sábado, 31 de mayo de 2014





Que el lenguaje es un sistema arbitrario de signos ya lo dijo Saussure. Por lo tanto, y con el derecho que nos confiere la imaginación, nos inventamos las palabras que nos faltan o recreamos otras que nos sobran. Con esta premisa, un barcigo es lo que cada uno quiere que sea.




La herencia (Gloria Cainzos)

Una noche pesada, invadida por truenos y refusilos, el viejo me contó que me abandonaron en las cuevas, a los tres años. Mucho más no pude saber; vencido por el alcohol se quedó dormido sobre la mesa al poco tiempo de iniciado el relato. De ese día yo sólo recuerdo los lengüetazos frescos de las olas invadiendo un lugar sombrío y la necesidad de agua para calmar mi sed.

De allí él me recogió; de las cuevas. En su barcigo se había acercado a la playa en busca de almejas. Cuando escuchó mi llanto, con una buena cantidad de ellas en su balde retornaba al mar, pero sorprendido volvió; al verme me alzó; para tratar de calmarme me apoyó sobre su pecho rodeándome con sus brazos fuertes, sacó arena de mi cara con su mano enorme y áspera, me cubrió con unos trapos secos y sin pensarlo mucho regresó a la embarcación; en ella me posó sobre el pescado recién tomado del mar y me llevó a su casa. El calor de ese primer abrazo aún lo siento y lo retengo; es el único recuerdo de ternura que conservo de mi infancia.

En su mundo de silencios y naturaleza virgen, sin demasiadas respuestas, sin que nadie se angustiara por mi ausencia, me crié hasta los dieciocho años. Dieciocho años en los que en el barcigo fui pirata, capitán de transatlántico, almirante de fragata y pasada mi infancia, cuando sólo tenía por compañera una luna inmensa y misteriosa iluminando el mar, pasó a ser refugio de mis emociones más profundas.

Cuando el viejo murió me lo dejó por toda herencia. Al día siguiente, después de despedirlo en el mar, cerré la casa, me trepé a la barca y buscando al niño de las cuevas nunca más volví.

El origen de las palabras (Juan Carlos Melillo)

Cuando Dios creó al hombre, lo llamó Adanah, porque lo hizo en arcilla. Pero ese fue el último nombre que Dios creó. En adelante, la responsabilidad de nombrar las cosas fue de Adanah. Y era una tarea ciertamente agotadora: tantas eran las maravillas presentes en el Paraíso que necesitaban un nombre.

A veces, incluso había que renombrarlas, como le sucedió con su flamante compañera. Y como Adanah era perezoso, al igual que su linaje, le gustaba adelantar el trabajo.

Así comenzó a inventar palabras que algún día llegaba a necesitarlas. Sucede que así quedaron sin uso creaciones tan notables como alfarún, barcigo, ramato, por nombrar algunas.

El viejo Dios, tolerante y compasivo, sonreía con indulgencia ante estos solaces inofensivos de su creación favorita. Hasta que se vio obligado a expulsarlos por su desobediencia, cuando comieron del árbol prohibido.

Y se dio cuenta de eso, de que lo habían desobedecido, cuando Adanah comenzó a crear palabras que tendrían, mucho después, una existencia tenebrosa. Así Adanah dejó preparadas palabras terribles como odio, tortura, ametralladora, esclavo.

Dicen algunos que hay otras palabras, más terribles aún, que están saliendo ahora a la luz.

Los barcigos (Ana María Origlia)

La tierra era todo para él. Tan necesaria como respirar. Lo vio nacer, crecer. Ya de joven atravesaba los campos y se lo distinguía de lejos por su característico sombrero de paja ancha, su blanca camisa raída y sus pantalones gastados, marcados como surcos que asemejaban su cara curtida por el sol. Sus manos callosas recogían, todos los años, el algodón. Sus pies descalzos, rústicos, caminaban sin dificultad por la tierra esquivando espinas y piedras.

