
Avanzamos, sin prisa y sin pausa, por el laberinto de la narración. Ya atravesamos los pasillos poblados de brujas y princesas, de lechuzas encantadas y soldados valerosos, explicamos el mundo a través de los mitos y las leyendas, sorteamos los oscuros vericuetos medievales, celebramos el Renacimiento, participamos con nuestras cacerolas de la Revolución Francesa y arribamos a Boston, 1809.
Aquí nos detenemos por el momento, para invocar el espíritu del padre del cuento moderno, Edgar Allan Poe. Poeta del agobio, de la soledad, de la ciudad hostil, de los miedos primordiales, escrutador de los misterios y primer reinvindicador del género como tal y del hombre gris inmerso en la muchedumbre, el hombre nuevo que escupe la Revolución Industrial, ese que nos resulta tan familiar y reciente.
Nos acomodamos, pluma en mano o teclado en mesa, para desandar los senderos trazados por este hombre.
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