
Recuerdo bien que sucedió un sábado por la tarde, estaba disfrutando del placer de la lectura, con la compañía de un confortable y profundo silencio, cuando fui interrumpido por unos golpes en la entrada. Pensé, en los primeros instantes, que era un ruido que provenía de la calle y me dispuse a proseguir con mis estudios.
Nuevamente, otros toques, más insistentes, sobre la puerta y, con fastidio, me levanté para responder al llamado.
El visitante, una joven mujer de aspecto distinguido, rostro agradable y delicado y tenue sonrisa, se encontraba ante mi presencia. Saludó cortésmente y disculpándose se limitó a indicarme que requería mis servicios.
Resignado por la intromisión, la invité a pasar y acomodarse en uno de los sillones de la sala. Como ya comenzaba a anochecer, me dispuse a encender la lámpara y le ofrecí un trago, el que aceptó amablemente.
Sus gestos eran suaves pero firmes, su voz cálida y entonación particular, su atuendo era sobrio aunque de buena calidad. No parecía temerosa o angustiada.
Luego de unos segundos de vacilación inició su explicación: desde hacia un largo mes había llegado al país en ocasión de unas ansiadas vacaciones, proyectadas largamente, pero que a la vez del disfrute tenía como motivo encontrar a un tío, hermano de su abuela materna, que muchos años atrás había arribado a estas tierras. Aclaró que sentía un compromiso moral con su antecesora y que deseaba regresar a su país con noticias, pues desde hacía cinco años no sabían nada de él.
Me dejó algunos datos sobre sus últimas actividades conocidas, un bosquejo general de su fisonomía, no poseía fotografías actuales. Para cualquier posible indicio sobre su paradero dio un número telefónico y se despidió con excesivo agradecimiento por mi futura indagación. Por supuesto, resaltó, cubriría mis gastos y honorarios.
Quedé malhumorado, a pesar de la grata entrevista, porque me pareció el episodio carente de interés y haber truncado mi tranquila tarde. Me dispuse a cenar y luego, con un libro para apaciguar mi fastidio, fui a descansar.
A la mañana siguiente, amanecí de buen tono, desayuné con apetito y ejecuté mi rutina habitual: leer el periódico.
De repente, algo aguijoneó mi pensamiento. Volví a repasar lo acontecido el día anterior, la presencia de la dama y su posterior relato. Estimé que la historia era algo absurda y que escondía otro objetivo. Ademàs me extrañaba el demasiado interés que demostró al final de la reunión y sobre la insistencia de la recompensa propuesta ante cualquier información.
Como es natural en mí, me invadió la presunción de que debía indagar sobre los sucesos acaecidos dos meses antes. Me dirigí prontamente hasta las oficinas del periódico local a verificar las noticias con el fin de descubrir algo que despertara mi curiosidad.
Largas horas estuve registrando los archivos hasta que una información de escasa trascendencia me dejó satisfecho. Regresé a casa, tratando de evaluar y ordenar mis ideas.
A la jornada siguiente, me acerqué hasta la aduana a constatar el arribo de los barcos y la nómina de pasajeros. Después, para ampliar y aseverar ciertos hechos recalé en la jefatura de policía, donde tengo un par de oficiales amigos, con los que colaboré en ciertas ocasiones y me deben algunos favores. Saludé y comenzamos una amena charla, café mediante, hasta que los conduje subrepticiamente a la razón de mi visita.
Esclarecidas mis dudas y dilucidados otros puntos, tuve la certeza de vislumbrar el real móvil para la búsqueda del extraviado pariente. Al mismo tiempo, creí resolver un caso que hacía dos meses permanecía inconcluso.
Hace unos tres meses partía de Europa un lujoso transatlántico con un pasaje de alta valía. Durante su travesía se produjo el robo de un costoso collar de diamantes. La ocasión se presentó en uno de los bailes realizados, en el que estaba presente el comandante de la nave, algunos oficiales de alta graduación y un círculo selecto de invitados.
Al parecer, en ese momento hubo un conveniente apagón de luz y, al regresar la iluminación, la dueña de la joya notó su desaparición. Infructuosa fue la requisa en los camarotes, la tripulación, los pasajeros... No quedó rincón sin revisar. Pensaron que el ladrón se había asustado y arrojado el botín al océano. Al llegar al puerto, se hicieron las declaraciones pertinentes y a posteriori el seguro respondió por la pérdida.
Entre los pasajeros y habituales acompañantes en reuniones y distracciones de la desafortunada Sra L... estaba una joven y elegante pareja que la ayudó diligentemente en tal ingrato suceso. Al despedirse se prometieron contactarse, pero como es común entre las amistades temporales, dejaron de intimar.
Es posible que también formara parte del pasaje el supuesto desaparecido, fuera cómplice del robo o haya advertido la maniobra de la pareja y los haya extorsionado.
Tengo la seguridad de que la señora que requirió mi ayuda es la integrante de la dupla de ladrones.
Una semana después del desembarco apareció en un suburbio de la ciudad el cuerpo de un hombre joven, de buen aspecto, y cuyo desenlace se está investigando. Tengo la certeza de que se trata del consorte o socio de la dama. Es de presumir que hubo una disputa entre los integrantes del trío y el malhechor, luego del homicidio, desapareció con la alhaja.
La joven no podía presentarse ante las autoridades pues debía delatar su anterior tropelía y recurrió a mí, tal vez por deseo de venganza o de recuperar el bien perdido.
Toda esta crónica le fue relatada a la delegación competente. Mi paso siguiente será citar, con argumentos convincentes, a la misteriosa dama y las autoridades deberán completar mi efímera y fructífera investigación.
La compañía aseguradora ofrece una importante recompensa por el rescate del collar.
Hilda Hebe Menzel
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