miraba tan insistentemente que llegaron a notarlo y a fijarse en ella. Roja de vergüenza, bajó los ojos engulló lo que quedaba del emparedado, esperó unos minutos y se alejó.

Recordó entonces algunas conversaciones de vecinos que antes no había prestado atención sobre centros de jubilados que se crearon en el barrio. “En esos lugares puede que conozca a personas con las que pueda relacionarme o realizar alguna actividad o simplemente conversar y pasar un buen rato”, suspiró.

Así que el regreso a casa lo efectuó caminando, tratando de descubrir a su paso alguno de estos clubes. Tan absorta estaba observando las fachadas de los edificios que se sobresaltó cuando una vecina la detuvo para saludarla.

-Pero mirá que estás distraída.
-Perdoná, lo que pasa…-dudó en contarle, pero se animó- lo que para es que estaba buscando un centro de jubilados, viste para ir alguna tarde….-la otra no la dejo terminar.
-Adelita me parece no bien, requetebién. yo no voy por que sabés que mi viejo no anda bien y no puedo dejarlo solo, pero mi amiga Elvira va a uno que queda en la calle……al 200 y Luisa va a yoga a otro que queda más lejos pero me parece mejor en la calle…..podés ir a averiguar a uno de esos dos pero debe haber más y si me entero te lo cuento…
-Gracias –musitó apenas. Su vecina había hablado de un tirón.
-Te dejo por que al viejo no puedo dejarlo tanto tiempo solo –repitió- cualquier novedad
te lo comunico- volvió a insistir.
- Gracias.

Se besaron y cada una siguió su rumbo.Estaba tan cansada por su travesía que se marchó para la casa –mañana será otro día- meditó. Apenas abrió la puerta escuchó el teléfono: su hijo.

-¡Mamá! ¿Dónde estabas? ¿Te pasó algo?
-Pero no, Eduardo, el día estaba lindo y salí a caminar…
- Ah, gracias a Dios, me preocupé cuando no atendiste el teléfono al mediodía. Me parece bien que salgas.

Se despidieron y estaba tan rendida por su aventura que pensaba que esa noche dormiría como un bebé.

Ocupó varias tardes en busca de espacios dedicados a la llamada “tercera edad”, no descubrió nada que la satisficiera. Hasta visitó clubes de barrio: en la mayoría los “veteranos” distraían su tiempo con los naipes.o pegándole a las bochas. La decepción la embargaba.

A la contrariedad de falta de propuestas se sumaba la requisitoria de sus hijos, que notaban en ella un cambio de humor. La irritación era tal que hasta dejó de atender el teléfono.

Después de más de dos semanas de una búsqueda infructuosa retornó un lunes al shopping: ¿un impulso, una esperanza, una premonición?

Como la vez anterior recorrió las vidrieras y volvió a sentarse para comer en el mismo rincón. Cabizbaja degustaba el almuerzo cuando sus oídos recibieron unas voces conocidas. Levantó la vista pero instintivamente, recordando el mal momento pasado, se paralizó. Cual no sería su sorpresa cuando escuchó que le decían:

-Disculpe, ¿está sola?¿No le gustaría compartir nuestra mesa?

Un rayo no le hubiera impactado tanto como esa pregunta, tardó unos segundos para recomponerse y contestar.

-Claro, con mucho gusto aunque no quisiera molestarlas.
-Al contrario, serás bienvenida a nuestra cofradía –le dijo sonriendo la desconocida. A nuestra edad lo mejor es compartir y pasar buenos momentos en compañía.

Se unió a la rueda, se presentaron, se presentó. Le contaron que cada lunes se encontraban para comer antes de ir a la reunión de las ”Viudas Alegres” como se hacían llamar. Este clan, formados por mujeres no todas de esa condición, eran parte de un grupo, donde no faltaban los hombres, que con casi iguales intereses tenía un lugar para divertirse, colaborar entre todos cuando es necesario, ahuyentar sinsabores, olvidarse de inhibiciones, en fin disfrutar de la vida.

Embelesada Adela devoraba cada palabra: sus ojos brillaban, un bienestar la envolvía tenuemente. Por supuesto fue con ellas hasta la agrupación,. se informó de las diversas actividades, le entregaron folletos para consultar y radiante regreso al hogar. Un panorama halagüeño se le presentaba. Pasaron varias jornadas y cautelosamente se fue integrando e incorporando en algún curso.

No le contó inmediatamente las novedades a Clara, se lo refirió sin darle mayor trascendencia. Sintió que la había. desconcertado y apenas la felicitó. Estaba convencida de que al instante fue con el “chisme” a Eduardo. Este, por el contrario, se mostró gozoso con las nuevas.

Las citas de los lunes eran inexcusables, las charlas fueron más íntimas, las dudas puestas sobre la mesa, las opiniones respetadas. No se aconsejaban, se amparaban, se consolaban. Un psicoanalista habría aprendido mucho en estas pláticas.

Por fin, Adela se sintió dispuesta para contar a sus amigas el desvelo que la perturbaba:

-Como saben vivo sola en una casa grande, mis hijos se preocupan por mi seguridad y me seducen para que en uno de los cuartos disponibles venga a vivir un primo Alberto que también está solo. Repartiríamos además los gastos…..en fin yo vengo postergando la respuesta.

Sus compañeras se miraron y sonrieron cómplices.

-Mirá la resolución la tenés que tomar vos, sabés que no damos consejos pero tenés varias soluciones al conflicto. Podés vender la casa y mudarte en un lugar más acorde a tu actual situación, seguir viviendo como hasta ahora o aceptar la propuesta de tus hijos.

-Hacé una lista con los pro y contra de cada caso y luego concienzudamente y sin premura lo resolvés.
-Sabés que en el Centro contamos con un par de abogados para cualquier consulta o duda que tengas.

-Todas hemos pasado por cuestiones similares, no te abrumes, pensalo detenidamente y tratá de definirlo en perspectiva. Es todo lo que te podemos decir-. Y concluyeron con un ¡buena. suerte, amiga!

La conversación derivó hacia otros temas, Adela dejó a un lado su preocupación y pasado un buen rato se despidieron hasta el próximo encuentro.

Caminando con paso firme Adela volvía al hogar, alivianada el alma como si una carga que pesaba sobre sus hombros hubiera quedado atrás. Una sonrisa iluminaba su rostro. A cada paso sus temores se fueron disipando, la decisión no sería sencilla, evaluaría las distintas opciones y luego resolvería la más conveniente.

Tenía la certeza de que ella era la única responsable de su proceder y de la dirección de su vida. Lo primero que haría al cruzar la puerta de su casa sería escribir un cartelito para recordar en todo momento, que diría: USTED ES LA UNICA DUEÑA DE SU DESTINO. Y volvió a sonreír.

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