jueves, 10 de noviembre de 2011

Más allá de la guerra, de Estela Ríos


1920. En Wadowiche, un pueblo de Polonia, habitaban tres niños, dos varones y una mujer, que por el correr de la vida en esta tierra sellarían una amistad hasta el fin de sus días.

Aldona, Karol y Vladimiro compartieron una niñez llena de juegos y sueños que fueron concretando a medida que la adolescencia fluía en sus venas.

El gusto por la lectura, el juego de ajedrez, esquiar en los inviernos, hacer representaciones teatrales, eran actividades cotidianas en estos jóvenes deseosos por superarse día a día y concretar cada uno el sueño de alcanzar la carrera deseada.

Ya culminados los estudios, Aldona obtiene el título de profesora en letras y Vladimiro recibe su deseado diploma de abogado, mientras que Karol continúa estudiando en la Universidad Jagellónica de Cracovia.

Nace el amor en la época estudiantil entre Aldona y Vladimiro, sentimiento que culmina en matrimonio en 1939. La felicidad para compartir la hermosa casita que con tanto amor habían armado duraría poco.

1939. La ocupación alemana de Polonia fue excepcionalmente brutal. Los nazis consideraban a los polacos seres racialmente inferiores.
Luego de la campaña militar, los alemanes instalaron una campaña de terror. La policía fusiló a miles de polacos y requirió que todos los hombres hicieran trabajos forzados.

El joven Karol tuvo que trabajar en una cantera y luego en la fábrica química Solvay, para ganarse la vida y evitar que lo deportaran a Alemania. Fichado por la GESTAPO se refugió en una buhardilla de Cracovia. Para época, se unió al grupo de un célebre actor, creador del Teatro Rapsódico, con el cual interpretó papeles de contenido patriótico.

Durante la ocupación, cultivó especialmente la cultura y las amistades, en el contexto del grupo Unía, formado por jóvenes católicos que pretendían resistir, tanto de forma pacífica como de acción. Posteriormente, su situación se complicó y debió refugiarse en los subterráneos del arzobispado de Cracovia.

1940. Importante para su crecimiento espiritual fue la persona de un sastre, Jan Tyranowski, quien le dio a leer a San Juan de la Cruz. Tyranowski reunía a un grupo de jóvenes con los que compartían la oración y el recogimiento. Esta práctica cotidiana lo lleva a tomar la decisión de ingresar al seminario y comenzar la carrera de teología que lo llevaría mas tarde a transformarse en sacerdote.

Aldona y Vladimiro debieron abandonar su flamante hogar pudiéndose llevar consigo tan solo una pequeña valija, donde guardaron las bellas fotos de su casamiento, retratos de sus padres y pequeños objetos que recordaban su paso por ese hermoso pueblo hoy cubierto de horror.

En el mes de mayo, las autoridades de la ocupación alemana lanzaron AB-Aktion, un plan para eliminar la intelectualidad polaca y el liderazgo. El objetivo era matar a los cabecillas con gran rapidez, metiendo miedo en la población y disuadiendo la resistencia.
Los nazis fusilaron a miles de maestros, curas y otros intelectuales en matanzas masivas en y cerca de Varsovia, especialmente en la prisión Pawiak, mandaron a miles más a campos de concentración de Auschwitz, Stuthof, y a otros ubicados en Alemania donde polacos no judíos constituían mayoría de los prisioneros hasta marzo de 1942.

Entre 1939 y 1945, por lo menos 1,5 millones de ciudadanos polacos fueron deportados al territorio alemán para hacer trabajos forzados. Cientos de miles fueron encarcelados. Aproximadamente 50.000 niños polacos fueron llevados de sus familias, transferidos al Reich, y sujetos a las políticas de “alemanización”.

Aldona y Vladimiro fueron separados. Un último beso llevó consigo el inmenso amor que existía entre ellos y la esperanza de un reencuentro que sólo la vida sabría cuando.
Él fue llevado para trabajar como traductor de inglés, ya que sus conocimientos del idioma le dieron ese aparente privilegio que no lo protegió de las torturas y los castigos.
Aldona fue deambulando con otros grupos viajando interminables horas en camiones, que simulaban ser de la Cruz Roja pero transportaban mujeres y niños a campos de concentración.
Fueron días, semanas, meses, años de sufrimientos personales y compartidos, de ver aberraciones y partidas definitivas de compatriotas inocentes.

