jueves, 26 de mayo de 2011

Coma


Rosa decidió tomarse un fin de semana libre; quería descansar. Aquel sábado miró mucha televisión, comió bastante y comenzó una lectura que tenía pendiente. A la medianoche se acostó a dormir.

A punto de hacerlo, escuchó gritos pidiendo ayuda. Provenían del piso de arriba. Corrió por las escaleras, la puerta del departamento "C" estaba abierta. En el suelo, ya inconsciente, una mujer muy joven estaba en un charco de sangre.

Llamó a una ambulancia y acompañó a la chica al hospital. Los médicos de guardia la atendieron inmediatamente con mucho profesionalismo y eficacia, pero debido a la gran pérdida de sangre, Marisa -así se llamaba la joven- quedó en coma.

Rosa se prometió a sí misma encontrar a la persona que había herido a la joven. Tenía una puñalada muy cerca del corazón, pero esa pequeña desviación del cuchillo había salvado -por ahora- su vida.

Volvió a su casa e interrogó a los vecinos del quinto piso. Misteriosamente, nadie había oído ni visto nada. Alguien de la planta baja había visto salir a la hora aproximada del ataque a un joven.

Marisa tenía novio, Manuel, pero ese fin de semana no estaba en Buenos Aires, porque había ido a visitar a sus padres que vivían en Brandsen. Marisa no había ido, alegando que tenía que estudiar.

Rosa corroboró la coartada de Manuel. Interrogó a las amigas y amigos de Marisa. Una de ellas, Silvia, había hablado por teléfono poco antes del ataque. Marisa le dijo que se iba a acostar porque estaba cansada. Mientras conversaban, había sonado el portero eléctrico y Marisa le avisó a Silvia que iba a cortar para ver quien llamaba a su puerta a esa hora. Textualmente había dicho "son las 11 de la noche, debe ser equivocado". La amiga quedó intrigada y volvió a llamar a las 0.30, pero nadie contestó, porque a esa hora Marisa y Rosa iban hacia el hospital.

Se dio aviso a los padres de la chica, que ya estaban en camino desde la provincia de Misiones. Ese mismo domingo, Rosa volvió al hospital, se sentó al lado de la cama de Marisa y le tomó una mano. Miró su rostro, tan pálido, y sintió mucha pena. De pronto, la joven comenzó a moverse, apretó su mano y lentamente comenzó a abrir los ojos. Miró los cables conectados a su cuerpo y como si comenzara a recordar, sus ojos se llenaron de lágrimas.

Rosa le dijo que no hablara, que no tenía nada que temer y que ella -que era policía- se iba a quedar a su lado todo el tiempo necesario. Llegó el médico, Rosa salió al pasillo. Al salir del cuarto, el doctor le avisó que la paciente estaba fuera de peligro.

Rosa experimentó un gran alivio. Cuando Marisa estuviera más fuerte podría develar el misterio. El caso, aunque no se resolviera en lo inmediato, no iba a quedar impune.

Marta Francolino

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