jueves, 26 de mayo de 2011

Soledad de los puertos


La neblina de la noche cubría las pequeñas barcazas que habían anclado en el puerto. Soledad, con paso tenue, se acercó a uno de los marineros recién llegados, le sonrío y acercó un cigarrillo a su boca.

Bob quedó sorprendido por la actitud de la joven. Ella le preguntó de dónde venía y hacía donde iba, ya que aunque recién se conocían, quisiera poder escapar de esa ciudad. Bob la invitó a tomar una copa, presintiendo que detrás de esa cara bonita se escondía algún drama.

Soledad había sido arrancada de su pueblo con un engaño. Se había enamorado de un hombre que abusando de su inocencia la llevó a los lugares más oscuros y denigrantes que jamás hubiera imaginado. Y ahí estaba, desesperada, buscando salir de esa existencia brutal.

En la intimidad del cabaret, Bob, que había escuchado atentamente el triste relato de Soledad mirando a esos ojos que piden ayuda desesperadamente, prometió sacarla de ese infierno, costara lo que costara.

Soledad volverá, aunque sea por esa noche, a ese cuarto espantoso, pero ahora conoce la esperanza.

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