Que
el lenguaje es un sistema arbitrario de signos ya lo dijo Saussure. Por lo
tanto, y con el derecho que nos confiere la imaginación, nos inventamos las
palabras que nos faltan o recreamos otras que nos sobran. Con esta premisa, un
barcigo es lo que cada uno quiere que sea.
La
herencia (Gloria
Cainzos)
Una
noche pesada, invadida por truenos y refusilos, el viejo me contó que me
abandonaron en las cuevas, a los tres años. Mucho más no pude saber; vencido
por el alcohol se quedó dormido sobre la mesa al poco tiempo de iniciado el
relato. De ese día yo sólo recuerdo los lengüetazos frescos de las olas
invadiendo un lugar sombrío y la necesidad de agua para calmar mi sed.
De
allí él me recogió; de las cuevas. En su barcigo se había acercado a la playa
en busca de almejas. Cuando escuchó mi llanto, con una buena cantidad de ellas
en su balde retornaba al mar, pero sorprendido volvió; al verme me alzó; para
tratar de calmarme me apoyó sobre su pecho rodeándome con sus brazos fuertes,
sacó arena de mi cara con su mano enorme y áspera, me cubrió con unos trapos
secos y sin pensarlo mucho regresó a la embarcación; en ella me posó sobre el
pescado recién tomado del mar y me llevó a su casa. El calor de ese primer
abrazo aún lo siento y lo retengo; es el único recuerdo de ternura que conservo
de mi infancia.
En
su mundo de silencios y naturaleza virgen, sin demasiadas respuestas, sin que
nadie se angustiara por mi ausencia, me crié hasta los dieciocho años.
Dieciocho años en los que en el barcigo fui pirata, capitán de transatlántico,
almirante de fragata y pasada mi infancia, cuando sólo tenía por compañera una
luna inmensa y misteriosa iluminando el mar, pasó a ser refugio de mis
emociones más profundas.
Cuando
el viejo murió me lo dejó por toda herencia. Al día siguiente, después de
despedirlo en el mar, cerré la casa, me trepé a la barca y buscando al niño de
las cuevas nunca más volví.
El
origen de las palabras (Juan Carlos
Melillo)
Cuando
Dios creó al hombre, lo llamó Adanah, porque lo hizo en arcilla. Pero ese fue
el último nombre que Dios creó. En adelante, la responsabilidad de nombrar las
cosas fue de Adanah. Y era una tarea ciertamente agotadora: tantas eran las
maravillas presentes en el Paraíso que necesitaban un nombre.
A
veces, incluso había que renombrarlas, como le sucedió con su flamante
compañera. Y como Adanah era perezoso, al igual que su linaje, le gustaba
adelantar el trabajo.
Así
comenzó a inventar palabras que algún día llegaba a necesitarlas. Sucede que
así quedaron sin uso creaciones tan notables como alfarún, barcigo, ramato, por
nombrar algunas.
El
viejo Dios, tolerante y compasivo, sonreía con indulgencia ante estos solaces
inofensivos de su creación favorita. Hasta que se vio obligado a expulsarlos
por su desobediencia, cuando comieron del árbol prohibido.
Y
se dio cuenta de eso, de que lo habían desobedecido, cuando Adanah comenzó a
crear palabras que tendrían, mucho después, una existencia tenebrosa. Así
Adanah dejó preparadas palabras terribles como odio, tortura, ametralladora,
esclavo.
Dicen
algunos que hay otras palabras, más terribles aún, que están saliendo ahora a
la luz.
Los
barcigos (Ana María
Origlia)
La
tierra era todo para él. Tan necesaria como respirar. Lo vio nacer, crecer. Ya
de joven atravesaba los campos y se lo distinguía de lejos por su
característico sombrero de paja ancha, su blanca camisa raída y sus pantalones
gastados, marcados como surcos que asemejaban su cara curtida por el sol. Sus
manos callosas recogían, todos los años, el algodón. Sus pies descalzos,
rústicos, caminaban sin dificultad por la tierra esquivando espinas y piedras.