¿Que unía a estos tres seres en la realidad monstruosa que compartían?
La fe, ese misterio interior que hizo de Karol el siervo más fiel de Cristo y lo transformó con el correr de los años en el pastor de la grey católica.

Aldona y Vladimiro, tan alejados físicamente pero tan unidos por su amor y la esperanza de un reencuentro, compartían el rezo del rosario, a escondidas de los nazis, armando grupos de oración.

En las oscuras y frías noches, sacaban de los panes que miserablemente les entregaban pequeñas miguitas, con las cuales formaban las cuentas, ese era el ofrecimiento: quedarse con hambre pero ver en esas cuentas la luz divina de la esperanza en el fin de la guerra y en la ansiada libertad.

Un gobierno polaco en el exilio dirigido por Wladyslaw Sikorski fue establecido en Londres. Era representado por la resistencia “Delegatura”, cuya función primaria era coordinar las actividades del Ejército Doméstico Polaco (Armia Krajowa). La resistencia organizó un levantamiento violento masivo contra los alemanes en Varsovia en agosto de 1944. La revuelta duró dos meses pero fue eventualmente aplastado por los alemanes. Más de 200.000 polacos murieron en el levantamiento. La liberación llegaría meses mas tarde en 1945 la Segunda Guerra Mundial había culminado, para dar lugar a la posguerra.
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Karol Wojtyła culmina en Italia los estudios de teología y regresa a Polonia para continuar con su carrera sacerdotal hasta el año 1979 en que es elegido como sucesor de San Pedro.

Vladimiro comienza en Inglaterra una carrera política dentro de la embajada. Aldona, en Italia, comparte con compatriotas la dura lucha por la nueva vida.
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1947. Cierto día, por un amigo en común que la vida llevó a Inglaterra, Vladimiro conoce el paradero de su esposa. Con el corazón palpitante va en su búsqueda y en Roma se produce el ansiado reencuentro.

Se miraron profundamente a los ojos, un abrazo interminable selló el momento, iluminado por las estrellas que resplandecían en el cielo romano.

No hubo palabras, sólo caricias, y así entrelazaron sus cuerpos en una noche mágica que trajo un despertar con un juramento: no volverían a separarse y en ese renovado beso unieron sus vidas.

1948. Volver a empezar, dejando atrás su tierra, sus sueños inconclusos, pero con todas las ansias de encontrar la paz para compartir la vida. Así llegaron a Argentina, se ubicaron en Ranelagh, una localidad situada al sur de la ciudad de Buenos Aires.

Compraron un hermoso terreno y Vladimiro empezó a construir con sus propias manos el hogar que los cobijaría. Ella comenzó a practicar el idioma, que desconocía, no así Vladimiro que tenia una facilidad especial para aprenderlos.
El tiempo hizo lo restante.

Comenzaron a trabajar como representantes de una casa de venta de lámparas y él traducía en sus ratos libres escritos al inglés.

Así fue transcurriendo la vida, rodeada de amigos y destacados por ser ejemplo de vida ante la adversidad, ya que la guerra no los había destruido, sino los había fortalecido para volver a empezar.

1982. El amado amigo llega a la Argentina y ellos entre la multitud soltaron lágrimas y agitaron sus pañuelos para abrazar a la distancia al compañero entrañable de la niñez y adolescencia.

Pero la vida les depararía un encuentro sorprendente, en la segunda venida de Juan Pablo ll a la Argentina. El Papa se reúne con distintas colectividades y, por supuesto con su amada colectividad polaca. Allí van Aldona y Vladimiro a formar la fila, con su ubicación en la mano.

¿Destino? ¿Obra de Dios? La fila dirigida por un acomodador es desviada en el momento que debían entrar y son ubicados en unas plateas que daban al pasillo por donde debía entrar el Papa.

Llega el momento tan ansiado. El Papa hace su entrada triunfal ante la emoción de la multitud. Pasa por al lado de los asientos donde estaban Aldona y Vladimiro, entré sollozos ellos gritan ¡Wadowiche! ¡Wadoviche! El Papa se detiene, gira su cabeza y se encuentra con sus dos entrañables amigos. Por un segundo se frena el tiempo: Karol Wojtyla se desprende de su envestidura papal. Los abraza, llora con ellos y apoyando su mano en el corazón, les demuestra con ese gesto, que siempre han estado juntos, a pesar de los silencios y penurias provocadas por la guerra.

Estaba todo dicho. Más allá de las lágrimas, Dios había regalado a estos tres amigos el intenso momento del reencuentro que quedaría guardado en sus memorias y corazón por el resto de sus vidas

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