
Me duele la espalda y con el asadito que comí seguro que voy a tener que tomar más de una taza de té de boldo.
El sargento ya me alertó que las mulas no descansaron lo suficiente, pero si hoy no inicio la marcha hacia Chile, el enemigo tendrá más tiempo para organizarse. Debo llegar a Santiago a más tardar el mes próximo...
Me cuesta encontrar una mejor posición para mi pobre espalda. Le pedí al herrero que asegurara las herraduras de las mulas. Debo también controlar una buena cantidad de mantas de abrigo, pues el cruce en esta época nos puede sorprender con alguna nevada adelantada.
Ya me despedí de Remedios y de mi niña adorada. Sólo exigí que respetaran mi voluntad de luchar por la independencia de mis hermanos chilenos y peruanos. Remedios, en actitud amorosa, me entregó una hermosa bandera, la creada por mi buen amigo Manuel, así que ahora mismo, a pesar del dolor de mi castigada espalda, voy a formar a mis granaderos y que juren por ella, que van a seguirme en mi misión.
Mientras enciendo mi pipa para encontrar un alivio, un sollozo brota de lo más hondo de mi ser y me preguntó ¿podré? Si no logro atravesar los Andes tendré que darme por vencido.
En su hermosa y bien dibujada boca una sonrisa aflora y en voz alta dice: "¡Sí, venceré!".
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