Se sentía así libre, al estar al contacto tan íntimo con la naturaleza. El aroma que despedía ésta se impregnaba en su piel y lo envolvía en un éxtasis tan particular que lo transportaba a un mundo etéreo, irreal. Tan extraño ,que le parecía a veces, estar flotando en el cielo, otras imitando el vuelo del colibrí, vanagloriándose con su plumaje verde esmeralda saltando de flor en flor, escuchando elogios de su hermosura. Cerrando los ojos creía haberse trepado a una nube tan parecida a un copo de nieve que lo acercaba a un rayo de luz irradiando tanto calor que calentaba con intensidad su frágil cuerpo.

Por eso cuando vio los barcigos en su pieza. Se dirigió a la casa de su patrona y con todo respeto le dijo:
-Doña, esto no es pa mí.

Por una consonante (Ade Canuti)

Es noche de bar. Cigo empeñado en recordarla. Me acerco al bar. Cigo con mi pensamiento en sus curvas calamitosas. Estoy cerca del bar. Cigo con mis manos recorriéndola con urgencia. La luz del bar. Cigo amándola. Alcanzo el bar. Cigo por la vereda ante sus vidrieras. Noche de bar. Cigo sin entrar y cruzo la calle. El atestado bar. Cigo caminando, atrapándola en mi piel y mi deseo. Me alejo del bar. Cigo esperándola. No veo el bar. Cigo llorando porque ella ya no está.

A barcigar (Hilda Menzel)

Oye, chico, ven p´aquí
el baile ya comenzó
los sones de los bongó
te invitan a barcigar.
Es un ritmo que enloquece
mueve los pies, las caderas
el compás te llevará
ven, vamos a barcigar.
Es la música de moda
No es manbo, ni es la guaracha
Ni la rumba, ni es el son
ES EL BAILE DEL BARCIGO..
Que te lleva a barcigar.
Unos pasitos p´lante
y ahora otro para atrás
demos una vuelta entera
no te vayas a marear.
Esta  mezcla de cuarteto
con sonidos caribeños
creó esta trova barciga
que hoy te vengo a presentar.

El barcigo  (Delia Gebruers)

En una ciudad pequeña, a un joven, con bastante chispa y habilidad comercial, se le ocurrió abrir un local con café, bebidas y música. Los lugareños concurrían asiduamente porque era muy divertido estar allí y lo pasaban bien. En una de esas reuniones, tan amenas, alguien preguntó al dueño qué significado tenía el nombre. La respuesta fue: "Le puse Barcigo y con c, porque al leer el cartel, llamaría la atención. Sigo va con s y yo no quería que siguieran de largo, sino que entren al bar y se diviertan.... y, además, que consuman", agregó con una amplia sonrisa.

Ese barcigo (Martha Morelli)

Junto al barcigo esperaba a ese apuesto hombre que conocí una noche del mes de abril. El frío congelaba mi cara y mis pies eran dos bloques de hielo. No fue muy larga la espera porque él apareció, imponente y gallardo. Al verlo me acerqué y lo abracé sintiendo su corazón que palpitaba muy fuerte.

Entramos al lugar, consumimos bebidas calientes, charlamos mucho, nuestras vidas afloraron como retazos de historias pasadas. Nos reímos y emocionarnos por lo ocurrido, pero el tic-tac del reloj nos anunció la una de la madrugada.

Decidimos encontrarnos la próxima vez, el lugar sería el mismo, ambos nos sentimos reconfortados y llenos de vida.

La fecha llegó, yo lo esperé junto a ese barcigo. Fue en vano: él no acudió a esa cita.

Al día siguiente, leí su nombre en las noticias fúnebres del diario. Las lágrimas humedecieron tanto la hoja que terminé arrojándola al cesto.

Con mi angustia desbordada, comencé a andar un camino sin rumbo.


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