jueves, 16 de junio de 2011

Crimen en la joyería


Marcelo trabaja como jefe de investigaciones en una comisaría del barrio de Almagro. Es un joven agradable y simpático a quien todos aprecian en la seccional. Una tarde, hallándose de franco en su departamento cercano a la dependencia, sonó un timbrazo y al abrir se encontró frente a frente con su superior, el comisario López, hombre ya maduro y con aspecto cansado, quien le pidió que se hiciera cargo de un caso que había ocurrido en una joyería de la calle Rivadavia, donde habían hallado estrangulado al dueño del local.

Inmediatamente, Marcelo se dirigió al lugar del crimen donde examinó el cadáver del señor Bresson, nombre del occiso, quien yacía de bruces sobre el mostrador del negocio. En su cuerpo no había señales de lucha ni marcas de ninguna especie y aparentemente el que había había matado al señor Bresson no se había llevado nada del lugar.

Colocándose un par de guantes de goma como los que usan los forenses, revisó cuidadosamente el lugar y al mirar detrás del mostrador notó que los listones de madera del piso estaban algo separados y no coincidían entre sí. Agachándose, pasó la mano sobre los listones y al presionar sobre uno de ellos, éste cedió hacia abajo, dejándose al descubierto un agujero que escondía una caja de cartón alargada, donde habían documentos y pagarés con datos que le dieron la pauta a nuestro muchacho de que, además de joyero, Bressón también había sido un usurero. Guardó todo otra vez en el receptáculo y salió dispuesto a saber más entre los vecinos, algunos de los cuales le contaron que la noche anterior, alrededor de la hora en que Bresson cerraba el negocio, le habían visto hacer entrar a la joyería a un individuo vestido con un impermeable negro y una bufanda blanca alrededor de su cuello.

Luego se dirigió a la morgue donde habían llevado el cadáver: allí el médico forense, que estaba revisando el cuerpo del joyero, le comentó que había observado en el cuello rastros de hebras de lana color blanco.

Al principio todos los pasos dados por Marcelo fueron infructuosos, ningún indicio le dio lugar para encontrar pruebas fehacientes que indicaran un avance, así que por varios meses el caso quedó en espera.

Una mañana cierto alboroto sacudió la rutina de la comisaría, pues se había descubierto y desbaratado a una banda de narcotraficantes que asolaban la zona. Llegó a manos de nuestro investigador un detalle del caso y ¡oh, sorpresa! uno de los integrantes llevaba el mismo apellido que el joyero asesinado meses pasados. Esto llamó la atención de Marcelo, que verificó que el mencionado Ricardo Bresson era sobrino del muerto. A partir de allí la causa se aceleró, comprobándose que este individuo era el capitalista de la banda.

Ya condenado, el sobrino confesó que había asesinado a su tío al haberle negado un dinero que le solicitó. Y así la muerte del joyero quedó aclarada.

Rosa Zamudio de Casas

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