
Mi viaje en ese camino tan desolado, cansada de tantos kilómetros, los últimos que faltaban, se estaba haciendo interminable.La ansiedad me dominaba, pero me llevaba la angustia y más que nada el compromiso que tenía con el recuerdo de mi amigo.
Mi gran amigo asesinado en Ushuaia... Bella, como ninguna.
Por fin llegué. Respiré naturaleza pura, me cautivó nuevamente. Ya la conocía, había estado hacía unos años. Pero ahora, esta vez, era para encontrarme con la persona que me ayudaría a hallar una explicación de los hechos ocurridos un año atrás con la muerte de Mario.
Me costó dar con él, pero al fin arribé a su casa, donde tenía una habitación que servía de oficina. El encuentro con este detective, un ex policía de la zona que había contactado por teléfono desde Buenos Aires, no me dio buena impresión. Ni él, ni el lugar, esa casa semiabandonada y alejada del centro, ubicada frente al canal de Beagle. Me chocó su aspecto, tan desprolijo y desaliñado. Sin embargo, me abstraje de estos detalles.
Comencé por manifestarle mi inquietud. Me escuchó pero en sus apreciaciones y comentarios fue de lo más ordinario, usando un lenguaje cortante y rayano con lo asqueroso, muy crudo. Sólo lo escuchaba, tratando de no pensar. Me explicó todo, tenía mucha documentación, la causa, fotos. Todo esto me sorprendió; estaba empapado en el caso.
Me fui con la promesa de este detective, quien a pesar de la impresión que me causó, se descubrió como un ser con convicciones firmes, honesto, y lo más importante, con fe en la justicia.
Ana María Satavicius
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