
La tarde caía acompañada de una suave llovizna. Lyla, con paso apresurado, corrió para alcanzar el colectivo a punto de partir, pero algo la detuvo. Quiso observar qué pasaba en ese antiguo bar. Estaba acostumbrada a verlo todos los días sin prestarle atención, pero ese día algo distinto la obligaba a detenerse. La curiosidad la llevó a entrar, cuando una salva de aplausos inundó el salón. Su cara de sorpresa llevó a que alguien le diera una respuesta: estaban premiando al mejor escritor del momento, Alfredo Ramos.
¡No podía ser verdad! Alfredo, el amor de su vida, el bohemio que la había hecho volar por los más recónditos lugares del universo, estaba allí, con su hermosa cabellera ondulada y su rubia barba, sonriendo y agradeciendo una distinción tan merecida por su novela "Lyla, esa extraña dama".
Un escalofrío corrió por su cuerpo. "Es mi nombre" se dijo, "lo escribió para mí" y en un segundo reflexionó y comprendió que ese ser, al cual ella había abandonado por no saber entender que las fantasías y los sueños son necesarios para vivir, estaba hoy triunfante, pleno. "Lyla", dijo Alfredo, "es la heroína de esta historia, una mujer atrapada por las necesidades cotidianas, un pájaro sin alas al cual yo no puede transformar y hacer volar en total libertad. Es la historia de un amor sin final feliz, donde la protagonista elige quedarse en este mundo material y aparentemente seguro".
Las lágrimas inundaron las mejillas de Lyla y sin mirarse al espejo pudo ver su imagen gris, truncada, que se enfrentaba con un ser etéreo y feliz, Alfredo...
¡Qué magia tiene el amor! Allí estaban otra vez frente a frente, una nueva oportunidad daba la vida. Hoy Lyla sabe que dando rienda suelta a sus fantasías su vida tiene un final feliz.
Estela Ríos
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