domingo, 9 de septiembre de 2012

La milonga, María Blanca Salas

Amplia entrada del edificio. A la derecha, tercer piso ascensor, espejadas las cuatro caras para poder observarse detenidamente, mientras asciende lentamente, los últimos retoques.

La puerta se abre y ya en el hall del gran salón se oye más nítida la música. Nos sacamos los abrigos, allí, cerca de la entrada los dejamos en el guardarropas y, como si nos estuviesen esperando a cada uno en particular, se aproximan las camareras para indicarnos qué mesa es la reservada.

Una vez ubicados reconocemos los distintos lugares y las personas que los ocupan. Nunca dejaron de sonar los distintos acordes tan bien seleccionados por el musicalizador de turno.

Las mesas están dispuestas como en un círculo alrededor de la pista de baile, de muy buena madera, encerada, y deslizable; al fondo está la barra bien provista de copas y botellas e idóneos barmen que preparan ricos tragos que los bailarines solemos degustar.

Los grandes ventanales a ambos lados, en el medio una gigantesca pintura de Benito Quinquela Martín engalanan el majestuoso salón, muy bien pintado e iluminado. La temperatura, ideal.

Relajados nos empezamos a mirar de manera distinta. Son esas miradas complacientes que van a iniciar los códigos del baile. Nos acercamos, nos escrutamos, nos aproximamos y nos abrazamos, en total silencio escuchamos y nos deslizamos al compás del vals. Finalizado, seguimos tomados de las manos esperando otra pieza que nos volverá a enamorar momentáneamente.

Con un "hasta luego" o tan sólo "gracias" nos despedimos hasta el próximo encuentro de miradas para continuar con el ritual de la danza.

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