lunes, 25 de abril de 2011

El soñador


En tiempos remotos, vivía, junto a sus cuatro hermanos, un niño al que apodaban "el Soñador", ya que pasaba horas con la vista hacia el camino y ensimismado en sus pensamientos. Su imaginación lo llevaba hacia tierras lejanas y en pos de mil aventuras.

Fue así que cuando llegó a mozo pidió permiso a sus padres para dirigirse al castillo del rey y ponerse a su servicio. Después de varios días arribó al palacio y solicitó una ocupación. Necesitando un ayudante para las cuadras, lo aceptaron y comenzó sus tareas cuidando y alimentando a la caballería.

En los momentos de descanso gustaba de escuchar las andanzas de sus compañeros, mientras se figuraba montado en un brioso corcel, recorriendo comarcas y participando en grandes episodios.

Una mañana, el monarca debió efectuar un imprevisto viaje y como faltaba uno de la escolta oficial por encontrarse enfermo, lo reemplazaron por el muchacho. Este no cabía en sí de la alegría cuando iniciaron el trayecto.

El rey estaba acompañado por dos de sus hijas, varios baúles y una enorme y hermosa jaula que albergaba una extraña lechuza blanca. Una escolta de treinta soldados resguardaban a la comitiva. El joven era la primera vez que lucía un vistoso aunque ajado traje militar y montaba en un garboso potro.

Durante la travesía sufrieron algunas penurias, ya que debieron soportar una fuerte tormenta, se les mojaron algunos víveres y el carruaje donde viajaba el séquito real rompió un eje, por lo que debieron acampar en medio de un frondoso bosque para arreglar el desperfecto.

El novel soldado estaba intrigado por la preocupación que las majestades tenían por la jaula y su contenido, cuando, en un descuido, el ave salió de su prisión y voló hacia una rama alta de un árbol.

La desesperación y el llanto de las niñas perturbó al cortejo y el intrépido mozo se ofreció a rescatarla. Con esfuerzo y algunos rasguños fue acercándose a la nívea lechuza que lo miraba ciertamente con tristeza. El caballero se detuvo y en un impulso que le brotó del corazón comenzó a cantarle muy dulcemente.

Brotaron lágrimas de los ojos del ave al escucharlo y lentamente, una por una, fueron cayendo las plumas que la cubrían. Todos miraban azorados lo que estaban sucediendo. El pájaro se convirtió en una hermosa doncella.

El rey y sus hijas, entre risas y sollozos, abrazaban y agradecían al confundido joven. Se supo entonces que con su melodía y su noble corazón había roto el hechizo que sufría la primogénita del reino.

El monarca en gratitud ofreció al muchacho que solicitara lo que deseara. Tan conmovido estaba que no dudó en ofrecerle alguna de sus tierras o la mano de una de sus hijas.

Luego de reaccionar de su sorpresa y meditar unos momentos, contó al rey su anhelo de recorrer los caminos. Este dispuso que se le dieran dos hermosos caballos y una bolsa de monedas de oro para que fuera a cumplir su sueño.

Hilda Hebe Menzel

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