
No recuerdo ciertamente en que lugar nací, pues desde que recuerdo siempre me gustó recorrer caminos y visitar todo tipo de lugares y escondrijos. He conocido toda clase de personas, atesorado amigos y acumulado otros tantos enemigos.
Me atrae la aventura y soy verdaderamente audaz, no me asusta casi nada y allí voy en busca de mi destino.
Disfruto descansando sobre la hierba fresca, bajo un árbol frondoso, protegiéndome de los rayos del sol cuando caen en todo su esplendor en los mediodías de verano y mirar en la oscuridad de la noche el fulgor de cientos de estrellas y la profundidad de la luna. Y divagar hasta que me vence el sueño.
Nunca he permanecido mucho tiempo en algún sitio, salvo en ciertas ocasiones. Una vez estuve a punto de no viajar más. Me había prendado de unos hermosos ojos rasgados, de su andar cadencioso y subyugante y además había encontrado un ambiente cálido donde refugiarme y satisfacer mi hambruna.
Había llegado a un paraje alejado del mundo, después de vagar muchas jornadas y ya desfalleciente...
Me distraje, en las postrimerías del otoño, donde los dorados y morados pintan las cúpulas de los árboles, pisando y brincando sobre la matizada alfombra que forman las hojas que se desprenden y alejan de sus orígenes. Todavía podía conseguir alguna que otra alimaña para mi sustento.
Fue en estos menesteres que me sorprendieron los primeros y acuciantes fríos y entonces la existencia se hizo difícil. Tal vez porque soy un tipo afortunado, enclavado en un valle, cerca de una helada laguna y con la vegetación recibiendo los primeros copos de nieve, encontré lo que sería mi salvación y por un largo tiempo mi nueva vida y estabilidad.
A ella no la conocí sino hasta dos días después de mi llegada. Estaba tan exhausto y aterido que lo primero que hice fue refugiarme junto a unas vacas y caballos en una especie de granero. Dormía entre el heno y me alimentaba de los huevos que me prodigaban las generosas gallinas. No me atreví a degustar una de ellas, por temor a la penetrante mirada de sus gallardos esposos y del resto de los animales que miraban con desconfianza al reciente intruso, es decir, a mí.
Pero no pasó mucho hasta que me descubrió el ama de la casa y no se si por bondad o para evitar una hecatombe con mis vecinos, me invitó a pasar a la vivienda: allí descubrí a la dueña de los encantos.
Al principio me miró con desconcierto y sin prestarme mucha atención. Pasaba largas horas junto a la calidez del fuego y entrecerrando sus verdes ojos soñadores.
No quería avasallarla y me mantuve a distancia. Con el correr de los días, la situación se fue distendiendo y poco a poco comenzamos a compartir la soledad a que nos obligaba la inhospitalidad del riguroso invierno. Pasamos desde entonces todos los momentos juntos y adormilados entre las luces y la tibieza que emanaba de la chimenea.
Los amaneceres empezaron a ser más claros, los árboles a tener sus nuevos vestidos, el suelo a reverdecer y nosotros a realizar largos paseos, correr sobre la novel pradera, mirarnos en las transparentes aguas de la laguna y disfrutar de nuestros románticos encuentros. Me sentía feliz...
Pero... no se porqué algo empezó a cambiar en mí y varias veces ella me sorprendió con la mirada distraída hacia el camino.
Le conté de mis andanzas, del mundo que existía fuera de esas tierras. Que había vivido en grandes ciudades, donde apenas se puede avistar las estrellas por entre los numerosos edificios que emergen hacia el cielo y cubren de sombras las calles y los rostros, donde los árboles son escasos , donde los niños viven aislados en sus casas, donde nadie se conoce, donde uno es un extraño...
He estado en pueblos más pequeños, donde todos se conocen, se saludan, las ventanas están abiertas a los rayos del dorado astro y en las noches se escucha el sonido de una guitarra o la dulce melodía de un piano.
Y he recorrido senderos solitarios sin más compañía que el trino de los pájaros, la brisa suave del viento y el perfume de mil aromas.
Y he padecido hambre y frío. Y amables personas me han asistido y muchas otras me han ignorado o rechazado.
Pero era mi anhelo seguir y en ese corretear te conocí. Así pasaron los días y mi inquietud aumentaba. Si estaba bien, si era feliz ¿qué mal espíritu me atormentaba?
Ella lo comprendió y una mañana en que el verano lucía en todo su esplendor, en silencio me señaló el camino.
Y así, sin echar la vista atrás, retomé mi rumbo incierto. Con un tul de tristeza en mi corazón, pero tras de mi destino.
En mis oídos retumbaba una lejana melodía que siempre me acompaña: "Caminante, no hay camino, se hace camino al andar..."
Y una sola mochila sobre mi lomo... mis queridas siete vidas.
Hilda Hebe Menzel
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