
Cuenta la leyenda que en las noches de luna llena, cuando todo el colorido del Ponte Vecchio queda iluminado, puede verse caminar entre sus callejuelas al hermoso David y a la dulce doncella tomados de la mano.
Son el símbolo del amor, de ese amor que pudo transformar a esa fría y perfecta escultura, admirada por la humanidad desde la creación, en un ser apasionado y enamorado de una frágil y bella muchacha.
Ella había tenido la oportunidad de encontrarse con él por primera vez en una visita al museo de la Academia. Era tal su ansiedad por verlo que no se dio cuenta que había dejado caer en el trayecto su delicado chal, impregnado por ese aroma a limpio y a rosas que emanaba de su cuerpo. Y ahí estaba él, inmenso, bello, mostrando la maravilla de su cuerpo, con esa mirada perdida... pero ¿y su alma?, se preguntó ella. Si eras un tímido pastor a quien las circunstancias de la vida hicieron que se transformara en un joven fuerte y valiente para vencer al hombre más rudo y violento, el terrible Goliat...
Y así, pensando en su desconocido interior, deseando poder descubrirlo, pasó horas admirándolo hasta que una mano en su hombro la trajo a la realidad y tuvo que marcharse. El silencio del museo se expandía por todos lados, el aroma a rosas de su chal había impregnado el lugar que dominaba la inmensa escultura del David.
El no pudo resistir el aroma tenue y embriagador que hizo despertar sus fibras más íntimas y lo transformó en un bello ser viviente en búsqueda de su amada.
Y ahí están en las noches de luna llena, paseando su amor que sólo puede ser visto por aquellos que sienten y vibran con las emociones verdaderas. El, la escultura más bella y admirada que la humanidad haya conocido, hace sentir desde su mirada que, a pesar del frío del mármol, siempre fue un hombre apasionado.
Estela Ríos
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