Se
sentía así libre, al estar al contacto tan íntimo con la naturaleza. El aroma
que despedía ésta se impregnaba en su piel y lo envolvía en un éxtasis tan
particular que lo transportaba a un mundo etéreo, irreal. Tan extraño ,que le
parecía a veces, estar flotando en el cielo, otras imitando el vuelo del
colibrí, vanagloriándose con su plumaje verde esmeralda saltando de flor en
flor, escuchando elogios de su hermosura. Cerrando los ojos creía haberse
trepado a una nube tan parecida a un copo de nieve que lo acercaba a un rayo de
luz irradiando tanto calor que calentaba con intensidad su frágil cuerpo.
Por
eso cuando vio los barcigos en su pieza. Se dirigió a la casa de su patrona y
con todo respeto le dijo:
-Doña,
esto no es pa mí.
Por
una consonante (Ade Canuti)
Es
noche de bar. Cigo empeñado en recordarla. Me acerco al bar. Cigo con mi
pensamiento en sus curvas calamitosas. Estoy cerca del bar. Cigo con mis manos
recorriéndola con urgencia. La luz del bar. Cigo amándola. Alcanzo el bar. Cigo
por la vereda ante sus vidrieras. Noche de bar. Cigo sin entrar y cruzo la
calle. El atestado bar. Cigo caminando, atrapándola en mi piel y mi deseo. Me
alejo del bar. Cigo esperándola. No veo el bar. Cigo llorando porque ella ya no
está.
A
barcigar (Hilda
Menzel)
Oye,
chico, ven p´aquí
el
baile ya comenzó
los
sones de los bongó
te
invitan a barcigar.
Es
un ritmo que enloquece
mueve
los pies, las caderas
el
compás te llevará
ven,
vamos a barcigar.
Es
la música de moda
No
es manbo, ni es la guaracha
Ni
la rumba, ni es el son
ES
EL BAILE DEL BARCIGO..
Que
te lleva a barcigar.
Unos
pasitos p´lante
y
ahora otro para atrás
demos
una vuelta entera
no
te vayas a marear.
Esta mezcla de cuarteto
con
sonidos caribeños
creó
esta trova barciga
que
hoy te vengo a presentar.
El
barcigo (Delia Gebruers)
En
una ciudad pequeña, a un joven, con bastante chispa y habilidad comercial, se
le ocurrió abrir un local con café, bebidas y música. Los lugareños concurrían
asiduamente porque era muy divertido estar allí y lo pasaban bien. En una de
esas reuniones, tan amenas, alguien preguntó al dueño qué significado tenía el
nombre. La respuesta fue: "Le puse Barcigo y con c, porque al leer el
cartel, llamaría la atención. Sigo va con s y yo no quería que siguieran de
largo, sino que entren al bar y se diviertan.... y, además, que consuman",
agregó con una amplia sonrisa.
Ese
barcigo (Martha Morelli)
Junto
al barcigo esperaba a ese apuesto hombre que conocí una noche del mes de abril.
El frío congelaba mi cara y mis pies eran dos bloques de hielo. No fue muy
larga la espera porque él apareció, imponente y gallardo. Al verlo me acerqué y
lo abracé sintiendo su corazón que palpitaba muy fuerte.
Entramos
al lugar, consumimos bebidas calientes, charlamos mucho, nuestras vidas
afloraron como retazos de historias pasadas. Nos reímos y emocionarnos por lo
ocurrido, pero el tic-tac del reloj nos anunció la una de la madrugada.
Decidimos
encontrarnos la próxima vez, el lugar sería el mismo, ambos nos sentimos
reconfortados y llenos de vida.
La
fecha llegó, yo lo esperé junto a ese barcigo. Fue en vano: él no acudió a esa
cita.
Al
día siguiente, leí su nombre en las noticias fúnebres del diario. Las lágrimas
humedecieron tanto la hoja que terminé arrojándola al cesto.
Con
mi angustia desbordada, comencé a andar un camino sin rumbo.

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